Columnistas

Cultura y despilfarro
Autor: Dario Ruiz Gómez
9 de Marzo de 2015


Un célebre artículo escrito en 1982 por Rafael Sánchez Ferlossio, comienza: “El Gobierno socialista por una obsesión mecánica y cegata de diferenciarse lo más posible de los nazis...

Un célebre artículo escrito en 1982 por  Rafael Sánchez  Ferlossio, comienza: “El Gobierno socialista por una obsesión mecánica y cegata de diferenciarse lo más posible de los nazis, parece haber adoptado la política cultural que, en la rudeza de su ineptitud, se le antoja lo más opuesta a la definida por la célebre frase de Goebbels. En efecto, si este dijo aquello de ‘Cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola’, los socialistas actúan como si dijeran. -En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador’. Humanamente huelga decir que es preferible la actitud del Gobierno socialista, pero culturalmente no sé qué es peor” De algún modo en mis viajes a España fui testigo de excepción de esa vorágine de programación cultural tomada como una política  para “culturizar” al público español confinado, supuestamente hasta entonces durante el franquismo, a vivir de la zarzuela y el chotis, del casticismo académico y de la horterada propia del atraso, pero, de repente lanzado  a asumir la Democracia, tomada esta como el destape, el libertarismo, la movida madrileña. Gregorio Morán en su análisis de esta transición que no lo fue nunca, se ha encargado de aportar nuevos datos sobre la manera en que  lo que  constituyó  un alegre e inmoral despilfarro del erario público se disfrazó de explosión generacional, fabricando y encumbrando  publicitariamente nombres de novelistas y de filósofos y pensadores al uso del poder, de artistas para vender la marca España en el mercado internacional.  


Muñoz Molina ya se ha dado golpes de pecho sobre su participación en esta farsa y Vargas Llosa siguiendo la metodología de Debord escribió “La cultura del espectáculo” pero cuidándose, eso sí, de entrar en detalles sobre la dictadura de los grandes pulpos editoriales, sobre la descarada manipulación y perversión estética de los concursos literarios, e imposición de un modelo de marketing que sumió en el olvido a grandes escritores que no se quisieron inclinar ante esos modelos comerciales, sobre la utilización de la cultura para disfrazar sus intereses por parte de los grandes monopolios económicos  españoles en países como México, Colombia, Argentina. De esta manipulación de la cultura como espectáculo, como gran divertimento para llenar el tedio de los nuevos públicos consumidores, ya Adorno y Horkheimer habían hecho un impactante e incontrovertible análisis hacia los años 50 al analizar la industria cultural norteamericana. Saturar la programación cultural de conferencias, conciertos, seminarios informativos ¿es “hacer cultura” o es apabullar al ciudadano con una simple información carente de esa perspectiva crítica gracias a la cual se reflexiona lo que se recibe y se logra una dinámica necesaria convirtiendo al ciudadano en un partícipe activo y no en un espectador pasivo? ¿Puede medirse la eficacia de la programación cultural mediante estadísticas precisas? ¿La asistencia masiva de colegios o de sindicatos, de clubes de lectura, de niños exploradores, indica la bondad de una programación cultural, señala el éxito de una pedagogía?


Alguna vez con Manuel Mejía Vallejo hicimos esta reflexión. “Hoy tenemos dos exposiciones y una conferencia de tres amigos a la misma hora. Si vamos a una de ellas los otros dos van a ofenderse, así que lo mejor es que nos quedemos en este barcito escuchando tangos y tomando aguardiente”.  Inconscientemente estábamos siguiendo el  consejo de Ortega y Gasset cuando recordó que era necesario que la cultura partiera de la vida y no al revés. Gastarse millonadas del erario público en eventos y convocatorias repetitivas sin haberse preguntado antes sobre lo que significa la cultura es nada menos que perder el tiempo mientras la verdadera  cultura florece en las calles.