Editorial

Nuevas formas de “imperiar”
21 de Diciembre de 2014


Es una opción pragmática, la mejor posible después de reconocer y admitir el fracaso de una política solitaria que en más de medio siglo no ofreció garantías al pueblo cubano.

En la rueda de prensa de fin de año ofrecida el pasado viernes por el presidente Barack Obama, la normalización de relaciones diplomáticas con Cuba y el anuncio de que buscará el fin del embargo económico capturaron el interés de los periodistas acreditados ante la Casa Blanca. Dada la atracción por este gran cambio, el encuentro con los medios permitió enriquecer la discusión sobre el enfoque, el propósito y las perspectivas de esta decisión que cambia 54 años de historia del mundo, y muy especialmente la americana.


Intrigados, y algunos también instigados, los periodistas buscaron claridades sobre los alcances del gesto hacia el desprestigiado Gobierno cubano, valiéndose para ello de indagar sobre las posibilidades de un encuentro de presidentes en Estados Unidos o Cuba. Con la respuesta de que “no nos encontramos en un estado en el que una visita mía a La Habana o del presidente Castro a Washington esté entre las consideraciones”, Obama contribuye a aclarar que tales decisiones no convierten a tradicionales contradictores por razones filosóficas indeclinables, como la libertad de los pueblos o la calidad de la democracia, en “nuevos mejores amigos” o siquiera en amigos. Esta, lo dijo el miércoles al anunciar las medidas y lo reiteró el viernes, es una opción pragmática, la mejor posible para tiempos en que el comunismo cubano ha mermado la amenaza a los demás países americanos, uno de los factores que hicieron obligatorias sanciones para disuadir la fiereza de la tiranía castrista. Hoy, que no en tiempos previos, es posible considerar, como lo hizo el presidente Obama, el aislamiento a Cuba como fracaso.


Aunque el Gobierno estadounidense se ha preocupado especialmente por ofrecer tranquilidad a los republicanos, cubano-americanos que tuvieron que abandonar su patria en medio de una honda persecución, y otros actores de opinión, como el editorialista del diario The Washington Post, el debate legislativo pendiente será tensionado por los más radicales a la izquierda, que aprovecharán para denigrar de una política adoptada por el equilibrio y la paz del continente americano, y a la derecha, que lo usarán para combatir las aspiraciones de los demócratas a mantenerse en el poder. La mediación corresponderá a los moderados de ambos partidos, llamados a explicar a la opinión parlamentaria, y la ciudadanía, que las medidas de alivio económico y de apertura a las nuevas tecnologías de información y comunicación para el pueblo cubano pueden aliviar parcialmente al régimen pero estarán dirigidas, especialmente, a alivianar las pesadas cargas impuestas por su propio Gobierno y medianamente por el embargo, a los cubanos del común.


Sin dejar perder la oportunidad de alguna mención al paso sobre los errores del Gobierno de Venezuela, el mandatario estadounidense se ha cuidado de referirse a uno de los más deseables, y posiblemente el más próximo, resultado de este paso: el de la eliminación por inanición, de la excusa del “imperialismo yanqui” como amparo para la mediocridad de dictadores de viejo cuño, como los hermanos Castro, o de nueva ola, como el venezolano Maduro. Terminado el enemigo común interno, para Cuba, y externo, para los dinosaurios latinoamericanos de Unasur, los gobiernos quedan obligados a ofrecer resultados que los hagan creíbles ante los pueblos que antes creyeron en sus excusas. Obama no “piensa con el deseo” cuando señala la posibilidad de que un resultado de este viraje sea la transición de Cuba a un país de economía de mercado y régimen democrático, cambios que no es práctico esperar en poco tiempo o de manera radical, así ya en ese país existan fuertes corrientes de opinión que los exijan, y que hoy más que nunca deben ser protegidos por los demócratas del mundo. 


Al anunciar que Cuba será excluida de los países colaboradores del terrorismo, el presidente Obama le impuso a Raúl Castro la obligación de renunciar a cualquier trato con organizaciones terroristas y de paso le señaló las prioridades de su gobierno en esta materia: combatir a Al Qaeda y a Isis, verdaderas amenazas a la paz del mundo. Hace 25 años, el presidente George Bush, padre, aceptó el llamado de sectores democráticos panameños para que los ayudara en sus batallas contra el dictador que había robado las elecciones y tenía fuertes alianzas contra el narcotráfico, aquel fue uno de los últimos actos de intervención directa de Estados Unidos en un país vecino. Con su política a Cuba, el presidente Obama sigue dando pasos en la configuración de Estados Unidos como gran moderador del diálogo mundial y líder de concertaciones en procura de la seguridad, la paz, la libertad y la democracia en todos los países, acción en el que está supliendo, ojalá en forma temporal, a los todavía débiles órganos del multilateralismo.