Editorial

Contra la humanidad
13 de Marzo de 2015


Una desolada frase: “No puedo creer que todavía exista una comunidad internacional o que todavía existan valores”,

Pronunciada por Habib Afram, líder de las minorías cristianas de Siria, y traducida por el diario The Guardian, logra resumir la indignación de los pueblos del Medio Oriente amenazados en su vida y memoria, en sus sueños y tradiciones, por el sanguinario Estado Islámico. El clamor fue pronunciado después de que autoridades iraquíes denunciaran el paso destructor de esos terroristas por la ciudad asiria de Hatra, declarada Patrimonio de la humanidad. Casi al mismo tiempo, el director de la Unesco y el secretario general de la ONU reclamaron justicia para un ataque contra el alma, o sea la vida, de la humanidad, que se suma a los horribles atentados contra miembros de grupos humanos y sociales objetivo del odio enfermizo de ese grupo, o sea todos aquellos que no son ellos mismos.


Es justa y debe ser escuchada la voz que se levanta contra la brutalidad que daña el legado milenario dejado en la antigua Mesopotamia (hoy Irak, Kuwait, Siria y Jordania) por los imperios asirios, babilonios, caldeos y persas. Los bienes sagrados, culturales y del servicio gubernativo, representados en edificios y objetos, tienen inconmensurable valor simbólico, pues representan las ideas y sentimientos de los pueblos fundadores de varias de las más importantes civilizaciones humanas, como la islámica, la judía, la cristiana, la occidental no creyente. En constancia de que tal valor es indiscutible y de que, por esa razón, son objetos y lugares que deberían perder su valor de uso, la Unesco los declaró Patrimonio de la Humanidad. Dada su admirable e irrepetible belleza, esos lugares y obras, han sido destinos y objetos de investigadores y admiradores a lo largo de los siglos, y deberían serlo por mucho más.


Desde sus mismos inicios, Isil, por sus siglas en inglés, ha tenido una relación brutal con ese legado. Así declaren su desprecio por lo que expresa y representa, lo utilizan, junto al petróleo y el gas, para contrabandearlo y venderlo por millonarias sumas que le representan jugosas ganancias que circulan por el mercado financiero mundial y con las que se siguen rearmando. Los expertos europeos temen que los coleccionistas privados, que siguen indiferentes ante la huella de crímenes atroces contra la humanidad y su memoria, sean destinatarios de tesoros saqueados en criminales incursiones contra museos y bibliotecas. Prohibido y calificado como crimen de lesa humanidad, ese saqueo ha sido base de un aprovechamiento que el Consejo de Seguridad de la ONU sancionó en resolución del pasado 15 de febrero, destacada por Mohamed Ali Alhakim, embajador de Irak ante ese organismo, porque “el texto establece sanciones a quienes compren petróleo, gas o antigüedades traficados por los terroristas”.


Los bienes culturales que no usan para su codicioso afán de acumular riquezas para el terrorismo son declarados malditos, gracias al abusivo aprovechamiento del precepto del Corán que prohíbe la representación y adoración, o desmitificación, de personajes sagrados. No contentos con aprovechar tal inciso como excusa para ataques inadmisibles contra la libre expresión, como el que costó la vida a once miembros del equipo del semanario Charlie Hebdo, los extremistas abusan de su interpretación literal, y no compartida por todos sus correligionarios para justificar, encontrando apoyo entre despistados, la campaña sistemática contra los edificios y las esculturas que califican de profanos. La ignorante y abusiva agresión ha afectado bienes culturales con historia mayor a los tres mil años en ciudades arqueológicas próximas a Mosul, Irak, como Nínive, uno de sus primeros objetivos; emblemáticas ciudades sirias, como Alepo, significativas de los Omeya, y contra dos bastiones de la imponente memoria humana asentada en Irak, las ciudades milenarias de Hatra, Jorsabad. 


Los buldóceres, las hachas, los martillos, que ayer blandieron los talibán y hoy levantan los yihadistas contra edificios, bibliotecas, obras artísticas de pueblos milenarios que desaparecieron o han mutado en su poder, ideas o costumbres, no atacan a los gobiernos o ideas que pretenden derrocar, estos son atentados contra las generaciones que forjaron las civilizaciones humanas. Sumamos nuestra voz al experto sirio David Vergili, para reclamar que “la protección del legado cultural e histórico de Irak sea prioridad para la humanidad, pues allí nació, y ese fue su centro, nuestra civilización”.