Columnistas

La flojera incorregible
Autor: Sergio De La Torre
1 de Febrero de 2015


La abortada visita en Venezuela de Pastrana y Piñera a Leopoldo López, el líder opositor encarcelado, tendrá hondas repercusiones.

La abortada visita en Venezuela de Pastrana y Piñera a Leopoldo López, el líder opositor encarcelado, tendrá hondas repercusiones. Tanto internas, en lo que atañe al acatamiento y respeto que Maduro pueda inspirarle a sus propios paisanos, como externas, en lo tocante a su imagen en el mundo y en Latinoamérica, ya de por sí muy deteriorada. No es poca cosa atropellar primero a dos figuras que, mal o bien, por su trayectoria encarnan la dignidad de sus respectivos países, y luego entrar a maltratarlos con agravios y falacias. Si tanto le ofende el narcotráfico a Maduro, debiera mirar hacia su propio séquito, donde a su segundo (que de hecho es el primero) Diosdado Cabello hoy lo señala nadie menos que su más íntimo lugarteniente como la cabeza, o padrino, del Cartel de los Soles, como se conoce allá a la banda de altos oficiales que desde la cúpula castrense propician la exportación de coca a Estados Unidos y Europa. Diosdado (¡vaya nombre paradójico y premonitorio el que le pusieron ¡) es ese personajillo, entre bravucón y taimado, cuyo talante y modales delatan su origen torvo en los bajos fondos, donde fermenta el crimen en su forma más ríspida y primaria.


Del mencionado episodio es de resaltar la diferencia que a su manejo le dieron las dos cancillerías implicadas. Mientras la chilena desde el comienzo estuvo pendiente de Piñera (que no es cercano sino más bien contrario a la presidente socialista Bachelet) procurando acompañarlo y escudarlo en ese trance (hasta donde fuera posible o permitido, a través de su embajada en Caracas), los diplomáticos nuestros brillaron por su ausencia, dejando solo a Pastrana mientras estuvo allí. Y obraron así, o bien obedeciendo instrucciones, o bien porque sabían que si actuaban al revés ello podría fastidiar a la canciller Holguín, invariablemente atenta a no causarle disgusto alguno a la satrapía venezolana, tan susceptible siempre hacia lo que, proviniendo de aquí, le huela a interferencia. Aunque desde allá a toda hora, día y noche, sin atenuantes ni disimulos, se entrometen en lo nuestro, y no de cualquier manera sino comprometiendo la seguridad y estabilidad nuestras, al atizar el conflicto interno, auspiciado sin tapujos desde cuando el chavismo llegó al poder, guiado por el mismo credo con que nuestra inefable guerrilla pretende adornar la violencia ciega y reincidente que nos recetó dizque para redimirnos de tantos males como nos agobian.


Conclusión: mientras el gobierno chileno reaccionó presto a los atropellos e improperios contra un compatriota que no es propiamente santo de su devoción, Bogotá se demoró en hacerlo (fiel a su sempiterna costumbre de andar temblándole a su vecino y así aguantarle sus continuas tropelías) se demoró en hacerlo hasta que ya no pudo esperar más sin caer en la abyección. Quien, para no confrontar al que lo agrede opta por humillarse, se quedará con la humillación y con la agresión también, pensaba Churchill, guía y modelo confesado del doctor Santos. 


Con todo, por esta vez abonémosle a la ministra que, tras largos años de espera, por fin haya roto su silencio, reclamándole al vecino, así sea tímidamente, respeto a la libertad y al derecho. Sigue pendiente otra reclamación, más acuciante aún: que no se siga deportando a los colombianos, y que no se les niegue su puesto en las colas para comprar la comidita del día, así les marquen los brazos como a los judíos en la Alemania nazi.


Sabrá el lector perdonar mi insistencia en éstos temas. Espero dejarlo descansar pronto, pues la crisis venezolana, que parece acelerarse, podría alcanzar su clímax más temprano que tarde, para bien o para mal. Cualquiera sea su desenlace, nos favorecerá a todos, creo yo, pues nada podría ser peor al infierno que hoy se vive allende la frontera.