Columnistas

La Navidad Cristiana y nuestros puntos de reflexi髇
11 de Diciembre de 2014


Alegr韆:
La Historia de la Salvaci髇 empieza en el Pesebre. Sentirnos redimidos por el Dios-Ni駉 es la mayor alegr韆, la que debe ser permanente y vivida con entusiasmo. La misi髇 de nuestra vida es dar alegr韆 mediante el amor y el servicio.


Lucila Gonzalez de Chaves


Lugore55@gmail.com


Alegría:


La Historia de la Salvación empieza en el Pesebre. Sentirnos redimidos por el Dios-Niño es la mayor alegría, la que debe ser permanente y vivida con entusiasmo. La misión de nuestra vida es dar alegría mediante el amor y el servicio.


 Humildad:


¿Somos capaces de poner nuestros afanes, conocimientos y sentimientos al nivel de las necesidades de los otros?, ¿podemos descender de ese pedestal de desbordada autoestima? El ejemplo lo tenemos en el Dios, que por ser nuestro Padre, “se hizo carne” para redimirnos. La hermosa Familia del Pesebre nos da cuenta de la humildad.


Sumisión:


Detengámonos un momento a pensar en que en estos días navideños, a  quien veneramos no es al Hombre-Dios del Calvario, sino al Dios-Niño que llega hasta nosotros cargado de amor. Al humanizarse, veámoslo en su perfecta sumisión a sus padres. ¿Podríamos luchar porque en los hogares cristianos, los padres vuelvan a tener gran ascendencia espiritual en sus hijos, y estos entiendan que acatarlos y respetarlos es el  principio del largo camino para hacerse personas de valía? 


Paz:


¿Hemos perdido la capacidad de escuchar aún, la proclamación de los ángeles en el pesebre: “Paz a los hombres de buena voluntad”?  Necesitamos tener esa Buena Voluntad (voluntad de amor y respeto y honestidad) para recibir el mensaje que el Dios-Niño, desde esa oscura noche de diciembre, viene a traernos: mensaje de paz, amor y esperanza. Un mensaje-mandamiento que debemos cumplir en todos los espacios: familiar, estudiantil, profesional, político, etc., y ¡desde luego!, en el espacio de quienes gobiernan para que nuestra patria no se les corrompa y diluya entre las manos.


Silencio:


Hablar sin sentido y sin razón, sin provecho y comedimiento, resta validez a nuestra vida y credibilidad a nuestros actos y palabras.  ¿El ejemplo a seguir?  Volvamos los ojos al pesebre: María y José, sin perder de vista que es su hijo, guardan un devoto y amoroso silencio ante el más grande de los misterios: Dios uniéndose a los hombres. Ese SILENCIO,  que se inicia en la Encarnación, acompaña toda nuestra  Historia de Salvación, hasta el Calvario.


Desprendimiento:


La celebración de la Navidad se ha convertido en una inútil acumulación de cosas, diversiones, regalos, comidas, paseos, ruidos… El ser humano  gasta su vida en una efímera complacencia y ya no sabe ver, escuchar y convivir. Estamos de posesiones-basura. Miremos qué posee la hermosa Familia del Pesebre: Nada que le reste su devoción, su amor y su entrega al Dios-Niño. ¿Podríamos practicar un poco el desprendimiento?, ¿somos capaces de mirar qué necesita el otro en lugar de, qué ambicionamos nosotros?


Perdón:


Desde la oscura noche de la historia, muchas injusticias y atropellos se han cometido en nombre del amor por los demás, y de la cultura, y del buen gobierno. Al iniciar en un pesebre su camino de Redención,  Jesús da comienzo, también, a su sublime enseñanza del perdón; es la piedra angular del Reino de Dios en este mundo. ¿Podremos tener la suficiente claridad para encontrar en nuestro corazón a aquellas personas a quienes debemos perdonar, y la suficiente valentía para pedirles perdón a muchas otras?


Prudencia:


Un modelo perfecto de prudencia lo tenemos en José y María en toda su vida, pero especialmente en el pesebre: reciben con sencillez, sobriedad y sin palabras inútiles, las alabanzas de los ángeles a su Niño, la elemental alegría de los pastores, la dignidad y poderío de los reyes. ¡Cuántos desencuentros dolorosos, y cuántos perversos errores que están derrumbando el país, se  evitarían, practicando la prudencia!


Amor:


El Dios-Padre  infundió el amor en el corazón del hombre, y supo que sin ese amor, el ser humano no podría ser redimido. Esta es la razón de la presencia del Dios-Niño en el pesebre: el amor del Padre manifestado al hombre en el desnudo cuerpo de un Niño indefenso, que empieza allí  su larga evangelización de nuestros corazones. Solo el amor  nos salva. La vida de Jesús fue amor, y así nos lo dijo en el eterno y divino mandamiento: “Amaos los unos a los otros”.