Columnistas

Auschwitz, eternamente Auschwitz
Autor: Iván Guzmán López
3 de Febrero de 2015


El pasado martes 27 de enero de 2015, se cumplieron 70 años desde aquel feliz momento en el cual las puertas de un infierno nazi, de nombre Auschwitz-Birkenau, se abrieron a la libertad y a la vida.

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El pasado martes 27 de enero de 2015, se cumplieron 70 años desde aquel feliz momento  en el cual las puertas de un infierno nazi, de nombre Auschwitz-Birkenau, se abrieron a la libertad y a la vida. Anatoly Shapiro, el joven militar de apenas 32 años que abrió esas puertas en nombre del ejército soviético que entonces combatía a la bestia hitleriana, durante la Segunda Guerra Mundial, le diría luego al diario New York Daily News, en 2005: “No teníamos la menor idea de la existencia de ese campo. Mi comandante no nos había dicho nada sobre ese asunto. Entramos en la mañana del 27 de enero de 1945. Vimos algunas personas vestidas con harapos. No parecían seres humanos, lucían terrible, eran puro hueso. Como comandante del batallón, dije a los sobrevivientes que éramos del ejército soviético y que quedaban libres del dominio alemán. Pero ellos no reaccionaron, no podían ni mover la cabeza o decir una palabra”. Y recordó de aquellas personas que, “además de su aspecto esquelético, no tenían zapatos y sus pies estaban envueltos en ropa vieja: era enero y la nieve rodeaba el lugar. No sé cómo sobrevivieron a eso”.


Por el mismo año de 2005, meses antes de morir, declaró a la radio nacional israelí: “Cuando nos aproximamos a las barracas que se suponía eran para mujeres, nos encontramos con una imagen terrible: mujeres que yacían sin vida sobre el suelo, desnudas, porque la ropa se la habían robado las personas que sobrevivieron. Había mucha sangre y excrementos humanos alrededor; todo aquel panorama dantesco estaba impregnado por un olor imposible. Mis soldados comenzaron a rogarme que abandonáramos la misión, pero no podíamos hacerlo. Nos habían dado la orden de estar allí”. Y agregó: “apenas llegamos, montamos algunas cocinas de campaña y preparamos algunos alimentos ligeros. Pero algunos de ellos murieron al probar la comida, porque sus estómagos no funcionaban normalmente. Estábamos furiosos. Los soldados querían matar a todos los alemanes hallados, pero me tocó explicarles que muchos de ellos no eran fascistas, ni responsables de los crímenes que habían cometido los nazis”. Y recordó que: “al inspeccionar las instalaciones de Auschwitz, encontramos hornos y máquinas de exterminio, mientras las cenizas de los cuerpos eran sacudidas por el viento”. 


Se estima que en Auschwitz-Birkenau, desde mayo de 1940, hasta enero de 1945, fueron exterminadas 1,1 millón de personas, la mayoría de ellas judíos polacos. Preguntado por un mensaje para las siguientes generaciones, Shapiro respondió: “Si tengo algún mensaje para la siguiente generación, sería muy simple: no permitir ni por un segundo que lo que ocurrió durante estos años se repita de nuevo”.


Lo triste, para esta pobre humanidad agobiada por toda suerte de miserias del cuerpo y del alma, es que Auschwitz se repite a diario y en todos los rincones del mundo. Todavía tenemos en la mente y el alma las dantescas imágenes de televisión que nos mostraban a un grupo de civiles y militares colombianos en un campo cercado con alambres de púas y custodiados por rebeldes de las Farc; en la patria de Rulfo, pruebas científicas y periciales nos revelaron, hace poco, que los 43 estudiantes desaparecidos el 26 de septiembre de 2014, según el fiscal de ese país, fueron privados  de la libertad por policías de Iguala, asesinados, incinerados en la hoguera de un basurero que alcanzó los 1.600 grados centígrados y arrojados al rio San Juan. En Ruanda, Mozambique, Guinea y la República Democrática del Congo, los masacrados se cuentan por miles, sin que la sociedad occidental se de por aludida. Y podría completar un libro enumerando los Auschwitz-Birkenau, del mundo. El “no permitir ni por un segundo que lo que ocurrió durante estos años se repita de nuevo”, dolorosa súplica de Shapiro, nunca se ha cumplido, y... temo que jamás se va a cumplir. Los mercaderes de la muerte siguen embriagados con el negocio, no obstante la sentencia de Demócrito, cuando afirma que: “Quien procede injustamente es más desgraciado que la víctima de su injusticia”. 


Como feliz colofón, digamos que Anatoly Shapiro recibió todos los honores militares posibles en el Ejército Rojo, y después del desplome de la Unión Soviética, fue declarado héroe de Ucrania por el presidente Víctor Yushchenko, en 2006. En 1992 emigró a Nueva York, donde murió en 2005 y enterrado en el cementerio judío de Beth Moses, en Long Island.


Puntada final: recordamos Auschwitz; le damos alegría y dolor a la memoria. Viajamos, leemos y amamos, porque, como decía Proust, no existe la imaginación, únicamente la memoria. ¡Ay de los pueblos que pierden la memoria! Auschwitz-Birkenau se repite incesantemente, para ellos.