Editorial

Solidaridad con los presos políticos
19 de Febrero de 2015


Con vigor y valentía, los demócratas venezolanos volvieron a las calles y coparon las redes sociales para confirmar su solidaridad con Leopoldo López...

Con vigor y valentía, los demócratas venezolanos volvieron a las calles y coparon las redes sociales para confirmar su solidaridad con Leopoldo López, y otros 61 presos de conciencia, emblemas de la lucha de su pueblo por recuperar la democracia perdida en los recortes progresivos por órdenes de Hugo Chávez y sus herederos y tolerado por pueblos, líderes y gobiernos que se hacen de la vista gorda frente a los indiscutibles signos de deterioro institucional de ese país. Con esta protesta, a menos de una semana de las marchas conmemorativas del 12 de febrero, los ciudadanos conmemoraron el aniversario de apresamiento del líder de Voluntad Popular y ratificaron su voluntad de resistencia contra el totalitarismo amenazante que los rodea.


 


El encarcelamiento de López fue realizado por el gobierno Maduro tras las marchas del 12 de febrero de 2014, en las que agentes de Policía e integrantes de las milicias bolivarianas, atacaron a los manifestantes, causando la muerte a tres de ellos y heridas a otros 23. Mediante la falsa imputación de ser los responsables de la violencia de esa dolorosa tarde y gracias a que ha conseguido que la juez no inicie la causa contra López, el régimen chavista busca que la opinión desprevenida adopte como verdades sus mentiras sobre la violencia de esa tarde y pretende generar desprestigio y debilitamiento entre los líderes opositores. Carente de causa y sapiente de que el tiempo es buen aliado del cansancio, el diletantismo y el olvido, el régimen ha conseguido dilatar el proceso judicial y arreciar el acoso, en muchas ocasiones con tintes de trato cruel, inhumano y degradante, contra el dirigente, su esposa Lilian Tintori y su familia, que persisten en la dura lucha por la libertad, como en su momento lo hicieran la Unión Soviética contra Andrei y Elena Sajarov y el castrismo contra Guillermo Fariñas y miles más. 


 


Con el abusivo caso contra Leopoldo López, el régimen venezolano confirma su viraje de frágil democracia a totalitarismo con algunas apariencias democráticas: hay elecciones pero ellas son excusa para corromper al ciudadano y perpetrar fraudes sin sanción; en la Asamblea Legislativa reina la unanimidad complaciente, los medios de comunicación apenas si sobreaguan y la justicia se ha resignado a ser testaferro del poder abusivo que cedió las banderas democráticas para enarbolar las raídas del comunismo totalitario. El esfuerzo sobrehumano de los participantes en la Mesa de Unidad Democrática no ha sido suficiente para detener la maquinaria totalitaria, que avanza con el apoyo de aliados como Cuba y China.


El 7 y 8 de enero pasados, los demócratas del mundo se volcaron a las calles para protestar contra los extremistas, al parecer islamistas, que atentaron contra la redacción de Charlie Hebdo, semanario satírico francés. Porque muchos están en desacuerdo con los criterios arreligiosos e izquierdistas de la publicación, las manifestaciones fueron acto masivo, no unánime, en defensa de la libertad de expresión, uno de los bastiones de la democracia. En contraste, los sucesivos ataques del régimen de Venezuela a la libre expresión de medios de comunicación y líderes políticos y a las instituciones democráticas, se suceden porque sólo unos cuantos valientes se arriesgan a expresar abiertamente su apoyo a los opositores venezolanos. Como testimonios de la solidaridad con el valiente pueblo de Venezuela brillan las sanciones ordenadas por el presidente Obama, la visita de los expresidentes Felipe Calderón, Andrés Pastrana y Sebastián Piñera a los opositores, así como los documentos que reclaman la libertad de López, emitidos por la ONU, la OEA, gobiernos como el de Colombia o Chile, y prestantes ONG como Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Aunque significativas, esas acciones no sólo no alcanzan a contrarrestar los abusos de un gobierno que ha logrado imponer el silencio de la Secretaría General de la OEA,  el organismo multilateral más directamente competente para pronunciar su voz de rechazo y cuyo titular, a propósito, está a punto de ser sustituido, sino que han llegado a penetrar el alma de Naciones Unidas al hacerse elegir por los países democráticos de América como miembro no permanente del simbólico Consejo de Seguridad.