Columnistas

Novias a destiempo
Autor: Manuel Manrique Castro
25 de Marzo de 2015


Ocurre todos los días, los casos son miles pero estando lejos, geográfica y culturalmente, permanecen fuera del espectro de nuestra atención.

Los 40.000 matrimonios diarios de niñas menores de 18 años  ocurren en 50 países del mundo, desde Yemen, Etiopia y Chad hasta Asia central. 


En Bangladesh 65% de las mujeres están casadas a los 18 años, 47% en India, 40% en Pakistán y Afganistán. Desafortunadamente, los desastres naturales, las crisis y la violencia política, tan comunes en el África de estos días, no sólo multiplican la pobreza sino también los matrimonios mucho antes de tiempo.  Son 15 millones de vidas que cada año resultan prematuramente truncadas por una tradición sin base cultural ni religiosa única, aunque buena parte de ellas pertenecientes al mundo Musulmán que, al no reconocer edad mínima para el matrimonio, avala la supervivencia de esta práctica.  


Se trata de niñas muy pequeñas, de ocho o nueve años en adelante, en edad de divertirse con juguetes,  cuyo progenitor  -así ocurre casi siempre- empujado por la estrechez económica o las deudas, decide dar en matrimonio a sus hijas buscando un parentesco que le resulte conveniente o ahorrándole una boca a la pobreza familiar. 


El casamiento es una transacción entre dos familias al margen de la voluntad de la futura e inocente novia que, con frecuencia, se entera de lo que le sucederá estando ya en la ceremonia.  El padre no puede correr el riesgo de que su hija pierda la virginidad por fuera del matrimonio; si ocurriera quedará marcada para siempre y tal desgracia será responsabilidad suya. 


Cada matrimonio trae un ceremonial riguroso acompañado de fiesta y colorido en el que sobresale la transformación de las niñas a punta de la vestimenta y maquillaje que las hace aparecer mayores aunque no hayan llegado a los 10 años. 


Aunque en algunos países el matrimonio de niñas es ilegal, lo cierto es que el apego a la tradición y la fuerza de las creencias religiosas,  se imponen ante la mirada omisa de las autoridades. Su salud física y emocional estarán en peligro, especialmente si el marido es adulto; la ilusión de educarse quedará en el camino y cualquier oportunidad futura, trunca. Su realidad será tener hijos, con los riesgos que conlleva la gestación a destiempo para madre y recién nacido, y atender al marido y su familia. Un embarazo en el cuerpo frágil de una niña eleva cinco veces el riesgo de muerte al momento del parto; lo hemos visto aquí mismo en más de una oportunidad. 


Después de muchos años de millones de tragedias infantiles, en noviembre pasado la ONU  que –vale la pena recordar- incluye entre sus miembros a países que albergan esta práctica- por iniciativa de Canadá y Zambia aprobó una resolución instando a “todos los Estados a que promulguen, hagan cumplir y apliquen leyes y políticas dirigidas a prevenir y poner fin al matrimonio infantil, precoz y forzado”  Promueve también que en la búsqueda de “estrategias integrales, amplias y coordinadas” participen niñas, organizaciones religiosas, civiles e internacionales,  comprometidas con ponerle  fin  a esta costumbre  perniciosa y, desde luego, esencial será la garantía de acceso a sistemas educativos capaces de hacer la diferencia.  Esta resolución dispone. así mismo, incluir el tema en la agenda de desarrollo sostenible post 2015 que la ONU aprobará en septiembre de este año. 


Aunque la resolución no es vinculante ni será solución por ella misma, su aprobación, con el apoyo de 135 países, respondiendo a un vasto clamor  internacional, servirá para presionar a las naciones donde el matrimonio infantil precoz y forzado subsiste e incentivar la ampliación de ese movimiento mundial promotor del fin de un rito que diariamente pone al filo del abismo a miles de niñas.  Nosotros podemos  formar parte de él haciendo de la tecnología una aliada para que nuestra voz se sume a esos esfuerzos.