Columnistas

Los fundamentalismos del desamor
Autor: Omaira Mart韓ez Cardona
20 de Enero de 2015


Definitivamente nada en la vida puede interpretarse literalmente y decidir c髆o actuar ante todas las situaciones que se presentan en el transcurso de la existencia, es lo que da sentido a nuestro paso por este mundo.

oma66co@gmail.com 


Definitivamente nada en la vida puede interpretarse literalmente y decidir cómo actuar ante todas las situaciones que se presentan en el transcurso de la existencia, es lo que da sentido a nuestro paso por este mundo. Situaciones como las que se presentaron en Francia con el ataque a la revista Charlie Hebdo o aquí en la ciudad en la que una mujer en estado de embriaguez arrastró a un agente de tránsito y luego fue “premiada” con detención domiciliaria,  evidencian el estado de decadencia en el que está la humanidad que más que debatirse entre fundamentalismos, fanatismos y esnobismo, se está dejando vencer por el más profundo desamor.


Cada vez es menos importante reconocerse y reconocer a los otros como son, el nivel de intolerancia ante la más mínima diferencia está llegando a tal grado que no será necesario esparcir armas biológicas si se quiere buscar una confrontación o iniciar una guerra porque ya vivimos en ella.


Parece que el tiempo transcurre más rápido y cada vez se desaprovecha más en tratar de aniquilar al que piensa distinto, al quien en  la primera impresión no agrada, al que habla más duro, conoce o hace otras cosas distintas  o simplemente al que  quiere compartir un mismo andén o espacio. La demonización y desconfianza hacia los demás es cada vez más agobiante. 


La principal causa de enfermedades mentales de este siglo como el estrés, las personalidades múltiples, el acoso y las crisis de ansiedad, es el desamor hacia sí mismo y por consiguiente hacía los otros. No hay interés en intentar relacionarse mejor con los demás; se evade el contacto directo. Mientras algunos fanáticos promueven el individualismo y dicen buscar el camino de la “santidad”, otros promulgan  la anarquía o en los casos más extremos, la coerción y el poder absoluto como única opción.


En sociedades en decadencia que se creen civilizadas y desarrolladas, la falta de educación se demuestra en actitudes esnobistas y arribistas que conducen a confrontaciones no de ideologías, sino de sentimientos y carencias que las atemorizan y las sumen en la más deprimente soledad y egoísmo. 


La pasión exagerada y desmedida de los fanáticos y fundamentalistas se debería desfogar en acciones concretas por el bienestar común, en dar verdadero sentido a  la convivencia, en respetar la pluralidad. La carencia de amor propio es la que conduce a pensar y actuar creyendo que solo existe una verdad y lleva a acciones violentas, excluyentes, dolorosas y extremas atentando contra la vida de otros y contra el derecho a expresarse, como si para que una voz sea escuchada, fuera necesario silenciar las de los otros.


El estadounidense Stephen Jay Gould, uno de los más influyentes científicos del siglo pasado decía que el gran enemigo de la humanidad no es el fundamentalismo, sino la intolerancia. Otro maestro, el periodista  Ryszard Kapuscinski propuso que la ideología del siglo XXI debería ser una especie de “humanismo global”  en el que se derroten dos grandes enemigos: los nacionalismos y los fundamentalismos. No basta con revelarse con cualquier posibilidad de expresión, negociar un acuerdo y  conceder el perdón, si no se transforma la actitud que permita entender y aceptar que vivimos en un mundo diverso donde existe el mismo derecho a gritar: “Je suis Charlie” (yo soy Charlie  o “Je ne  suis pas Charlie” (yo no soy Charlie); la esencia  radica en la manera cómo se hace y definitivamente el irrespeto, la violencia y el miedo no son una opción.