Columnistas

El suicidio de Cioran
Autor: Álvaro González Uribe
7 de Febrero de 2015


Dudé mucho en escribir esta columna, ¿las causas?, el tema tan difícil y sensible, teniendo en cuenta, además, que no soy sicólogo ni siquiatra.

Dudé mucho en escribir esta columna, ¿las causas?, el tema tan difícil y sensible, teniendo en cuenta, además, que no soy sicólogo ni siquiatra. Hago la advertencia con el fin de que mi corto comentario no sea juzgado a la luz de la ciencia sino a la oscuridad de las ideas de cualquier ser humano. Es que soy eso, un ser humano, un ser humano bastante inquieto que siempre ha pensado en la vida y en la muerte sea cual fuere la forma en que lleguen. Seguramente usted también.


Por otro lado, es más susceptible y delicado hablar del suicidio en estos días porque recientemente cinco personas en sonados casos decidieron entrar en la muerte -o salir de la vida-; fueron cinco suicidios entre tantos que suceden diariamente en Colombia y en el mundo. Inevitable entonces no reflexionar de nuevo sobre dicho acto. Sin embargo, pensé: ¿para qué voy a escribir mis ideas sobre el suicidio si he leído a alguien que lo ha hecho mucho mejor? Esta es una columna en la que se supone uno plasma las opiniones propias, y sí, lo voy a hacer, porque me apropio de las ideas de quien considero ha opinado más lúcidamente sobre el suicidio: Emil Cioran (Rumania, 1911-Francia, 1995).


Editados con supresiones por falta de espacio -pero sin perder el sentido del autor-, transcribo apartes de la respuesta que Cioran da a la pregunta “¿qué piensa usted del suicidio?”: “Lo hermoso del suicidio es que es una decisión. Es muy halagador en el fondo poder suprimirse. El suicidio es un pensamiento que ayuda a vivir. He dicho que sin la idea del suicidio me habría matado desde siempre. ¿Qué quería decir? Que la vida es soportable tan solo con la idea de que podemos abandonarla cuando queramos. Ese pensamiento, en lugar de ser desvitalizador, deprimente, es un pensamiento exaltante.


En el fondo nos vemos arrojados a este universo sin saber por qué. Pero la idea de que podemos triunfar sobre la vida, de que la tenemos en nuestras manos, de que podemos abandonar el espectáculo cuando queramos, es una idea exaltante. No; he exagerado mi pensamiento, no es matarse, sino tener la idea de matarse. No necesitamos matarnos. Necesitamos saber que podemos matarnos.


Es necesario incluso que se diga a los niños en la escuela: ‘Mirad, no os desesperéis, podéis mataros cuando queráis’. No por ello se matará la gente, no por ello habrá más suicidios. Yo propongo una rehabilitación de ese pensamiento. Estoy seguro de que el hombre lo necesita: cuando reflexionamos de verdad sobre por qué se nos arroja aquí, no lo sabemos. Lo que hacemos no tiene el menor interés, en general. ¿Por qué?; cuando sabemos lo que el futuro reserva a los hombres.


Tengo un amigo que me telefonea de vez en cuando: quiere suicidarse y desde hace mucho tiempo. Estaba en una clínica siquiátrica, era menor, y me pidió la autorización. Le dije: ‘No puedo darte la autorización, porque no quiero ir a la cárcel. Sabes que estoy a favor del suicidio, pero no puedo incitarte a cometerlo’. Como un cobarde, dije: ‘Pregunta al siquiatra. Si está de acuerdo, puedes suicidarte’. Y después estaba en provincias y vino a París, no he podido quitármelo de encima, porque me telefonea cinco, seis, diez veces al año: ‘Quiero matarme’. Y le digo: ‘Mira, el único consejo que puedo darte es este: espera otras 24 horas. Si mañana sigues queriendo matarte, ya lo verás. Puede que no. Pero no te mates en un arranque, al instante’”.


Cioran es lúcido para algunos, pero suicidarse es un acto íntimo y respetable aunque doloroso para quienes quedan. Pido excusas por esta columna a familiares y amigos de quienes se han suicidado en los últimos días y también hace mucho. Casi todos hemos tenido amigos o familiares que lo han hecho. Es la vida, de uno, de los amigos y familiares y, por supuesto, de quienes se suicidaron. Es la vida, es la muerte: las dos únicas verdades de este mundo. Ambas son impuestas: Sobre el tiempo de nacer la vida nunca tenemos voluntad, pero a veces sí la tenemos sobre el tiempo de nacer la muerte, sea lenta o rápida.