Columnistas

Maquiavelo en Colombia
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
19 de Marzo de 2015


Decía don Nicolás Maquiavelo que “el poder implica corrupción, desengaño, el desocultamiento de la verdadera naturaleza del hombre, el cual busca poder y para que se mantenga tal termina corrompiéndose”.

Decía don Nicolás Maquiavelo que “el poder implica corrupción, desengaño, el desocultamiento de la verdadera naturaleza del hombre, el cual busca poder y para que se mantenga tal termina corrompiéndose”.  No es culpa del autor de El Príncipe esta afirmación, a quien los falsos intérpretes de su obra suelen atribuir la autoría de todas las mañas posibles e imposibles en el ejercicio falaz de la política. Maquiavelo solo describió lo que vio y al hacerlo escribió una obra de referencia universal sobre el arte de gobernar. 


La corrupción, afortunadamente, no es una invención colombiana sino una herencia latina, practicada no solo por los príncipes renacentistas sino también por los ejércitos conquistadores y por los burócratas españoles de la colonia.  Y, al parecer, tantas veces repetida hasta que se fijó en el adn de los pueblos conquistados, como tan sabiamente lo dijo en su defensa el insigne primo Nule, vástago prominente de una especie que hizo de la corrupción en la contratación pública su camino a la notoriedad. Y, quizás, a la felicidad como la concibe hoy la sociedad perdonavidas que nos tocó en suerte: fama, dinero, mujeres, vuelos privados, amigos influyentes, impunidad y ningún ánimo de arrepentimiento.  


La corrupción es un impuesto a la indiferencia de los ciudadanos, que en el extremo de la laxitud moral “ven hacer y dejan pasar”. No hay día en que en Colombia no estalle un escándalo de corrupción, de tanta gravedad que el siguiente es peor que el anterior. De esta manera, la capacidad de asombro de los colombianos y, por ahí derecho, su capacidad de reacción, queda obnubilada y diezmada, pues uno no cree que quienes han jurado defender la Constitución y defender la moral pública, sean capaces de hacer lo que los medios dicen que hacen. Por ejemplo: por más mal pensado que uno pudiese llegar a ser, no se le pasaba por la cabeza que los fallos de tutela pudieran tener precio. Para los colombianos, que vivimos en medio del fetichismo legal, la Corte Constitucional era el último refugio de la ética pública. Confiábamos tanto en las tutelas de la Corte Constitucional, que las defendíamos a capa y espada como fruto de la responsable sindéresis y la suma inteligencia de magistrados que ahora, por obra y razón de las denuncias proferidas por sus propios colegas, solo son una ordinaria banda de negociantes, escondidos bajo la sagrada toga de los jueces. Y, con tamaño antecedente, la duda ronda.


Maquiavelo no era tan “maquiavélico” como sus falsos lectores dicen que era. Al copiar la realidad, el autor florentino denuncia los peligros que rodean el ejercicio de lo público cuando quienes ejercen el poder actúan enceguecidos por los fundamentalismos ideológicos o por el afán materialista de privatizar los bienes públicos. Claro que las amenazas a lo público también devienen de la falta de acción política de los ciudadanos que abandonan sus responsabilidades. Tal es el caso colombiano: llevamos dos semanas con el escándalo de la Corte Constitucional y no se conoce un pronunciamiento institucional de los organismos de la rama judicial ni de las facultades de derecho que en el país abundan ni de las organizaciones defensoras de la justicia. Solo se han escuchado algunas voces aisladas a través de columnas de opinión que muestran el desencanto ante acciones tan prosaicas de quienes han sido llamados a destinos superiores. Tanto silencio asombra y preocupa, porque parece ser el espejo del clima moral de la República.


La corrupción es uno de los mayores problemas colombianos, siempre creciente, nunca “reducido a sus justas proporciones”, como lo pretendía el expresidente Turbay Ayala. El príncipe fue escrito hace 502 años en la Florencia que empezaba a mostrarle al mundo las bondades del Renacimiento, que sirvió, a su vez, como el reloj despertador de la nefasta Edad Media. Si Maquiavelo, por decir algo, estuviera en Colombia, ya iría por el tomo cien de su obra maestra y bastante que le faltaba para reseñar cómo conquistar y mantener el poder y comprar el silencio de los ciudadanos por las dádivas o las amenazas, porque el poder seduce o aplasta, además de ser un magnífico afrodisiaco. .


*Centro de Comunicación Pública.