Columnistas

Transfuguismo y voltearepas
Autor: Sergio De La Torre
1 de Marzo de 2015


Es y será la política un oficio incierto y voluble. Para su practicante o “profesional” (como despectivamente lo llaman) su meta, u obsesión, es mantenerse ahí, para lo cual, si menester fuere cambiarse de divisa, lo hará sin titubear.

Es y será la política un oficio incierto y voluble. Para su practicante o “profesional” (como despectivamente lo llaman) su meta, u obsesión, es mantenerse ahí, para lo cual, si menester fuere cambiarse de divisa, lo hará sin titubear. Arrumar los emblemas ya descoloridos, raídos por el uso o la derrota, y empuñar los que lucen intactos y todavía prometen algo, no causa vergüenza. En Colombia, donde la política se ha perrateado, solo se sostiene en ella el equilibrista consumado que nunca, o casi nunca, resbala o cae, por estar siempre atento a la ocasión que juzga más propicia, a olerse las oportunidades, a acomodarse a tiempo para no quedar por fuera. Vale decir, el oportunista que se protege con genuflexiones y a fuerza de obedecer sin replicar, permanece. El instinto de supervivencia, en la forma silvestre y animal en que le obra, le impide cuestionar nada u opinar por su cuenta. Pues además, careciendo de criterio, nunca tendrá opinión para oponer o aportar.


En nuestro medio, donde la deslealtad que hoy cunde brotó en los comienzos mismos de la República (cuando el propio Libertador fue traicionado, de un lado por Santander y del otro, en su propia cuna venezolana, por Páez y demás paisanos suyos), abundan los tránsfugas, por supuesto. El omnipresente Roy, el inexhausto Benedetti y similares, harto posan de altruistas pero actúan siempre en provecho propio. Del trepar incesante por la cuesta de la abyección derivan el éxito, que en su caso es el premio a la persistencia, nóo al mérito. Lo que aquí conocemos como “disciplina para perros” se ejercitaba en nuestros partidos antes de que los pequeños y prescindibles caciques regionales, o los clanes familiares nacidos en la costa Caribe y expandidos luego a todo el país, se los tomaran por asalto.


El mero apoltronarse en una curul hasta que llegue la hora del relevo, sin que se note la falta o ausencia del que se fue. Como ciertos legisladores que se reeligen indefinidamente hasta que deben retirarse a descansar, sin que se sepa a descansar de qué, pues nunca, en los largos años de su ejercicio, fueron notados siquiera, ni aún en la rutina plana de los debates insulsos, de los discursos hueros propios de un parlamento donde poco se parla y tanto se medra. ¡Cuánto añoramos a personajes de ayer que, como Galán, deslumbraban por su lucidez y entrega, o que, como  Santofimio, su detractor, simplemente entretenían con su verbo sonoro, lo que también servía, al rasgar ese clima de indigencia intelectual en que discurre la política nuestra en los últimos lustros! Cuyos más dignos exponentes en el ámbito nacional a no dudarlo fueron, para orgullo compartido de azules y cachiporros, Turbay Ayala y Andrés Pastrana.


Tránsfugas los hay en todo tiempo y lugar, hasta en aquellos países emblemáticos donde naciera la democracia, concebida como emulación de ideas y propuestas dispares, como choque y alternancia de saberes y visiones contrapuestas. Aceptando desde luego que todo ello comporta una cierta trashumancia, intercambio o transición, necesarias en los gladiadores pero muy abusadas por los lagartos. Fouché y Talleyrand verbigracia, en la Francia postrevolucionaria, discípulos adelantados de Maquiavelo (el primer tratadista europeo de la política en cuanto gobernabilidad, y no un simple y vulgar concejero de trampas y maniobras torcidas , como creen los que sin leerlo lo condenan ), sobrevivieron primero a la guillotina y luego al azaroso y continuo cambió de regímenes que la siguió, y a su manera contribuyeron a la modernización de la diplomacia y la política, que jamás confundieron con la politiquería. Y después Churchill en la Inglaterra victoriana, quien, apenas despuntado el siglo diecinueve, se pasó del partido liberal al conservador en busca de mejor suerte, o sea de la silla en la Cámara de los Comunes desde donde se erigió en adalid y salvador de su patria cuando Hitler intentó sojuzgarla.


Si traigo a cuento estos personajes singulares e irrepetibles es para significar que no siempre el tránsfuga es el ser despreciable que nos figuramos. Generalmente lo mueve el afán de lucrarse o beneficiarse, mas puede haber otros móviles, menos pedestres: la convicción de haber errado el camino para servir la causa que lo liga, el desencanto con su propio partido, cuyo proceder lo defrauda, la afirmación en él de ideales o lealtades superiores, de valores supremos, como la Patria, Dios (en cualquiera de sus versiones), la libertad, la paz, el orden y demás bienes tan acariciados. En fin, como el espacio se agota, la próxima vez hablaremos de nuestros tránsfugas más paradigmáticos, Mosquera, Núñez, Carlos E. Restrepo en cierto modo, el marinillo Román Gómez en su estilo, etcétera, para que el lector pueda compararlos  con los pintorescos e insaciables personajillos que hoy divierten tanto  como asquean.