Columnistas

Pronóstico fallido
Autor: Rodrigo Pareja
22 de Enero de 2015


El cataclismo mundial anunciado a somatén y que según ciertos augures iba a presentarse el primer martes 13 de este año por la ausencia en el éter de un controvertido comentarista radial, resultó como solían decir las abuelas en su infinita sabiduría, víspera de mucho y día de nada.

El cataclismo mundial anunciado a somatén y que según ciertos augures iba a presentarse el primer martes 13 de este año por la ausencia en el éter de un controvertido comentarista radial, resultó como solían decir las abuelas en su infinita sabiduría, víspera de mucho y día de nada.


Esa ausencia – tan normal cada que se producen naturales relevos en las empresas – denunciada y magnificada hasta el cansancio por partes interesadas, no pasó de ser a la postre un sencillo ON o un OFF dado a los receptores, de acuerdo con el agrado o desagrado del oyente de turno.


Los arúspices de la hecatombe que iba a producirse por semejante ausencia, más aún si se tenía en cuenta el cabalístico martes 13, no tuvieron en cuenta, como el recordado profesor Ruanini  de Sábados Felices,  un detalle “así de chiquitico”: que nadie en el mundo es indispensable.


Olvidaron, por ejemplo, que los Sumos Pontífices mueren sin que naufrague la iglesia; que a Kennedy lo asesinaron y aparte de ser noticia de primera plana durante varios días, Estados Unidos siguió siendo la primera potencia mundial, y que en el campo periodístico El Espectador padeció el asesinato de su gran líder Guillermo Cano, y tampoco sucumbió.


El apocalipsis periodístico vaticinado y esperado con avidez por algunos tampoco tuvo ocurrencia, y el globo terráqueo no aminoró un ápice ni se resintió algo en la velocidad que mantiene para hacer las  imperceptibles rotación y traslación que sobre su eje y alrededor del sol realiza.


Dejaron de escucharse dos voces pero se mantuvieron al aire las de por lo menos otras diez personas sin que se haya alterado un tris el rumbo de la humanidad en ese que algunos esperaban fatídico martes 13, en el cual se iría a partir en dos la historia de la radiodifusión en Colombia.


También quedó demostrado en esa ocasión que para trabajar a favor del país no se requiere tener y mucho menos ostentar ciertas veleidades u orientaciones sexuales, y que para hacerlo bien lo único que se requiere es ejercer y trabajar con un riguroso criterio profesional.


Todo ese melodrama lo vivió este país farandulero en medio de un maloliente ambiente alrededor del periodismo, por cuenta de las graves denuncias de Daniel Coronel en una nota de la revista Semana, las cuales hasta el momento -como suele ocurrir con todo lo que afirma este bien documentado columnista– no han sido desmentidas ni desvirtuadas.


Lo que escribió Coronel en su polémica columna es un secreto a voces que nadie se había atrevido antes a denunciar con nombre propio, y es que muchos periodistas, más que periodismo, lo que hacen es relaciones públicas y mantenimiento de imagen a cambio de pagos en dinero o en especie, y no sólo en Bogotá sino en las principales ciudades.


Repetidas menciones porque sí o porque no de ciertos políticos, funcionarios, directores de gremios, restauranteros, hoteleros y gentes vinculadas con el transporte aéreo, por ejemplo, son el pan de cada día para muchos que dejaron el periodismo para convertirse en relacionistas, sin rubor alguno.


Con el debido permiso de esos tales, vale recordarles que “la publicidad y las relaciones públicas son profesiones legítimas y decorosas. No obstante ninguna de las dos es compatible con el periodismo”, según está plasmado en el manual de redacción del periódico El Tiempo, criterio aplicado y ejercido por los principales diarios del mundo.


También es pertinente hacerles notar, siguiendo en el mismo orden de ideas, que “las finalidades específicas de las relaciones públicas y de la publicidad afectan los principios de objetividad, rigor, transparencia y servicio público que reglamentan el ejercicio del periodismo”, según dicho manual.


Cuando se habla de corrupción hay que concluir que como en el cohecho, se requieren mínimo dos actores para que este se materialice, así que muchos de los que claman por un periodismo serio, importante, creíble, libre, ético, sin ataduras y ceñido a la verdad, deberían comenzar por no llevar sus manos a la faltriquera para extraer de ella la vergonzosa paga de sus panegiristas de oficio.