Editorial

Muros fronterizos
26 de Febrero de 2015


Bastó la divulgación de los exabruptos de la diputada Zulay Rodríguez contra los colombianos para que la Cancillería colombiana proclamara el envío de una nota de protesta al Gobierno de Panamá.

Para indicar “la inconformidad y el rechazo de este tipo de expresiones” y “dejar en claro que no vamos a dejar que insulten el nombre de los colombianos ni en Panamá ni en ninguna parte”. Así como es eficaz respuesta al asombro mediático, la comunicación excusa a la doctora María Ángela Holguín de enfrentar abusivas declaraciones de vecinos en aprietos y, sobre todo, de defender los intereses de Colombia y los pueblos americanos aislados entre sí por caprichos particulares.


Producir declaraciones altisonantes contra los colombianos, o algunos de ellos, ha sido expediente de fácil trámite para vecinos en apuros. Lo está demostrando Nicolás Maduro con sus arremetidas contra nuestros medios de comunicación y lo confirma la hasta ahora desconocida señora Rodríguez. Estas posturas, sin embargo, parecen inocuas frente a los muros que los gobiernos de esos países levantan, en el caso venezolano, o mantienen y acrecientan, en el panameño, aduciendo la pretensión de frenar a delincuentes que llevan siglos burlando los pasos y controles policiales en los amplios y selváticos bordes que separan a los países. En la frontera de Panamá y Colombia, el muro es la selva del Darién y la negativa del vecino país a avanzar en la terminación de la conexión de las Américas con el último tramo que le falta a la Carretera Panamericana, admitida -por pasiva o por activa- por dirigentes colombianos que actúan de espaldas a los intereses de América.


Confirma lo anterior y se une al clamor de una diplomacia que más que reclamos puntuales, busque soluciones de fondo a posiciones que se han generalizado, la decisión del gerente saliente de ISA, Luis Fernando Alarcón -apoyada por nuestras autoridades ambientales- de admitir la imposición de Panamá para que la interconexión eléctrica de Colombia y Centroamérica, pieza clave de la integración eléctrica americana, se hiciera a través de un complicado y caro cable submarino, y no sobre la ruta diseñada para el tramo de carretera faltante en el Tapón del Darién. La decisión no sólo impone sobrecostos a la transmisión de nuestra electricidad a la necesitada Centroamérica; también niega la posibilidad de que el proyecto pueda favorecer la presencia protectora de ambos estados en el Darién y/o facilitar la integración de las poblaciones que comparten ese territorio y de ellas con los pueblos americanos. 


Durante 22 años hemos demostrado desde estas columnas, y es nuestra obligación con el futuro no dejar de hacerlo, que el desinterés de las autoridades colombianas por la Carretera Panamericana ha contribuido a la pérdida de control sobre un territorio de aproximadamente 20.000 kilómetros cuadrados de extensión. La literatura contraria a la presencia de los estados en el Darién describe a la región como asiento de una rica y muy bien cuidada diversidad biológica que daría cobijo y sustento a varios pueblos indígenas asentados indistintamente en ambas naciones. La realidad documentada en visitas de campo y mapas satelitales describen, por el contrario, unos territorios disputados por grupos criminales protegidos por la ausencia de Estado y el miedo de pueblos hambrientos y desprotegidos. Escogido, pues, como caballo de batalla de ambientalistas reales y supuestos, el mito del Darién se mantiene, como hemos denunciado, como manto protector de toda clase de bandidajes, y como fuente del poder que se obtiene de levantar muros allí donde se podrían tender puentes, el cual resulta difícil de comprender en el siglo XXI.


Tras las guerras que la hirieron profundamente, Europa ha construido una sólida integración, que es política, en la institucionalidad común; económica, a través del Euro; militar, en la Otan, y física, en el sistema de carreteras, ferrocarriles y su pasaporte común. Un sueño semejante, que amplía el derecho a la libre circulación de personas y mercancías por territorios compartidos, nace al amparo de la floreciente Alianza del Pacífico, a la que Panamá ha pedido ingresar porque comparte sus ideales democráticos y su modelo económico con Chile, México, Perú y Colombia. Con sus focos de atención, y los de dispersión, no habría que asustarse si nuestra Cancillería apadrinara tal pretensión omitiendo exigir a Panamá que facilite la esperada integración física de los países americanos, realizable sólo mediante la construcción de la carretera soñada en los albores del siglo XX y terminada, con excepción de los 108 kilómetros del Darién.