Columnistas

Ed. privada vs pública: de nuevo el bla bla
Autor: Alejandro Garcia Gomez
13 de Diciembre de 2014


A quienes tuvimos el privilegio de asistir a la educación pública antes de mediados de la década del 70’, nos tocó observar la degradación de ésta a medida del avance del tiempo desde entonces.

A quienes tuvimos el privilegio de asistir a la educación pública antes de mediados de la década del 70’, nos tocó observar la degradación de ésta a medida del avance del tiempo desde entonces. Algunos levantamos nuestra voz ante el desconcierto, pero la mayoría la observamos con ojo indiferente “como quien oye llover”, propio del “sálvese quien pueda” y el “coma callado”, que nos viene caracterizando como sociedad. “Otra vez los maestros”, es problema de ellos, (y de “Fejode”) decían los grandes medios. Graduarse en un colegio público antes, era un honor. Tanto que había quedado instituida la fiesta del graduando (a) como un homenaje que la misma orgullosa familia se hacía así misma y la compartía con sus familiares y amigos. Egresar del Liceo de la Universidad de Nariño o del Colegio Ciudad de Pasto o del Colegio Nacional Sucre (Ipiales) o del Colegio Nacional San Luis Gonzaga (Túquerres) o del Liceo de de la Universidad de Antioquia o del Marco Fidel Suárez (Medellín) o del Camilo Torres (Bogotá), y otros que no menciono por espacio, era un honor que costaba y había que celebrar. Hasta la clase media alta y los adinerados preferían los colegios públicos, por la formación académica y personal. Gabo recordaba a algunos de sus profesores, definitivos en su formación, en los liceos donde estudió. A partir de la fecha señalada, estudiar en los colegios públicos, poco a poco, fue dejando de ser lo que era. Y no por aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”, sino por causas político-económicas. Veamos.


¿Por qué soy tan preciso en la fecha? Porque fue un gobierno liberal, de manera siniestra y sigilosa, quien comenzó el desmonte de los logros que otros gobiernos liberales, y de tendencia masona, habían conseguido para la educación pública a través de luchas políticas y militares en ese primer siglo y medio de nuestra vida republicana contra fuerzas retrógradas (mayor ampliación del tema en “Los pecados de la Iglesia en Colombia”, de Álvaro Ponce Muriel). Así de subrepticias y sibilinas han sido y son siempre las actuaciones de nuestros mandatarios cuando se trata de un daño a sabiendas. Ese gobierno inauguraba el primero después del interregno de corrupción que fue el Frente Nacional en que las masacres y la violencia salvaje legitimadas, se quedaron sin verdad ni justicia ni menos reparación. Las ciudades comenzaban, de manera acelerada, el desbordado crecimiento actual. Había que acallar ante el mundo el clamoroso descontento a gritos de esa masa humana que había sido sacada de sus campos y veredas. ¿Cómo silenciarla? Educando a los hijos de los descamisados. ¿De qué manera si no había con qué? Con la doble y triple jornada en la educación pública. ¿Cómo se iba a lograrlo? No reajustando el poder adquisitivo de los sueldos del magisterio, devaluados por causa de la depreciación anual, en 1976. Ya en el 75’ lo había hecho con el salario mínimo. ¿Por qué se lo aguantaron los maestros? Por varias causas, que darían para un ensayo más extenso. Una, muy bien manipulada fue: desde entonces los maestros podrían trabajar dobles y hasta triples jornadas, con dobles y triples sueldos. 


Cuando entre 1974 y 1976, el presidente López Michelsen pretendió bajar la inflación, no reajustando los salarios y sueldos de las clases más pauperizadas de trabajadores y empleados, comenzó a prevalecer la educación privada de los colegios de las clases altas. Paralelamente con éstos fueron apareciendo, en las esquinas de las ciudades, los colegios de garaje, también privados, que hoy pululan, pero que ni el gobierno a través de la mineducación Parodi ni los grandes medios de la prensa hablan de sus resultados. 


Otro día hablaremos más en extenso de la señora ministra de educación. A primera vista, y por los efectos mediáticos que han provocado sus actuaciones, pareciera que está administrando y gobernando más para las tribunas nacionales e internacionales, que para quienes la necesitan. Mientras, démosle tiempo.