Columnistas

La turba enardecida
Autor: Anibal Vallejo Rend髇
13 de Enero de 2015


Se terminan los a駉s con las festividades que llevan a la muerte millones de animales, en lo que constituye los costosos sabores de diciembre para seguir y empezar el nuevo con los espect醕ulos de muerte de los toros: las corridas, coleo y corralejas

Inició el nuevo año 2015 y solamente cambió el calendario. Desde el lejano año de 1991 cuando el periódico EL MUNDO me abrió este espacio se repite la historia del maltrato animal. Se terminan los años con las festividades que llevan a la muerte millones de animales, en lo que constituye los costosos sabores de diciembre para seguir y empezar el nuevo con los espectáculos de muerte de los toros: las corridas, el coleo y las corralejas. Unas de postín, las otras de las turbas que matan o se hacen matar azuzadas por el griterío del pueblo que se divierte con la complacencia inexplicable de las autoridades municipales, en un país que se ha acostumbrado a manifestar su protesta después de lo sucedido hasta que al otro día aparece un nuevo caso de violencia que concita al repudio general.


Empezó muy rápido el maltrato animal en las fiestas de tradición popular del nuevo año. Como si el pasado no fuera suficiente, la turba de Turbaco y su alcalde, son el ejemplo de la infamia. La infamia contra el animal imposibilitado, herido y atacado con furor, como la indiferencia del alcalde quien dijo al periódico El Heraldo  que “lo ocurrido en la corraleja es un acto normal y hacen parte de la tradición y costumbres de las fiestas del pueblo”. Para él las personas heridas, los caballos muertos, los toros despedazados, los incidentes presentados son parte de la fiesta. Las 14 personas heridas como que no le importan. Con tal de que se diviertan.  Hecho reprobable, según el ministro de justicia Yesid Reyes. El gobernador pidió suspender  las corralejas, la Procuraduría investiga lo sucedido, la comunidad manifiesta su indignación, y el alcalde como si no hubiera pasado nada. Algo le está pasando con su cercanía a Cartagena, para estar en boca de la opinión pública. Algo parecido con los caballos turísticos de esta última ciudad, recibidos en parte de pago para cambiarlos por otros que aguanten el maltrato. Como los toros facilitados por los ganaderos para que el pueblo tenga pan y circo, ron y cuchillo. En aras de la tradición y la cultura, como lo predican los defensores de estas fiestas primitivas que ya hace mucho tiempo debían de haber desaparecido. Si tenemos estos manteros que abundan en las regiones ganaderas por qué traer otros de España para la diversión en esos otros circos con arquitecturas suntuosas, propiedad de los municipios que con la pretendida argumentación de la generación de empleo ofrecen otro espectáculo regulado para matar caballos y toros, con manifestaciones de protesta desoídas ante el abuso de la puya, las banderillas mal colocadas y la suerte de matar en un metisaca funesto, que destroza al animal. Dicen que sin muerte no hay corralejas. Y la memoria que es frágil guarda los recuerdos que vienen de tiempo atrás. Turbaco y Arjona en el departamento de Bolívar. En Campo de la Cruz, Sabanalarga y Soledad en el departamento del Atlántico. En Planeta Rica y Sahagún en el departamento de Córdoba. En Sampués y Sincé en el departamento de Sucre. En San Juan Nepomuceno y Arjona. Manteros provenientes de las sabanas de Sucre, del Sinú, de San Jorge, de Antioquia, de Bolívar y Magdalena. Y los espontáneos, crueles y envalentonados que en gallada se multiplican para rematar al toro indefenso, cansado, vejado y humillado. Ese toro que fue criado por los ganaderos es regalado para la diversión de la turba, sin miramiento alguno. Y van a la corraleja para presenciar su muerte a manos de quienes  con indiferencia  expían las desgracias  que en sus vidas los une la tragedia anunciada esperando la muerte ajena.