Columnistas

El vendaval
Autor: Sergio De La Torre
21 de Diciembre de 2014


Ya señalamos cómo, tras el desplome de la Urss, la desintegración del mundo socialista y la posterior reconversión de China, Venezuela arribó tarde al club.

Ya señalamos cómo, tras el desplome de la Urss, la desintegración del mundo socialista y la posterior reconversión de China, Venezuela arribó tarde al club. Los dos socios supérstites de la desbandada la recibieron alborozados, pues llegaba con las alforjas llenas. Para Cuba en particular, fue como un hada madrina que se asomaba en momentos en que nada parecía evitar que la isla, huérfana de todo apoyo, siguiera los pasos de sus pares, que diez años antes, rotas las amarras con Moscú, habían regresado al capitalismo, reabriendo sus vínculos con Occidente.


Pues bien, mientras tales naciones, jubilosas, se sacudían ese yugo, que ofendía su idiosincrasia contrariando su destino y cerrándoles el acceso a las ventajas de la modernidad, Chávez, con más candidez que perspicacia, abrazaba una causa sin futuro, con solo pasado para evocar. En alas del mesianismo que mueve a ciertos y determinados personajes, más dados al espectáculo que a la mesura que en toda circunstancia debe mostrar el gobernante, cualquiera sea su origen, aquel narcisista, que imitaba a Bolívar (sin arriesgar el cuero, ni el puesto, desde luego), desbocado, sin más freno que su veleidosa voluntad, con la fiebre del neófito lanzó a su país a la aventura de un socialismo improvisado, sin la cautela que en su momento y para evitar yerros que pudieran abortar sus planes, desplegaron Lenin y Mao, y después sus respectivos catecúmenos según el país europeo o asiático donde actuaran.


Cuba, ansiosa por amarrar a Venezuela a su suerte, le alentó su loca carrera hacia el abismo. Las expropiaciones ciegas, motivadas por el odio o el afán de castigar y amedrentar a los empresarios ya establecidos, sin reparar en los efectos que ello traía, se sucedieron en cascada. El asistencialismo, traducido en víveres y servicios casi gratuitos, se prodigó a manos llenas en los extramuros y barriadas, donde sus habitantes terminaron por habituarse a él, en un clima de alegre vagancia y agradecida disciplina política. Un tal asistencialismo difícilmente puede  despertar en sus beneficiarios la vocación por el trabajo ( que mal o bien tenían sus abuelos, en un país de suyo poco dado a esforzarse), vinculándolos a proyectos productivos que generen prosperidad y desarrollo.


Los subsidios que llueven en Venezuela no son nuevos. Nunca faltaron desde cuando de sus entrañas brotó el petróleo, hace una centuria. Tiempo suficiente, duele constatarlo, para que los humildes perdieran el hábito de laborar, abandonando los cultivos con que antes abastecían al país. Tales subsidios, ya incorporados al modus vivendi de nuestros vecinos, se dispararon con el coronel. Ahí reside la debilidad de su pretendida revolución, la fragilidad del respaldo social de que se precia. Porque es un respaldo pagado. En tales condiciones, el chavismo carga un contrasentido: es una revolución no tan espontánea como parece, sino más bien remunerada, desde las arcas oficiales. No para cambiar el viejo orden sino para acabar de desarreglarlo. Peor aún: para ejecutar una vasta venganza, sustituyendo la vieja casta política, decadente y venal, por una nueva: la gran burocracia militar y civil, no menos sino bastante más corrupta que la precedente, por cuenta del narcotráfico.


La fobia antimperialista del chavismo es solo declarativa. Si fuera genuina ya habrían parado el suministro de crudo a Estados Unidos, así fuera solo por aparentar congruencia, o dignidad, en el artificioso duelo entablado contra ellos. Nadie entiende que un país que se dice víctima de otro, lo provea de combustible. Ocurre, sin embargo, que fuera de los gringos nadie muestra interés en comprar un petróleo de inferior calidad como el venezolano. Ellos lo hacen por rutina, por comodidad, o para no exacerbar un conflicto verbal que no se traduce en hechos serios, y menos llega a la ruptura total. El día en que dejen de comprárselo veremos a Maduro en el suelo, derribado por sus propios conmilitones, los mismos que ahora lo alebrestan. Con todo y ser el suyo un discurso soso y desfasado, el presidente (que confunde a Venezuela con el sindicato de camioneros donde se entrenó) no tiene ni puede tener otro discurso para reemplazarlo. La diatriba antiyanqui sigue siendo el eje de su populismo ramplón y de su estridente gesta patriotera, que no patriótica.


Escrito esto, me acabo de enterar de la intempestiva defección de Cuba que, previendo la llegada de las vacas flacas (producto de la quiebra económica de su protector) quiere reconciliarse con los yanquis, mientras Maduro más se aleja de ellos. En la política abundan las sorpresas, pero pocas tan crueles como esta, sobre todo por el momento en que se da. Le va llegando la hora a la burda camarilla que manda en Caracas, pues, por efecto de la insolvencia y la ruina económicas, sus protegidos de siempre, muy precavidos, optan por abandonarla. Esto será capítulo de la próxima fecha.