Columnistas

Corrupci髇: no generalizar
Autor: 羖varo Gonz醠ez Uribe
14 de Febrero de 2015


La corrupci髇 en todas sus facetas es un flagelo que golpea no solo a Colombia sino a todos los pa韘es del mundo en mayor o menor grado.

@alvarogonzalezu


La corrupción en todas sus facetas es un flagelo que golpea no solo a Colombia sino a todos los países del mundo en mayor o menor grado. Es tal su cobertura, que la ONU se ocupa ampliamente del tema por diversos medios y la considera uno de los peores escollos para el desarrollo de los países. En especial, con la globalización y la tecnología es un fenómeno que desde hace mucho desbordó los ámbitos locales, regionales y nacionales para distribuirse internacionalmente mediante complejos entramados.


Afirmar que no es solo un pérfido fenómeno de Colombia -incluso, aunque no estamos bien en sus indicadores tampoco somos los peores- no quiere decir que mal de muchos consuelo de tontos. Reconocer y analizar esa realidad como una peste internacional debe servir para que estemos más atentos, pues entre tantos países la corrupción se vuelve más difícil de detectar en cuanto a sus autores, modalidades y rumbo de sus producidos ilícitos.


Por otro lado, los sujetos activos de la corrupción oficial no solo pertenecen al sector estatal, sino que también incurren en malversación del erario ciudadanos que intervienen en sus procesos de contratación o que manejan dineros públicos. Incluso, en la esfera privada también se dan numerosos casos de empleados que roban o estafan a las entidades donde laboran.


Pero no podemos caer en el injusto error de pensar y expresar a los cuatro vientos que la mayoría de funcionarios es corrupta, como tampoco pensarlo y decirlo de la política en general. La política y el Estado no son corruptos en sí, no pueden serlo porque se trata de una actividad y de una o varias personas jurídicas. Los corruptos son los funcionarios y políticos -muchos o pocos-, personas naturales.


Generalizar negativamente es una crasa injusticia. En el caso de la corrupción, además, agrava el problema porque se va perdiendo la confianza en el Estado lo cual ocasiona que los ciudadanos recurran a instancias privadas para resolver lo que aquel debe hacer. Eso se llama desinstitucionalización. Por otro lado, esa percepción lleva también a muchos ciudadanos a pensar que para relacionarse con las entidades oficiales y sus funcionarios no hay alternativas diferentes a actuaciones corruptas.


Trascribo las vigentes palabras de la abogada Paulina Veloso Valenzuela, exconsejera del Consejo de Defensa del Estado de Chile, expresadas en el “2º Foro Internacional Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, Desafíos para su Aplicación en Chile” (2009):


“Varios de los autores se refieren críticamente a la frecuente denuncia escandalosa y magnificada de casos de corrupción, muchas veces con fines políticos electorales, que finalmente, por la forma como se presentan, hace aparecer todo lo público como corrupto, señalando como efecto negativo probable de esta denuncia un alejamiento de buenos profesionales de la cosa pública y un decaimiento del ánimo de los buenos funcionarios públicos. Detrás de ello está el temor de que este desprestigio, esta crítica permanente a los políticos como si todos fuesen corruptos, finalmente debilite a las instituciones democráticas, a la cosa pública, y ello es una antesala conocida, entre otros males, de mayores niveles de corrupción. El desafío está en un adecuado equilibrio entre denunciar fuerte y claro los casos reales, los casos ciertos -porque es necesario que no queden en la opacidad- pero en el contexto de casos específicos, como los que se han desviado de la norma, no como una constante y, al mismo tiempo, promover las buenas prácticas, la conducta positiva.”


Entre tantos escándalos de corrupción que han salido últimamente a la luz en Colombia, es muy sano para la institucionalidad y la democracia tener en cuenta esas palabras, en especial en las elecciones que se avecinan.


Aldaba: Durante la época en que viví en la región Caribe mi columna se llamó Macondo. Habiendo regresado a mi tierra ya es hora de cambiar a un nombre más apropiado que además considero bello y sonoro, Aburrá.