Columnistas

El pianista
Autor: 羖varo Gonz醠ez Uribe
14 de Marzo de 2015


Conozco al protagonista de la siguiente an閏dota aunque hace mucho no lo veo. Omito su nombre porque no tiene sentido mencionarlo. Mi intenci髇 solo es compartir con este breve y simple relato la belleza, fortaleza y misterios del alma humana.

Conozco al protagonista de la siguiente anécdota aunque hace mucho no lo veo. Omito su nombre porque no tiene sentido mencionarlo. Mi intención solo es compartir con este breve y simple relato la belleza, fortaleza y misterios del alma humana pese a la fragilidad del cuerpo.


Fue un reconocido pianista y compositor que deleitó a muchos colombianos desde los años cuarenta hasta los setenta y algo más. El pianista puede estar hoy cerca de los 95 años, creo, no importa. Desde hace tiempo como tantos otros seres humanos sufre -quizá sufriremos- de alzhéimer o de una fatiga similar de senectud que le ha hecho perder la memoria y no sé si otras facultades cognitivas más. No importa, esto no es una clase de medicina.


Hace cerca de dos años -creo, no importa- al final de una tarde el pianista sacó su esmoquin y se puso su mejor gala de músico. Se arregló como lo hizo cientos de veces en su vida para sus presentaciones: conciertos y fiestas de todo tipo en teatros, televisión, radio y fastuosos salones de los mejores hoteles, clubes y casas elegantes. Imagino que todo lo hizo muy despacio, siempre fue meticuloso y esmerado.


¿Qué pasaba por su cabeza aquella tarde? Nunca se sabrá si lo hizo por impulso o premeditadamente con el tiempo que solo él manejaba; no importa. El hombre entonces al final de la tarde, noche ya, salió a la calle solo. Caminó hacia la autopista, pues su apartamento queda en un tradicional barrio de Medellín a pocas cuadras de dicha vía.


Cuando llegó a la autopista, cerca a la calle 33, paró un taxi. El pianista se sentó despacio en la parte trasera del carro. Pausadamente, como siempre ha hablado, le dijo al conductor que lo llevara al Club Medellín, en el Centro de la ciudad.


El taxista, quizá joven, no sabía dónde quedaba el Club Medellín, que, además, ya había sido cerrado en el año 2013. Por tanto, siguió las instrucciones de su pasajero de ocasión, el pianista.


Claro, ya en el Centro no pudieron dar con el Club Medellín: el taxista porque ni sabía que existía, y el pianista porque no se acordaba cómo llegar al lugar donde según su presente construido de trozos de recuerdos funcionaba el Club en el que daría su concierto programado esa noche por memorias lejanas. El taxista dio varias vueltas, preguntó, pero nada. Se rindió.


Honrado y profesional en su oficio, al taxista se le ocurrió regresar al pasajero al sitio en donde lo había recogido, pese a ser la vera de una vía grande y sola. Allí llegaron de nuevo, pero el conductor, que quizá ya había notado algo diferente en su extraño y elegante pasajero, no quería dejarlo en una calle tan solitaria y menos de noche.


El panista se bajó, quizá pagó la carrera, y no sabía hacia dónde caminar. Pero se presentó un ángel: una mujer estaba asomada casualmente en el balcón de su apartamento al frente de la escena. Pese a los años y a no ser su amiga reconoció al pianista. Comprendió la situación y bajó a la calle. Habló con el taxista y le indicó por donde vivía el pianista.


El pianista llegó a su casa sin problema alguno y continuó su vida. Episodio sucedido.


Pasados unos meses, el pianista fue invitado a una fiesta de esas hoy tan comunes donde se reúnen grandes familias ocasionalmente; su familia. Alguien le propuso que tocara el piano. Pese a que con razón algunos se opusieron ante su posible incapacidad para ello, el pianista se sentó y dio un hermoso e impecable concierto, perfecto, como en sus años idos de esplendor público. No importaba nada, el pianista era y es su música que siempre ha estado y estará ahí.


Maravilloso entender cómo el arte perdura intacta pese a la suerte de las facultades del cuerpo. Es que el arte está en el alma, y mientras esta permanezca aquella subsistirá, en nuestro caso la música del pianista. Es allí, en el espíritu o en el alma, en donde nace, crece, se alimenta y permanece. Por eso es la expresión más humana que existe; se confunde con la vida del pianista y de todos los artistas. Sin duda, las artes más bellas tienen que provenir de las almas más bellas.