Columnistas

Educaci髇, plagio y facilismo
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
17 de Marzo de 2015


Algunos profesores universitarios viven con desagrado la realidad de un par醩ito que ha infectado las aulas universitarias en sus niveles de pregrado y postgrado: el plagio.

Algunos profesores universitarios viven con desagrado la realidad de un parásito que ha infectado las aulas universitarias en sus niveles de pregrado y postgrado: el plagio. El problema no es nuevo ni local, no hace parte de los indicativos de un subdesarrollo universitario que pareciera propio del tercer mundo. La extensión del mismo en los más altos niveles queda en evidencia con casos tan llamativos como el del antiguo ministro de defensa de Alemania, abogado de brillante trayectoria cuyo título fue retirado por su universidad al comprobarse que en buena parte la tesis doctoral era copiada. También se le canceló –no podía ser de otro modo- su contrato de trabajo como ministro del país más poderoso de la CE. También dio la vuelta al mundo el descubrimiento de la colosal y prolongada trampa de un psicólogo holandés que alcanzó a publicar estudios con cifras inventadas en revistas del más riguroso y elevado nivel académico del mundo. De la mano de sus  inusuales aportes y descubrimientos iba su ascenso en méritos que lo llevarían a ser decano de su facultad.  Todo por fortuna se derrumbó y se puso ante el mundo en evidencia su patraña. 


Al hecho cierto de los bajos niveles de preparación del estudiante promedio en habilidades como la lectura y escritura, con mediocres hábitos de investigación bibliográfica, se suma la paradoja de un mundo hiper-informado con un inmediato acceso a las más voluminosas fuentes electrónicas de información disponibles para cualquiera en la nube de un globo cibernético. El desafortunado  fenómeno de “copiar y pegar” se ha convertido en una costumbre tan frecuente que muchos ingenuos llegan incluso a extrañarse por lo cuestionable que hubiera en tal práctica. Se oye decir: ¿qué tiene de malo? , todos lo hacen: lo importante es que no me descubran.


La amoralidad consiste en la imposibilidad de hacerse al menos un planteamiento racional que incluya el discernimiento sobre lo bueno o malo de una acción. Cuando el proceso de la formación de la conciencia crítica ha sido sistemáticamente atrofiado por un entrenamiento universitario que se limita a lo técnico de las diversas disciplinas, se obtiene como resultado un bárbaro académicamente competente, un titulado universitario que no entiende, ni le interesa, ocuparse de algunas cuestiones esenciales de la vida en comunidad: justicia, decoro, ética, buen obrar, responsabilidad, honradez. Todos los anteriores parecen convertirse en preguntas que se limitan a los alegatos de unos cuantos ancianos excéntricos que aparentemente no tienen otras cosa que hacer; lo que importa, piensan muchos, es el éxito rápido y contundente, por los medios que sea. 


Abogados, educadores, médicos, ingenieros, arquitectos, comunicadores, filósofos, administradores de empresas: ¿cuándo llegaremos a asimilar cabalmente el contenido de una educación que forme mejores seres humanos? En las tradiciones clásicas se hacía énfasis en la formación de un estudiante que adquiere conocimiento y dominio de sí mismo, superación de sus propios defectos con el fin de asimilar progresivamente responsabilidades de mayor envergadura. ¿Cuándo tendremos profesores y estudiantes que tengan la suficiente confianza en ellos mismos para reconocer que el esfuerzo educativo incluye el respeto ante las ideas de otros?  Tal vez nos haga falta referirnos con más énfasis y con mejor coherencia a que la virtud –hábito operativo bueno- se forma, se perfecciona, se adquiere, con esfuerzo, con superación, con autenticidad en todos los aspectos de la vida. El plagio y el facilismo son también formas de corrupción.