Columnistas

Vida oculta de Castro
Autor: José Alvear Sanin
17 de Diciembre de 2014


Es bien explicable el interés que sentimos los simples mortales por conocer los secretos de grandes monstruos, responsables del destino de millones de seres humildes. Napoleón, Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini, Pol Pot, Mao, Kim Il Sung, entre otros, que no por ser malísimos dejan de ser genios políticos.

Es bien explicable el interés que sentimos los simples mortales por conocer los secretos de grandes monstruos, responsables del destino de millones de seres humildes. Napoleón, Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini, Pol Pot, Mao, Kim Il Sung, entre otros, que no por ser malísimos dejan de ser genios políticos.


En esa lamentable galería no puede faltar Fidel Castro, quien desde hace 55 años aplasta, envilece y empobrece al pobre pueblo cubano, para no hablar de los incontables males que ha traído a toda América Latina y a parte del África, armando y exportando guerrillas, entrenando a sus jefes, adiestrando terroristas y capacitando combatientes. 


Menos que nadie soy yo para desconocer la inmensa inteligencia, la astucia, la persistencia y habilidad del cubano. Incluso podría admirar su dedicación a su ideal revolucionario, a pesar de los funestos resultados que arroja siempre con un balance de miseria y muerte. Increíble también su capacidad para conservar el poder, y su suerte, porque cuando se le acaba la Urss, a la que había entregado su isla, le aparece el mentecato de Chávez para sostenerlo a costa de arruinar a Venezuela. Su ideología es, pues, intoxicante y alienante. 


Pero así como todas las revoluciones han sido funestas, sus máximos líderes acaban desarrollando, al lado de la megalomanía más extravagante, una paranoia delirante, como podemos comprobar con el interesantísimo libro “La vida oculta de Fidel Castro” (Bogotá: Planeta; 2014), de Juan Reinaldo Sánchez, quien fue uno de sus principales guardaespaldas por espacio de 26 años, quien ha contado con la colaboración de Axel Gyldén, ágil escritor.


A Castro no lo debemos considerar solo como un grande y perverso personaje histórico, porque sigue vivo y es el jefe indiscutible de las guerrillas colombianas. Sería trágico que Fidel, cadáver recalcitrante (como diría Baudelaire), ganase su última batalla encadenando a Colombia. Es posible que esa obsesión que tiene con nuestro país desde 1948, cuando participó en el 9 de abril, explique en parte su asombrosa supervivencia.  


No quiero comentar ni su insuperable esquema de seguridad, ni su más que fastuosa manera de vivir, ni la abundancia y calidad de sus casas, fincas de recreo y yates, ni sus aventuras centroamericanas y africanas, bien narradas en este libro, para referirme a cuatro aspectos que nos interesan como colombianos. 


Es bien conocida la capacidad de los servicios cubanos de espionaje y su frecuente recurso al chantaje. Formados por la KGB y la Stasi, los espías de Castro graban y filman a los incautos (?) negociadores colombianos en La Habana que conversan allá con la guerrilla castrista de las Farc ¿Cómo se pudo escoger esa madriguera para discutir el futuro de Colombia?


En la pág. 180 comenta el autor: “Sin olvidar los medios universitarios, donde se reclutan simpatizantes castristas susceptibles de convertirse años después en topos infiltrados (…) Fidel se proyecta siempre hacia el futuro (…) Es capaz de esperar años, incluso décadas, para activar a un espía, el tiempo necesario para que este llegue a una posición jerárquica lo bastante elevada en la institución en la que desea infiltrarse”. ¿Remember Santiago?


El libro confirma la conexión entre Pablo Escobar y Castro, para minar con droga a los Estados Unidos y, de paso, recoger pingües beneficios. Cuando esta manguala fue descubierta de manera casual por Juan Reinaldo, empezó su desencanto de anterior castrista fanático. Su narración del ajusticiamiento del general Ochoa y del encarcelamiento de Abrantes, por parte de Fidel, quien había dirigido la operación, es tan aterradora como indiscutible. 


(Al margen anoto que por un azar de la vida tuve conocimiento de primera mano, en 1984, de los frecuentes vuelos del avión de Escobar a La Habana, cargado de cocaína y de inocentes deportistas vinculados a su “movimiento político”). 


No me extrañaría, entonces, que la narcoguerrilla colombiana se beneficie del aparato cubano, que siempre niega lo que hace…


Aunque el libro trata de la impúdica, permanente, cómplice y bien remunerada amistad de García Márquez con Castro, hay que agradecer que el escritor no hubiera querido hacerle caso al dictador cuando este le propuso apoyarlo si se lanzaba para la Presidencia de Colombia. El Nobel hubiera podido ganarla y nos habríamos sumido 20 años antes en lo mismo que estamos padeciendo. 


La obra finaliza con una gran pregunta: ¿Por qué las revoluciones siempre acaban mal? ¿Por qué sus héroes se transforman en tiranos todavía peores que los dictadores a los que han combatido?