Columnistas

Nombrar
26 de Febrero de 2015


Los antiguos egipcios creían que el momento más importante después de la muerte era ese en el que el difunto debía pronunciar su nombre ante los dioses. Presentarse significaba ocupar el lugar que le correspondía de acuerdo con su rango en la tierra.

*Juliana  Gonzalez-Rivera


Los antiguos egipcios creían que el momento más importante después de la muerte era ese en el que el difunto debía pronunciar su nombre ante los dioses. Presentarse significaba ocupar el lugar que le correspondía de acuerdo con su rango en la tierra. En el proceso de identificación de la momia de la famosa reina Nefertiti, la egiptóloga JoannFletcher descubrió que sus restos habían sido profanados: sus enemigos políticos golpearon su cadáver en la boca para que no pudiera decir su nombre en el reino de los muertos y así no consiguiera ocupar su sitio, acorde con su linaje real. Sin nombre no era más Nefertiti, ni en su tumba, ni en la eternidad.


Se presume que lo que no se nombra, no existe. Eso pensaron los enemigos de la esposa de Akenatón y es lo que creen hoy los políticos, los bienpensantes, todos aquellos que están empeñados en lanzar la realidad contra su propio eufemismo. Cuenta Amos Oz que en los primeros años del conflicto en la franja de Gaza, los judíos se referían a los palestinos como “lugareños”o “habitantes árabes del país”, mientras que los palestinos, en lugar de decir Israel, hablaban de “la entidad sionista”o de “los intrusos”. En España, el presidente Rajoy se refiere a “esa persona”cuando tiene que pronunciarse sobre Luis Bárcenas, el extesorero que personifica el escándalo de financiación ilegal en su partido; Zapatero habló durante años de “desaceleración acelerada de la economía” para evitar la palabra tabú: “crisis”, y el ministro Montoro, para no reconocer que bajaba los sueldos a los funcionarios, dijo que se “retraían de los salarios”. En Estados Unidos no se llama tortura a lo que ocurre en ciertas prisiones, sino “técnicas reforzadas de interrogatorio”. En Colombia no tuvimos reparo en aceptar las expresiones “pesca milagrosa”, “chuzadas”y “falsos positivos”cuando tendríamos que haber hablado sin disimulo de secuestro, espionaje y crímenes de Estado. Hemos aceptado llamar “disfunción eréctil” a la impotencia y “personas en estado de alicoramiento”a los borrachos.


La neolengua, esa que anticipó Orwell en 1984, permite que una mentira se vuelva verdad, y se empeña en ablandar el lenguaje hasta que éste pueda decir lo que no se atreve: hoy al plagio, por ejemplo, algunos lo llaman homenaje, y hasta el robo parece natural gracias a atenuantes como “malversación de fondos”o “amigos de lo ajeno”, expresiones que casi disculpan a esos que sin subterfugios debemos llamar ladrones.


El eufemismo es blando, suave, solapado. Pero la realidad es dura, conflictiva, irritante, violenta. ¿En qué momento nos volvimos incapaces de mirarla a la cara? Padecemos una gran enfermedad, la de la pérdida de la fuerza cognitiva de las palabras: se diluyen los significados, hablamos con expresiones aproximadas y torpes, se apagan las chispas del lenguaje que amplía el mundo en lugar de limitarlo.


Por eso nos urge recuperar un lenguaje preciso, menos aséptico, que nos salpique si habla de sangre, que huela a lo que huelen los hombres, que nos haga sudar si habla del calor y nos débofetadas si hace falta. Uno que no caiga en la trampa de la objetividad embustera, la metáfora trillada y las interpretaciones con moralina. Ese que deje huella en la memoria para librarnos del olvido, que sacuda nuestra indiferencia, que ponga acentos que nos curen de la trivialidad. 


No se trata sólo de renunciar a los eufemismos, sinode volver a llenar nuestras conversaciones con adjetivos nuevos, inesperados: que no volvamos a decir “espectacular”, “interesantísimo”o “muy especial” como únicos calificativos posibles; que, como dice Gossain, nadie diga “ave” mientras pueda decir “pájaro”. Sólo así generaremos anticuerpos contra esa peste que nubla la realidad insólita, paradójica, bella, aberrante; ese mal que evita que la vida sea memorable. Como esos sueños que se diluyen cuando nos despertamos y nos dejan una sensación de extrañeza porque no sabemos interpretarlos, y se nos escapan. Como Nefertiti, no recuperaremos nuestra realidad hasta que seamos capaces de volver a llamarla por su nombre. Y para ello solo tenemos las palabras.


*Ph.D en periodismo, profesora universitaria y especialista en literatura de viaje.