Columnistas

Morbosidad que mata
Autor: Omaira Mart韓ez Cardona
3 de Febrero de 2015


Hace alg鷑 tiempo escrib韆 sobre la ausencia de los seres queridos, esa que nunca se llena aunque se sienta que est醤 m醩 cerca que nunca de nosotros. Se malgasta tiempo tratando de encontrar explicaciones a lo inexplicable.

oma66co@gmail.com


Hace algún tiempo escribía sobre la ausencia de los seres queridos, esa que nunca se llena aunque se sienta que están más cerca que nunca de nosotros. Se malgasta tiempo tratando de encontrar explicaciones a lo inexplicable. Entender cualquier pérdida es uno de los dilemas del ser y paradójicamente lo que también da sentido a la existencia y a nuestro paso por este mundo terrenal. 


Cuando preparaba este escrito recibí una ausencia más de otro ser querido que me ratificó el tema sobre el que quería reflexionar: la morbosidad que caracteriza a nuestra cultura, esa adicción por lo desagradable y esa tendencia enfermiza a sembrar cizaña y de escudriñar en la vida de los otros. En pocas culturas como la nuestra, el insumo vital de toda organización es el rumor que cuando se esparce como un virus, genera consecuencias que atentan contra lo más valioso en la vida, la dignidad de las personas. No hay empresa ni grupo  social en el que algunos de sus miembros no se dediquen a escudriñar la vida de los otros, a tergiversar situaciones o a suponer cosas inexistentes. Hasta ese nivel de irrespeto y mala intención se ha llegado en las relaciones y convivencia con los otros, que  sin ningún escrúpulo, se critican y cuestionan las acciones y decisiones de los demás cuando no se intenta siquiera entender lo que las motivó. 


Nada sirve de excusa para la carencia de amor que a veces provoca acciones sorprendentes e incomprensibles para quienes las ven de lejos porque infortunadamente otra de nuestras características es que solo se aprende a valorar lo que se ha perdido o a quienes están ausentes. 


Lo maravilloso de la existencia es que cada ser es único y por eso cada quien nace con el libre albedrío o la condición de poder sentir y actuar distinto y tomar sus propias decisiones. Quienes tienen el valor y la fortaleza de asumir cualquier decisión y su condición de acuerdo con sus convicciones, tienen la posibilidad de hacer de su existencia un camino más feliz para sí y con los demás. 


El libre albedrío es sagrado y yace en el alma de cada quien, no debería siquiera intentar cuestionarse y absolutamente nadie tiene derecho a “esculcar” en las acciones y decisiones de otro con ese afán enfermizo escudado en curiosidad y que no es otra cosa que morbosidad. A nadie debería gustarle que violenten su existencia así como nadie debería violentar la de los demás.


Una ausencia bajo cualquier circunstancia, incluyendo uno de los más bellos actos de amor y valor que existen que es el ceder la vida a los otros, nos confronta con el sentido que cada quien le da a su existencia en un mundo como el actual que parece más que nunca necesitado de bienestar espiritual para no seguir hacia el abismo de la deshumanización. 


En memoria y agradecimiento por hacer parte de nuestra existencia a todos los hijos ausentes, los padres, los amigos, los niños, los colegas, a quienes de alguna manera yacen en nuestro corazón y a las víctimas del desamor colectivo, ese que se evidencia en cada acto egoísta, insolidario, en cada actitud de competir contra el otro y no con el otro, cada chismorreo, en la mala intención, en el miedo a enfrentarse a sí mismo antes de enfrentarse al mundo.