Columnistas

Otra vez la tortura
Autor: Jorge Arango Mejía
21 de Diciembre de 2014


Cuando se publicaron las condiciones inhumanas en que se mantenía a los prisioneros en las cárceles de Irak manejadas por el ejército de los Estados Unidos, el mundo reaccionó con repugnancia, casi con incredulidad.

zipa36@yahoo.com


Cuando se publicaron las condiciones inhumanas en que se mantenía a los prisioneros en las cárceles de Irak manejadas por el ejército de los Estados Unidos, el mundo reaccionó con repugnancia, casi con incredulidad. Pasó algún tiempo y de todo ese escándalo apenas quedaron algunas pinturas del pintor Fernando Botero como constancia histórica del rechazo universal a esa infamia.


La explicación de los gobernantes del Imperio, fue sencilla: los militares que habían torturado y humillado a los iraquíes, habían obrado en contra del reglamento, sin conocimiento de sus superiores.


Ahora se ha publicado, como en voz baja, sigilosamente, una encuesta en la que se preguntó a un millar de norteamericanos su opinión sobre las torturas que la CIA aplica a personas sospechosas de planear actos terroristas o de pertenecer a organizaciones creadas con ese fin. La respuesta de la mayoría (el 56%) no puede ser más desalentadora: aprueba la tortura y la justifica en vista de sus fines. Apenas el 26% la condena. Los demás no opinan, es decir, les da lo mismo que se torture o no.


Datos como éste explican por qué fue reelegido el segundo de los Bush, a pesar de su vergonzosa incompetencia. Después del 11 de septiembre, le bastó inventarse guerras y dictar medidas contrarias a los derechos fundamentales, para posar de defensor de la democracia.


Hechos como éste no son nuevos. El pueblo alemán, uno de los más cultos del mundo, respaldó las atrocidades de los nazis. En esta columna, hace tiempo, cité una obra histórica cuyo título no deja lugar a dudas: “No sólo Hitler”. En esa obra se demuestra cómo la inmensa mayoría de los alemanes conocieron los horrores de los campos de concentración: unos los aprobaron; otros se mostraron indiferentes. Y apenas una minoría insignificante expresó su repudio y se mostró solidaria con las víctimas.


Estas revelaciones ponen de presente contradicciones inaceptables. La primera, y principal, la que se presenta entre la pretensión de los gobernantes de Estados Unidos de actuar como policía del mundo, y calificar el comportamiento de todos los demás gobiernos en materia de derechos humanos. Podría decirse que no hay contradicción porque uno es el Gobierno y otro el pueblo. Objeción que pierde fuerza con la sola consideración de que la CIA es parte del Gobierno, no es una organización ajena a aquel. Si la tortura es una práctica de esa agencia de inteligencia, eso significa el respaldo expreso o tácito del Gobierno.


Y no es ésta la única señal equívoca en lo relativo al respeto por los derechos fundamentales. La cárcel de Guantánamo, inexplicable isla de arbitrariedad en los Estados Unidos, aún existe para vergüenza de esa nación. A los que caen en esa prisión no se les aplican las leyes de los Estados Unidos ni las que han aceptado todos los pueblos civilizados, como la “Declaración de los derechos humanos”. El único argumento, al parecer, es el de que ese territorio no hace parte de los Estados Unidos, a pesar de estar hace más de un siglo en su poder, en virtud de un contrato de arrendamiento impuesto a Cuba en el momento en que conquistó su independencia de España.


Ahora ha terminado el embargo decretado en contra de Cuba, que durante más de medio siglo no produjo ningún resultado positivo. El ideal es su pleno restablecimiento, pues lo que pudo ser lógico desde la perspectiva de la seguridad de esa nación en tiempos de la Unión Soviética, hoy es un anacronismo. Pensando con el deseo, el ideal sería la desaparición del enclave de Guantánamo. La razón para la adquisición de ese pedazo de tierra, fue la de mantener unas bodegas para el carbón que servía de combustible a las naves de la flota norteamericana. Hoy esto es únicamente historia. 


Y un gesto de generosidad que nada le costaría al Imperio, sería devolver a Cuba ese territorio sin contraprestación ninguna.


Volviendo al comienzo, hay una conclusión, lamentable: hay que aceptar que el progreso no significa un cambio en las costumbres para hacer mejores a los hombres. Prueba de ello es el hecho de que los norteamericanos de hoy no vacilen en aplicar la tortura, como no vacilaron sus antepasados al quemar a las brujas de Salem.