Columnistas

Quindío: paraíso perdido
Autor: Jorge Arango Mejía
15 de Febrero de 2015


“Luchando no sólo contra la montaña arisca y el clima lánguido, sino contra la indiferencia de las autoridades locales, Armenia fue creciendo.” (Alberto Lleras Camargo, “El Liberal”, 22 de diciembre de 1939).

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“Luchando no sólo contra la montaña arisca y el clima lánguido, sino contra la indiferencia de las autoridades locales, Armenia fue creciendo.” (Alberto Lleras Camargo, “El Liberal”, 22 de diciembre de 1939). 


Así escribía para rendir homenaje a la que el Maestro Valencia llamara la Ciudad Milagro, al celebrarse el primer cincuentenario de su fundación. 


 


 


Y agregaba: “Si la progresión que ha traído continuara, Armenia vería cumplida la profecía de ser la primera ciudad de un millón de habitantes en el occidente de Colombia.” 


¿Cómo explicaba Alberto Lleras, sin duda el mejor periodista de Colombia, el extraordinario crecimiento de Armenia? Así: “No sería concebible el progreso demográfico  si no fuera porque en el Quindío  no existió ni se ha dejado crecer después esa planta maligna que ha extirpado el vigor de ciudades ilustres cuyo destino parecía claro y cuyo estancamiento produce dolor: el regionalismo, el sentido de clan, de grupo hostil al trabajo de todos los colombianos, de plaza cerrada a la actividad de los extraños. Fueron guerrilleros de las revueltas civiles quienes derribaron los primeros troncos, quemaron la maleza y clavaron las primeras estacas para levantar una casa.”


¿Por qué no se cumplió la profecía? Por estos motivos:


El primero, la violencia que padeció el Quindío a partir de 1946. En ese año, como durante los 16 de la República Liberal, Armenia florecía. Llegaban gentes de todas las regiones, se levantaban fábricas, había una febril actividad y un ansia incontenible de progreso.  Pero a la paz siguió el horror. 


Desde el 7 de agosto de ese año, se decidió convertir el Quindío liberal en una región de mayoría conservadora, para que el Gran Caldas fuera fortín de ese partido. Era parte del plan para perpetuar en el poder al Conservatismo, minoría que había ganado la Presidencia el 5 de mayo de 1946, a causa de la división entre los candidatos liberales Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán. Recuerdo cómo doblaban las campanas por los liberales víctimas de los “pájaros” o de la propia policía; cómo en las noches, desiertas las calles por el toque de queda, sólo quebraban el silencio los disparos de fusil. Los criminales eran conocidos por todo el mundo, por sus nombres o apodos: Querubín Burgos, el Gago, el Flaco… Para los liberales, ver un policía era sentirse en peligro.


Así empezó el aprovechamiento económico de la violencia: aparecieron nuevos ricos, pues los hasta ayer peones o mayordomos, compraban por un precio vil las tierras de sus patronos liberales. Comenzó el éxodo hacia Cali, Bogotá y Medellín: se iban los creadores de riqueza, para salvar algo de ésta. Las industrias dejaron de establecerse en Armenia y el comercio languideció. En el Quindío solamente quedamos quienes no teníamos cómo irnos. Armenia, la ciudad bulliciosa y alegre donde corría la riqueza, se volvió triste, silenciosa, amedrentada y marchita. 


Para colmo de males, apareció en los años cincuentas, el “chance”, un juego -prohibido en esa época-, que arruina a los más pobres (si esto es posible). Después, el Congreso lo “legalizó” y lo entregó a las beneficencias departamentales, para que éstas, a su vez,  lo adjudicaran a  particulares, los mismos que lo habían explotado cuando era ilícito. Como se ve, fue la típica venta del sofá que hace el marido engañado. 


Y un mal día un discutible personaje, amo de ese juego, empresario de cantinas y otras actividades peores, se convirtió en jefe liberal, no por arte de magia sino por la compra de votos. 
Y no sólo fue representante a la Cámara sino senador... ¡Qué horror!


Después, ocurrió el terremoto del 25 de enero de 1999. Y la destrucción de casi la mitad del área urbana de Armenia, se agravó por los despilfarros y latrocinios cometidos a la sombra del Forec. Y para completar, a comienzos de este siglo, fue elegida como gobernadora  una señora cuyo nombre no merece mencionarse. Ella se empeñó en impedir la creación del Área Metropolitana del Quindío, y lo logró. El tiempo dirá cuánto mal les causó a Armenia y a los demás municipios que habrían de ser parte de aquélla. 


En el Quindío, en conclusión, la constante ha sido la guerra de la administración, formada por ineptos, voraces y  codiciosos, contra la gente. 


Y uno se pregunta: ¿dónde están la Procuraduría General de la Nación, la Contraloría General de la República y la Fiscalía?