Editorial

La hora de los exportadores
13 de Diciembre de 2014


“Hemos llegado a una revaluación absurda, que no ha hecho sino distorsionar y causar daños a la economía”, EL MUNDO, 30 de agosto de 2005

Para las operaciones de divisas del viernes, la tasa de cambio representativa del mercado (TRM) llegó a $2.423,56, valor que no se registraba desde el año 2006 y que es resultado de la progresiva devaluación del peso, ya al 23,6 %, que no obstante su importancia es lenta frente a la del real brasilero, el peso chileno o el rublo ruso. Esta alza progresiva del dólar, que en Colombia se viene sintiendo desde el pasado septiembre expresa el regreso del péndulo monetario a favor de los exportadores y los productores en competencia con la industria internacional y en contra de los importadores de materias primas y bienes de consumo y de los sectores que adquirieron créditos baratos en la banca internacional.


La rápida revaluación de la moneda estadounidense responde a la recuperación económica de ese país y la decisión de la Reserva Federal de aumentar las tasas de interés, que en los últimos años han sido iguales a cero, medida que devuelve atractivo a la inversión rentista en Estados Unidos, reduciendo la presión de los capitales golondrina sobre la economía colombiana. Otro factor importante es la caída  de los precios del petróleo, que suma estabilidad a la economía estadounidense. A estos factores globales se suma la noticia de la caída de 4 % de la inversión extranjera en Colombia, anuncio inquietante que amerita análisis a espacio y que muchos atribuyen al inseguro panorama jurídico que se anuncia ante la necesidad de financiar un postconflicto en las condiciones que se está pactando en La Habana. Con esta combinación, se prevé la duración de la tendencia saludable para la moneda nacional y hasta se teme alguna exageración cuando el dólar se aproxime a $3.000, precio que analistas consideran necesario analizar, sobre todo para entender el riesgo que traería para la inversión.


Durante los últimos diez años, los exportadores colombianos dependieron de la dictadura de los compradores para defender sus unidades productivas de las adversidades del entorno y poder mantener su contribución a la prosperidad del país, mediante la inversión en infraestructura para la producción, empleo de calidad, los ingresos tributarios y el ahorro. Muchos de esos productores no consiguieron sobrevivir a la indolente indiferencia de los ortodoxos doctrinantes en la Junta del Banco de la República. Para actividades generadoras de desarrollo integral como banano, café, flores y leche en el agro, automotores, textiles y confecciones en la industria, llegó el momento de aprovechar los acuerdos de libre comercio con países expectantes por sus bienes. Y si no que lo digan los cafeteros, gremio en naciente bonanza después de años de padecimiento.


La revaluación del peso trajo a los productores para el mercado interno la presión de importaciones a menos precio y del contrabando, que estuvo a sus anchas. Con la variación del mercado, los productores colombianos tienen ocasión de ver mejorar sus precios y aprovechar su calidad como ventaja competitiva. También, ¿por qué no?, tienen ocasión para hacer sus primeros pinos en el mercado exterior, donde tendrán mejores oportunidades y del que pueden extraer mayores ganancias. 


Como en todo movimiento del péndulo, este afecta a los sectores que desde hace una década gozaron de la galopante devaluación del dólar y apreciación del peso. Los importadores de bienes de consumo, y los compradores que ya se lamentan en público, recibirán impactos directos sobre su actividad comercial, con el riesgo de que se levanten, como anuncian, a voz en coro para clamar por intervenciones oficiales a favor de sus pretensiones. La mayor gravedad del impacto, sobre todo porque tendrá efectos fiscales, recaerá sobre la deuda en dólares, principalmente la estatal, adquirida a manos llenas con la excusa de su menor costo, por las tasas estadounidenses que se volvían negativas con la devaluación del dólar; en este contexto, la imprevisión durante los años locos de las divisas significará un crecimiento, aun no cuantificado, en el costo del servicio de la deuda y, en consecuencia, mayores angustias para el fisco y el desarrollo.


En los años de intensa revaluación, los predicadores del libre mercado se solazaron en las oportunidades de mayor consumo lujoso y endeudamiento barato y, por tanto, levantaron fuertes barreras contra el clamor de exportadores e industriales para que se intensificaran los mecanismos de contención a la acelerada pérdida de valor del dólar. Cuando el mercado, haciendo de las suyas, toma nuevos rumbos y crea ambientes para la producción y el ahorro, comienzan a escucharse reclamos por un movimiento a todas luces benéfico y llamados, aun tibios, por una intervención del banco central para revaluar el peso. Ojalá también ahora, la poderosa junta tenga oídos sordos a la clamante presión por una intervención que los sabios economistas consideran contraria a su ortodoxia.