Columnistas

Buses fúnebres
Autor: Álvaro González Uribe
13 de Diciembre de 2014


No sé cuántos van este año ni en los últimos cinco o diez años que es como se hacen y divulgan esas estadísticas. Sin embargo, estoy seguro de que no necesito investigar para afirmar que son cientos los accidentes de todo tipo que sufren niños y adolescentes en los vehículos escolares cuando se transportan desde sus hogares hacia sus sitios de estudio o actividades extracurriculares, o desde estos hacia sus hogares.

@alvarogonzalezu


No sé cuántos van este año ni en los últimos cinco o diez años que es como se hacen y divulgan esas estadísticas. Sin embargo, estoy seguro de que no necesito investigar para afirmar que son cientos los accidentes de todo tipo que sufren niños y adolescentes en los vehículos escolares cuando se transportan desde sus hogares hacia sus sitios de estudio o actividades extracurriculares, o desde estos hacia sus hogares.


Desde el accidente que sufrieron 21 niños del Colegio Agustiniano Norte en Bogotá hace casi 11 años, pasando por los 33 niños que murieron calcinados dentro de un bus hace algunos meses en Fundación, hasta los más de 20 heridos y una joven muerta que arrojó recientemente otro accidente de un bus en un paseo hacia Melgar, son noticia de cada semana este tipo de sucesos mortales en nuestras calles y carreteras.


Se repiten y se repiten. Se investiga. Se averigua por las licencias de los conductores y por las matrículas y seguros de los vehículos y estado y no sé cuántos documentos y cientos de circunstancias más. A los conductores se les hacen las pruebas de alcoholemia y de fatiga y capacidades y se averigua su edad y estado y cientos de circunstancias más y también a las empresas transportadoras.


Es que entre vehículos de todo tipo y conductores de cualquier tipo de vehículo no creo que exista otro tipo de oficio y de artefactos que requieran más permisos, requisitos, licencias, filas, fotocopias, fotos, firmas, ventanillas y exámenes…


…y nada. No sirven de nada. Como también hay cientos de leyes y normas de todo tipo que han intentado proteger la integridad física de conductores, pasajeros y peatones en general. Pero en el caso de niños y jóvenes es más doloroso el daño y la impotencia y el desconsuelo.


Uno manda a sus hijos para el colegio o la escuela o la universidad o para un paseo o una excursión y uno confía. Confía en el estado del vehículo y en el conductor porque “es que es muy seguro” le dicen los profesores o directivas de los establecimientos educativos.


Y a uno como padre toca creerles porque qué más. ¿Uno entonces les pide la licencia, el Soat, el certificado de revisión tecnomecánica? Pues, sí, debería uno hacerlo…, pero si lo hiciéramos tampoco serviría de nada en muchos casos, estoy seguro. Casi siempre todo eso está en regla sea porque es cierto sea porque son falsificados sea porque hubo “algo raro” en su expedición.


¿Entonces los llevamos nosotros mismos si es que tenemos en qué porque no podemos confiar en nadie?, ¿porque es que además cómo confía uno en un tercero -muchas veces desconocido- la vida de sus hijos? ¿Y cuando uno ni se entere en qué y con quién se montan qué? Pues entonces será dejarlos en la casa, y no. No puede ser semejante impotencia.


Entonces uno piensa que alguna pieza está faltando en ese servicio, en esos controles y en la responsabilidad de uno como padre. Uno piensa que alguien, quizá todos, no estamos haciendo lo debido, porque no puede ser que en cualquier momento nos llegan a cualquier padre en Colombia con la noticia de que su hijo se accidentó camino al colegio, la universidad o la excursión.


Yo sé que como todo en Colombia el transporte escolar está regulado en esa especie como de lavatorio de manos que son las normas y reglamentaciones, como también está reglamentado todo el transporte en general, reglamentados hasta el último inciso, el último requisito y la primera y única gota de alcohol. Pero nada. Accidentes en todas las calles y carreteras casi todos los días, y heridos y muertos casi todos los días.


Insisto en que alguna pieza está faltando en ese bus, pese a que se trata de una actividad compleja porque tienen que ver decenas de variables: vehículos, conductores, cupos, vías, señales, clima, controles, en fin. Pero aún así alguna o algunas piezas están faltando para que esos viajes a la escuela, al colegio o al sitio de paseo no se conviertan al otro día en cortejos fúnebres con ataúdes blancos. Queremos de vuelta a nuestros hijos vivos, no que nos devuelvan “angelitos”.