Columnistas

Felicidad y Gobierno
Autor: Dario Ruiz G髆ez
29 de Diciembre de 2014


Otro paisaje de canchitas de f鷗bol en barriadas sin nombre, de escuelas que no tienen techo, de balcones definidos por el 鷏timo p醞aro que cierra la tarde.

Siempre hubo en la llamada vida pública colombiana la persistencia de un amanerado estiramiento, de un engolado gesto de superioridad sobre los demás lo cual ha conducido a nuestras clases dirigentes a ignorar lo que podríamos llamar  la realidad de la calle, la realidad palpitante de caminos y carreteras, la realidad de las gentes que caminan, se suben a un bus para visitar sus familias oponiéndose así a los chantajes de los violentos, a la desidia oficial, madres que van con sus niños, parejas de ancianos que confían en la bondad de los vecinos, muchachos extraviados por la mala señalización urbana, las catástrofes de los empleados anónimos. Esa otra realidad de hablas cotidianas, de parlas de niños luminosos, de parlaches de granujas donde vive el aliento mismo de una vida que se transforma luchando contra el tumulto, contra la mentira de la salud pública, contra el mal periodismo. Otro paisaje de canchitas de fútbol en barriadas sin nombre, de escuelas que no tienen techo, de balcones definidos por el último pájaro que cierra la tarde. ¿No es allí donde mora el origen? ¿No es allí donde hay que buscar la palabra que indica y posibilita el comienzo? Porque si hablamos de comienzo tal como hoy aspiramos a sobrepasar un período de adversidades sin nombre y buscamos la paz política o sea la felicidad que nos devuelva la medida de la confianza ¿cómo podríamos encontrarlo en el vetusto y desgastado mundo de la politiquería  con sus comparsas de atrabiliarios  personajes convencidos desde su fatuidad de hacer parte de una privilegiada aristocracia, o, en las recetas comerciales ya  mustias y empolvadas prematuramente de nuestros nuevos novelistas?


Baudelaire la gran lúcida conciencia de la modernidad distingue entre el progreso material que colma las ciudades, la escena política de groseros personajillos, de los que llama  recién aparecidos sociales, de una vida literaria limitada a conjuras y conspiraciones de mediocres luchando contra los desafíos del verdadero talento,  y,  lo que califica como el progreso moral, una conquista que nunca se da porque nunca se da la sincronización entre responsabilidad moral de las llamadas clases dirigentes con el reconocimiento de esas voces de la calle, esas vivencias de la raíz que es la provincia,  donde habita lo humano, donde habita la sensatez, y nace aquello que va a definir las modernas democracias: el sentido común tan elogiado por Chesterton. ¿Podría hablarse de una narrativa moderna si Dostoievski no hubiera colocado su mirada a ras de estos personajes para describirnos en “El hombre del subsuelo” lo que significa el peso inhumano de las jerarquías sociales, el frívolo juego de apariencias de clase? Millones y millones de novelas comerciales, de discursos académicos se seguirán pudriendo en los sótanos de las bibliotecas mientras la poesía de Mallarme, ese hombre común que subsistía de su trabajo en una revista de modas, revolucionó para siempre la lengua francesa. “Cada vez que intentaba ser un filósofo era interrumpido por la felicidad”. La confesión de W. H. Hudson el autor de esa obra monumental “Las tierras de color púrpura” es la de aquel que ha aceptado el reto de la vida y que al igual que el colono estará para siempre a la conquista de nuevos territorios, de nuevos horizontes, tarea gracia a la cual, descubrirá la pluralidad del mundo, la presencia de experiencias de vida y palabra diferentes a la suya y que deberá respetar cabalmente.


Aisladas del país real nuestras minorías políticas, económicas y culturales caen inevitablemente en una prematura vejez mental  tal como lo demuestra la pobreza de su léxico, la anemia mental donde discurren, finalmente, su intolerancia hacia lo que desconocen.