Columnistas

El país del postconflicto
Autor: Dario Ruiz Gómez
2 de Febrero de 2015


Han bastado estos meses de un aparente cese el fuego por parte de las Farc para que a pesar del silencio de los medios de comunicación, de los portavoces del gobierno para aseverar que “nada sucede”

Han bastado estos meses de un aparente cese el fuego por parte de las Farc para que a pesar del silencio de los medios de comunicación, de los portavoces del gobierno para aseverar que “nada sucede”, bajo esta calma chicha se pueda percibir lo que es ya una problemática del postconflicto, la violencia alucinante de los grupos criminales en ciertas regiones del Cauca, Norte del Valle, Caldas, Magdalena medio. Lean los periódicos regionales y sumen cifras sobre lo que significa esa voluminosa crónica roja, cuántos asesinatos mensuales en Chinchiná y Dos Quebradas, por ejemplo, los descuartizados y desaparecidos en Medellín, en Barbosa.  El asesinato de mujeres, de niños. O sea ese espacio agrio e insultante de la secuela delincuencial  resultado de una sociedad degradada y que no aparecía descrita en los relatos sobre la violencia guerrillera,  porque  distraídos en las sordideces de la política no la llegamos a considerar como parte de nuestra diaria problemática, y,  es, ya lo vemos, el panorama despiadado que aparece hoy ante nuestros ojos como “la nueva realidad nacional”. Somos un Estado sin territorio y con ciudadanos invisibles  para el vocabulario oficial y la  República que históricamente creíamos haber construido es ya una debilitada estructura  que se desmorona inevitablemente. Esa República que recibimos como herencia y que no supimos defender y renovar ante los embates de  esta soterrada e implacable  aniquilación que nuestros gobernantes no quisieron prever y que enquistada en nuestra vida social  puede prolongar los sufrimientos de los ciudadanos comunes  tal como sucede en México.


Porque lo que se ha hecho a través de las últimas décadas de violencia narcotraficante y guerrillera, de degradación del papel de la clase política, de la degradación de los valores de la educación y de la desaparición de las responsabilidades de la clase empresarial nos lleva a admitir que el postconflicto supone ante todo la urgente tarea de reconstruir lo que se destruyó y de tener en cuenta aquello que al margen de las instituciones desacreditadas e inoperantes se fue fortaleciendo como  nuevas respuestas de convivencia de las comunidades, como las verdaderas  voces donde se manifiesta e identifica la pluralidad de un país ignorado por la retórica de los políticos y de los economistas, de los politólogos de turno o sea de quienes consideran aún  “que el país progresa porque ellos progresan” (Padre Lebret). Porque aquí  viene lo más importante: ¿Cómo pensar en la reconciliación si carecemos de las palabras  justas para ello? Sabemos que la desgastadas recetas revolucionarias encubrieron nuevas formas de violencia y que la justicia del Estado ha sido instrumentalizada hasta perder sus significados jurídicos, sabemos que el seudolenguaje  de los medios de comunicación es una farsa porque se convirtió en mera propaganda sustituyendo la verdad de los hechos por la manipulación de las cifras, entonces ¿Cuál es el lenguaje de la Paz de los políticos, de los historiadores y economistas de academia,  que en su jerga desconocen la pietas, la lealtad a lo esencial? 


Theodoro Adorno recordaba la  imposibilidad de  escribir poesía después del Holocausto como la  imposibilidad de  transcribir en palabras,  el terror, las matanzas,  de las cuales solamente pueden dar fe aquellos que  han enmudecido ante la crueldad y por lo tanto desconfían de la palabra que se envileció. De ahí que solamente la verdad humana  brotada del silencio purificador pueda saltar por encima de los olvidos pactados  y seguirse preguntando  por quienes continúan secuestrados, por quienes no volverán a casa, por los niños reclutados. Este es el verdadero tema del postconflicto.