Columnistas

Mujer, no te mueves ¿es que no puedes?
Autor: Sofia Alejandra Gaviria Correa
11 de Marzo de 2015


En estos días, en que rendimos homenaje a la mujer, quiero aplaudir y felicitar a las mujeres empoderadas, llenas de energía y de capacidad para movilizarse...

En estos días, en que rendimos homenaje a la mujer, quiero aplaudir y felicitar a las mujeres empoderadas, llenas de energía y de capacidad para movilizarse, que, día a día, luchan por nuestros derechos, y saludar a aquellas que no pueden explotar su potencial, pues padecen, día a día, el absurdo prejuicio del machismo, que todavía abunda en nuestra sociedad. Porque nadie puede negar que, en Colombia, la cultura del machismo está profundamente arraigada. Baste mirar las estadísticas rigurosas del Instituto Nacional de Medicina Legal, que indican que el 83 % de las víctimas de violencia sexual en Colombia son mujeres, y las de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud (Ends), que revelan que, en el último decenio, el 74,6% de las mujeres colombianas han sido violentadas por su última pareja, y que, a pesar de esto, sólo el 1% ha denunciado su caso.


Personalmente, uno de los fundamentos de mi labor política ha sido siempre el de luchar por la igualdad y los derechos de las minorías.


Para la promoción de la mujer en todos los espacios, ningún sector genera mayor impacto y mayor responsabilidad que el sector público porque tiene la capacidad de confrontar y transformar esa realidad ilógica que vivimos las mujeres colombianas, que, a pesar de que somos mayoría en la demografía y estamos más preparadas que los hombres (desde hace 25 años, somos mayoría en los centros de educación superior), sólo ocupamos el 14% de la representación política en el país. Las mujeres que hemos logrado llegar a cargos de representación pública venciendo esa distorsión cultural que es el machismo, tenemos que comprometernos para demoler las barreras culturales que impiden que las mujeres que, con derecho y capacidad moral y técnica, aspiran a participar activamente en la vida política del país, no puedan acceder al lugar que merecen.


De esto son prueba las vergonzosas cifras de representación política de la mujer en nuestro país: sólo en dos de los 32 departamentos, hay gobernadoras. De 1.123 municipios, sólo 108 tienen alcaldesas. De 12.663 curules para concejos municipales, sólo 2.006 están siendo ocupadas por mujeres, y de 418 escaños de asambleas departamentales, sólo 75 están en cabeza de mujeres. En el Congreso, la situación no es mejor: de 102 senadores, sólo 23 son mujeres, y de los 166 miembros de la Cámara de Representantes, sólo 29 son mujeres. En cuanto al poder ejecutivo, con la designación de cinco mujeres, de un total de 16 ministerios, el Gobierno Nacional cumple a ras con la Ley de Cuotas.


Por eso, una iniciativa fundamental de la bancada liberal en el Senado fue la inclusión en la Reforma de Equilibrio de Poderes de la lista cremallera, que, a través de listas cerradas en las cuales hubiera alternancia entre hombres y mujeres, buscaba no una concesión o una discriminación positiva a la mujer, sino un mecanismo para que, en igualdad de condiciones, la mujer pudiera ejercer plenamente su ciudadanía. Este propósito no se pudo lograr. Y hay que decirlo, sin irnos por las ramas, que esto se debió al machismo, a la vieja política que todavía impera en el Congreso.


Por ello propongo, que si el Congreso no ha sido capaz de vencer el prejuicio del machismo, lo hagamos todos los ciudadanos, en las urnas, en las próximas elecciones de octubre.


Con el compromiso de hombres que entienden que este es un asunto de justicia social y de mujeres decididas a alcanzar la igualdad, tenemos que torcer las inquietantes estadísticas que acabo de enumerar, para mostrar que Colombia avanza hacia niveles más paritarios, no como los de Suecia o Bélgica, que ya no son ni siquiera nuestros paradigmas, sino como los de Nicaragua, Ecuador o México, que triplican nuestras tasas de representación femenina en el sector público, o de naciones africanas como Senegal o como Ruanda, un país que, tras enfrentar el más cruento genocidio de una mayoría que se rebeló contra una minoría que la gobernaba y la tenía sumida en la miseria (ocupaba el puesto 168 en cuanto a índice de pobreza), decidió enderezar su camino: hoy está alcanzando un pleno equilibrio de acceso a la representación entre los sexos, con un arrollador 63.8% de presencia de mujeres en su parlamento que está sellando un direccionamiento positivo del país. La misma solución justa es la meta que nos mueve.


Espero que, el 8 de marzo del año entrante, tras unas elecciones regionales donde triunfen la igualdad y el mérito, estemos celebrando que realmente haya un cambio sustancial en la representación política de la mujer para poder tener el orgullo de decir que vivimos en una verdadera democracia.


*Senadora de la República


Codirectora del Partido Liberal