Columnistas

Ordalía en Turbaco
Autor: Sergio De La Torre
11 de Enero de 2015


Ignoro cuántas veces deba repetirse una feria para convertirse en tradición , y como tal merecer el respeto y ganar adición entre quienes asisten a ella, o la presencian con la resignación de quienes, rechazándola, se la aguantan.

Ignoro cuántas veces deba repetirse una feria para convertirse en tradición , y como tal merecer el respeto y ganar adición entre quienes asisten a ella, o la presencian con la resignación de quienes, rechazándola, se la aguantan. Las obligadas corralejas de la costa Caribe, por ejemplo, desde que me conozco las registra siempre la televisión. Es de suponer, por tanto, que ya configuran una tradición, por su persistencia, y por provenir de España (San Fermín, etc.). Esto último bastaría para ser reputadas así (al lado de la procesión del Santo Sepulcro, el baile del pasodoble y otras pintorescas cosas que el Imperio nos dejó sembradas) en estas antiguas colonias que al emanciparse se sacudieron muchos lastres, mas no todos, por lo visto.


A las corralejas, pues, sus patrocinadores las catalogan de “tradición”, para que el común de los asociados las tolere, pese a la crueldad que cargan, no solo para los toros y caballos sino para los hombres que preceden a los astados, esquivándolos hasta ser derribados, y ojalá corneados, lo que se tiene como prueba de arrojo. Se trata, en el fondo, de un canto al ruidoso y superlativo machismo que heredamos de la Península. El joven cogido exhibirá su lesión como un trofeo que el público, enardecido por el peligro circundante, sabrá aplaudír, llevado también por la embriaguez del momento. El circo romano en la antigüedad, o los duelos y gestas caballerescas celebradas en el Medioevo español para solaz de una concurrencia ávida de sangre, por lo menos tenían un límite, y algo de elegancia.


No es solo barbarie y salvajada, como quieren suponer algunos para ocultar lo peor, la tara que aún pervive en esta nación pretendidamente adulta: una perversión insólita en nuestros días, cuando el maltrato animal, castigado por la ley, está por doquiera proscrito casi del todo. Tanto que le costó la cabeza a un rey: el inefable y por nadie lamentado Juan Carlos de Borbón, quien cometió la fatuidad de hacerse fotografiar, fusíl en mano, frente al elefante que acababa de matar . A propósito de lo cual, subrayo, había que destronarlo. Y no tanto por malvado cuanto por zafio. Mejor dicho, por haber sobrepasado el límite de imbecilidad que la sociedad europea le permite a sus actuales monarcas, como algo ineluctable, que heredan de sus mayores en dosis cada vez más preocupantes. 


En Europa el apego a los animales, particularmente la protección de las especies en extinción, ha cobrado tanta fuerza que ya parece una nueva religión. Se ha llegado al punto de sacralizar a los animales. Repugna más la muerte que por ocio o placer se le da a un tigre en África, que el asesinato de un semejante. El estado de parcial indefensión, la inocencia y desaprensión en que vive la bestia desprevenida y libre, torna más execrable esa muerte. Con indignación se censura la cacería practicada por los europeos en otros continentes, pues ese deporte hace rato fue desterrado del Viejo Mundo, donde ya no se admite siquiera enjaular un pájaro. Lo que allá más ofende es que el hombre se valga de las armas, o bien de su ventaja natural (cuando la tiene) para cazar la pieza. Por simple decoro la humanidad entera debiera rechazar este pasatiempo que la degrada.


Lo acaecido con el toro en Turbaco debe tener escandalizado a todo aquel que en el mundo haya conocido la noticia, por lo inaudito y surrealista del acto en que la turba le da muerte. En lo que a mí respecta (lo digo con humildad pero con franqueza) me avergüenzo de tener por compatriotas a semejantes cafres. Y más que a ellos, a un alcalde que pese a lo ocurrido y tras haber llamado “arte” a la grotesca costumbre o tradición de las corralejas, se negó a cancelar la del día siguiente. Quien, aún ebrio  o borracho, sea capaz de perpetrar tamaña atrocidad, en cualquier momento, aún estando sobrio, solo por divertirse, podrá arremeter contra su prójimo hasta eliminarlo. No se trata pues apenas de un demente sino que representa un peligro latente para la sociedad, y como tal debiera ser neutralizado a tiempo. Y quien lo auspicie desde el poder, como el alcaldito de marras, destituido sin contemplación ni demora  por la autoridad respectiva, que para el caso es la Procuraduría. Y que lo sepa el mundo obviamente, para enmendar en algo el oprobio que ahora cubre a un país que, no contento con exhibir masacres, también ofrece corralejas, riñas de gallos y corridas de toros para una afición que , cada vez más reducida, retraída y abochornada, terminará por renunciar a tan triste, pobre entretenimiento.