Editorial

Sin margen para la ambigüedad
7 de Enero de 2015


Por el bien del proceso, entonces, esperamos que el mandatario no vaya a cambiar su postura negativa frente al pedido de cese el fuego bilateral, tentado por el afán de poder refrendar los acuerdos en las elecciones de
octubre.


Que el presidente Juan Manuel Santos haya reconocido el lunes, al término de los “retiros espirituales” con sus asesores en el proceso de paz, que la guerrilla de las Farc “ha cumplido” con el cese unilateral indefinido de hostilidades, y que a esta declaración haya añadido que la “desconexión” entre lo que ocurre en la mesa de conversaciones y en el terreno del conflicto armado “ya no procede”, configuró una desafortunada ambigüedad que rápidamente fue interpretada por los sectores afines a la guerrilla y por los más fervientes defensores de los diálogos como una puerta que se abría hacia la aceptación “inminente”  de un cese el fuego bilateral, hasta el punto de que en esos términos se expresó públicamente ayer, en varios medios radiales, el excanciller israelí Shlomo Ben Ami, integrante del séquito de consejeros del mandatario.


Aunque no pasó mucho tiempo antes de que el propio Santos aclarara que las instrucciones a las Fuerzas Armadas “no han cambiado” y que un cese el fuego bilateral “será discutido cuando llegue el momento adecuado” en el marco de los diálogos de paz, hubo un detalle que dejó claro para nosotros que la presumida tregua es más una estrategia de manipulación que un compromiso sincero con las víctimas y con el pueblo colombiano: el reclamo, justo ayer, de la delegación de la guerrilla en Cuba por el “permanente hostigamiento” del Ejército en “zonas controladas” por la insurgencia, como para recordarle al presidente y a los ciudadanos que el cese al fuego declarado desde el pasado 20 de diciembre está condicionado a que los frentes guerrilleros no sean atacados por la Fuerza Pública, algo que, como dijimos en nuestro editorial del 19 de diciembre, Cese al fuego con peros, implicaría la renuncia del Estado a su deber constitucional de defender la vida, honra y bienes de los colombianos.


Sería francamente inexplicable que el presidente Santos, después de 25 meses de negociaciones en medio del conflicto y tras capotear toda suerte de presiones por parte de los sectores afines a las Farc para aceptar un cese bilateral del fuego, fuera a recular de manera tan drástica y, sobre todo, a cambio de nada. Siempre nos viene a la memoria, quizá porque sus palabras corresponden de manera precisa a la tesis que siempre hemos defendido en estas columnas, el mensaje que el mandatario les dio a las tropas en Coveñas, Sucre, en septiembre pasado, cuando explicó de manera clara y precisa que las Farc, históricamente, “siempre se han aprovechado del cese al fuego para armarse mejor, para ganar espacio” y que por esa razón no aceptaría un cese al fuego bilateral. Y añadió que “si bajáramos la guardia o si aceptáramos un cese al fuego, ¿qué pasa? Que esta gente sigue armada, dialogando, y quedaría en el mejor de los mundos. ¿Para qué van a hacer acuerdos? En cambio, si sienten la presión militar, van a estar propensos a llegar a unos acuerdos más rápido”.


Y decimos que lo habría hecho a cambio de nada, puesto que desde la suspensión de los diálogos en noviembre ante el secuestro del general Alzate, cuando Santos reiteró esta postura, hasta ahora, en el proceso no ha pasado nada; no se ha cerrado ningún punto de la agenda ni ha habido acciones por parte de las Farc, salvo la petición de perdón a las víctimas de Bojayá, que ameriten señalar un avance significativo. El punto sobre las víctimas, que se discute desde agosto, no arroja aún conclusiones y quedan pendientes el punto sobre el fin del conflicto y el mecanismo de refrendación de los acuerdos, que anticipamos que no serán nada fáciles. De ahí, entonces, que nos genere inquietud el otro aspecto abordado por Santos en su intervención del lunes, cuando señaló que el equipo negociador regresa a La Habana con el mandato de “acelerar el paso de estas conversaciones” para terminar “lo más pronto posible y de una vez por todas” con el conflicto. Pero ¿qué quiere decir “lo más pronto posible”? Los analistas, poco críticos por cierto, ya dicen en los medios nacionales que sería antes de las elecciones regionales de octubre, lo que implicaría que el proceso se moviera, pero la realidad es que no se  mueve. Y mucho menos se movería si el Gobierno cayera en la trampa de la tregua bilateral, pues, para usar una analogía futbolística, el balón quedaría en poder de las Farc que, con el marcador a  su favor, metería el partido en el congelador, mientras de manera simultánea aprovecha las elecciones territoriales para ganar seguidores tras el espejismo de paz que ofrecen.


El presidente Santos nunca le ha puesto plazos a la negociación, si bien al comienzo de la misma hablaba de un proceso de meses y, basados en resultados, los diálogos de paz están sobregirados en términos de tiempo. Y aún faltan, como ya dijimos, los temas más complejos, porque son aquellos en los que más tendrán que ceder las Farc. Por el bien del proceso, entonces, esperamos que el mandatario no vaya a cambiar su postura negativa frente al pedido de cese el fuego bilateral, tentado por el afán de poder refrendar los acuerdos en las elecciones de octubre.