Columnistas

¡Fue a mansalva!
Autor: Álvaro González Uribe
20 de Diciembre de 2014


Fue a mansalva. Los de mi generación sánduche o bisagra estábamos tranquilos frente a nuestras máquinas de escribir y hablando por esos teléfonos que hoy llaman fijos y que antes eran solo eso: “teléfonos”.

@alvarogonzalezu


Fue a mansalva. Los de mi generación sánduche o bisagra estábamos tranquilos frente a nuestras máquinas de escribir y hablando por esos teléfonos que hoy llaman fijos y que antes eran solo eso: “teléfonos”. Pero había un montón de gente en ese momento, dicen que metidos en garajes, inventando una serie de engendros que poco a poco se ha convertido en una farragosa tribu de monstruos y monstricos que nos invadieron y que nos dejaron afuera.


Fue a mansalva, nadie nos avisó. Se nos vinieron por la espalda mientras algunos apenas chuzografiábamos en máquinas de escribir limitándonos a mirar las teclas, apuntarles fijamente con los dedos índices y darles duro -los más avezados miraban solo la hoja en el rodillo- para que las letras quedaran impresas en el papel, y ya.


Pero no. Fue una violación a los derechos humanos, a nuestro derecho a vivir tranquilos con lo que había, porque entonces llegaron ellos: los computadores personales o PC, y los portátiles, y ahí paramos un ratico; pero siguieron llegando más, pues por otro lado a duras penas pasamos de los teléfonos de mesa a otros que despuntaban: los teléfonos inalámbricos.


Y la pesadilla apenas empezaba, llegaron los teléfonos celulares: panelas y flechas; y el terror fue cuando fruto de una conspiración tecnológica se juntaron en dañado y punible ayuntamiento los computadores con los teléfonos celulares. Espantoso: se aparearon ambos engendros y procrearon unos hijos que ni sus nombres se distinguen ni menos los aparatos que representan: que los “aypads”, “aypods”, “aypons”, ¡”ayjuemadre”!


La cosa no paró ahí y, lo peor: no va a parar. Los hijos jóvenes, los niños y los sobrinos empezaron a saber mucho más que nosotros, a dominar el mundo con un dedito porque ellos son dizque los nativos digitales o la generación del pulgar. Y vaya pídanles que nos enseñen: sacan -a veces- un minuto de su oficina android y mirándolo a uno en una mezcla de compasión y rabiecita le explican con una impaciencia total, ¿explican?, nada: como unos androides toman con la mano el aparatito diabólico ese y con dos dedos mueven a velocidad extrema dos o tres cosas y ya, salen de uno y se lo entregan. Y claro, uno viendo un chispero pero el tal aparatico arreglado.


Y uno ahí va. Angustiado detrás de los niños y jóvenes para que le den un rinconcito en el mundo moderno, para no pasar penas y para cumplir con los requisitos de llenar ciertos formularios, de “subirlos” como si estuvieran más abajo no sabe uno de qué.


Y lo económico ni se diga. Cada día sale un aparato nuevo, una tecnología nueva en una carrera loca empujada por un consumismo extremo entre arribista y enfermizo o adictivo. Un modelo, y al mes otro con un gallo más, o de tal forma o con cierto peso menor. Locura total frente a las tiendas en los espectacularmente anunciados días y horas D para su primera venta: se arman larguísimas colas, y cuando el último de la cola llega al almacén ya hay otro modelo nuevo.


(Alguien presenció hace poco y me contó una historia entre hermosa y diciente de esa vertiginosidad. Mientras una eminencia de médico de un hospital de Brasil mostraba a sus colegas colombianos los adelantos del establecimiento, su nieto dele con que abuelo muéstreme de nuevo el avanzado computador que usted tiene abuelo, y el abuelo al final fue con nieto y visitantes a su oficina y le mostró al nieto su computador: lo último en guarachas, el único PC que imprime inmediatamente al tiempo que uno teclea. Era una máquina de escribir...).


Por favor paren un mes, 15 días, necesitamos respirar y además aprender y, en especial, conseguir dinero para no quedarnos atrás, para que no nos deje el tren, qué digo, el monorriel computarizado, el dron...


Es una angustia tecnológica, un ataque de pánico permanente, somos el insecto kafkiano. ¡Qué el mundo digital! ¡Dios mío!, ya no es la mano de Dios sino el dedo pulgar de Dios; ¿y habrá un dios digital?, porque ciberdiablo sí existe, y hay unos celulares que más bien son una tabla ouija.