Columnistas

Una paz de todos y para todos
Autor: Sergio De La Torre
18 de Enero de 2015


Da muestras el uribismo de querer sumarse al proceso de paz en marcha. Insiste en sostener, por boca de su m醲imo l韉er, que no es enemigo del proceso sino del modo como se adelanta. Lo cual ya es bastante, y si no lo fuera, peor es nada que algo.

Da  muestras  el uribismo  de querer sumarse al proceso de paz en marcha. Insiste en sostener, por boca de su máximo líder, que no es enemigo del proceso sino del modo como se adelanta. Lo cual ya es bastante, y si no lo fuera, peor es nada que algo. Hay franjas en la opinión pública, bien holgadas por cierto, relativamente invisibles, porque nunca se manifiestan organizadamente (apenas se notan en el cotilleo callejero, en las tertulias de café, en las reuniones familiares y dondequiera, en fin, que discurra la vida colectiva) hay franjas que no comulgan en absoluto con esta causa. La rechazan de entrada, sin reconocerle nada, ni siquiera la sana voluntad o intención que pueda animar a quienes la idearon y ahora la agencian contra viento y marea. Y que por lo menos tienen derecho a que se les abone la buena fe conque actúan. Ellas no forman parte de ningún partido, y si lo contrario, no lucen muy enteradas de ello. Sin ejercer militancia ni guardar lealtad hacia ninguna bandera, se limitan a opinar, como mucho. Y a votar, cuando la ocasión lo amerita, cosa que sí saben distinguir, así sea por instinto. 


Tales franjas las hay proclives a la derecha, sin discernirlo muy bien, pero también a la izquierda. Son radicales y a menudo intransigentes, sin que las guíe propósito alguno. Desde una derecha no deliberada, inconsciente, espontánea, por así decirlo, y aún desde el centro, detestan a la guerrilla, que perciben insensible, cruel, degradada, maniquea y obtusa, como la conocieron siempre. Y desde la izquierda igual, aunque en sentido opuesto: abominan de todos los ricos, solo por serlo. Los asocian con el paramilitarismo, la avaricia, la regresión política y la caverna religiosa. En el fondo todo se reduce a prejuicios, ideas preconcebidas, enfoques en blanco o negro, que no distinguen zonas grises o intermedias. A la contraparte no se le reconoce ningún aporte, nada positivo. Se la descalifica de plano. En esa atmósfera de polarización, exacerbada por lo que se tramita en la mesa de diálogo, que nos afectará a todos en nuestro destino, se dificulta en extremo toda aproximación que conduzca al consenso básico necesario.


Consenso que, preservando los valores supremos de la vida, la libertad y el orden, controle y modere los disensos inevitables, para que no prevalezcan sobre ese consenso. El cual no sería otra cosa que el pacto o contrato social que imaginó Rousseau, hoy cristalizado en la Constitución garantista, permisiva y laica que nos dimos en el 91 y que profundizó la democracia liberal, hija de la Modernidad, que hoy disfrutamos todos, incluídos sus detractores. Pues en esta democracia y en dicha Constitución (aún faltándole las enmiendas y adiciones que maquinalmente y por pura rutina, desde su irremediable aridez doctrinaria no cesa de reclamar la izquierda, armada o desarmada) cabría perfectamente la actual guerrilla ya desmovilizada, sus prospectos, delirios, razones y utopías. Allí, en la Carta que nos rige, tal como está, hallaría cobijo su proclamado altruismo, que tanto conmueve a ciertas almas pías, y a otras no tan inocentes.


Con lo anterior pretendo decir que aquí, como en cualquier otra democracia que se respete, también hay diversidad dentro de la unidad. Cuando se van a tomar decisiones cruciales es menester contar con todos, sin exclusiones atrabiliarias o atolondradas. Estamos ad portas, según parece, de un vuelco tremendo en nuestra historia. Arduo y difícil pero beneficioso para todos. No es posible arreglarse con la guerrilla sin arreglarse antes con quienes se oponen al trato con ella, por las condiciones en que, según dicen, se lleva. Si el uribismo quiere sumarse a tan magna empresa, que le pertenece no solo al gobierno incumbente sino al país entero, pues hay que oírlo con atención y estudiar sus reparos en procura de acordar unos mínimos que, no faltando nunca en coyunturas cruciales como ésta, hay que buscarlos y encontrarlos. Hacerlo responde a una necesidad política y a un imperativo moral. Si el Establecimiento no actúa unido, ofreciendo un solo frente a la hora de firmar la paz, esa paz quedará coja y en peligro de romperse más temprano que tarde. Si el uribismo estuviera dispuesto a ceder en algo (que bien podría ser más de lo esperado) el gobierno debiera recogerlo con largueza y amplitud, para que lo que salga de La Habana dure y perdure. La paz es con todos los de allá, pero también de todos los de aquí.