Columnistas

El rastro del Rastrillo
Autor: Mariluz Uribe
8 de Diciembre de 2014


Durante muchos años asistí al Rastrillo venta anual de los anticuarios, detrás de la capillita de la Avenida de Chile, invitada por Cecilia Santamaría.

Durante muchos años asistí al Rastrillo venta anual de los anticuarios, detrás de la capillita de la Avenida de Chile,  invitada  por Cecilia Santamaría. Hasta di show de tango en un pequeño escenario con mis profesores Armando y Carlos.  Se recorrían todas las habitaciones del piso de arriba, una para cada anticuario y se veían cosas bellas, realmente antiguas, que nos hacían recordar a las madres, abuelas y tías, con sus casas de verdad, alfombradas, encortinadas, con baños con tina; WC y lavamanos sin automatismos,  baños amplios,  donde hasta los gorditos cabían, y no sólo allí sino hasta en los armarios, en las emergencias. 


En el piso de abajo de aquel Rastrillo había un mostrador gigante, con comistrajes clásicos y originales. Muchas mesitas redondas donde uno se podía acomodar con trago y todo, con parejo y todo. 


Este año me llegó una invitación al mismo célebre Rastrillo, pero esta vez en el Museo del Chicó. Lo primero fue recordar a la célebre Tía de todo Bogotá, Mercedes Sierra de Pérez, que dejó su herencia para deleite y provecho de todos. En Medellín su hacienda Santafé convertida en Zoológico, y en Bogotá la de Hato Grande para “descanso” de los presidentes.  También el Seminario Mayor donde van a graduarse los jóvenes que dicen tener vocación y que saben hacer lo que allí toca, comer poco, hablar latín o no hablar, caminar en grupo y en reversa y sacar cada noche una palada de tierra para su futura tumba. No son cuentos, conocí seminaristas, inclusive uno que tiene diarios de sus once años encerrado allí  con sotana y todo.


Ah y claro Tía Memé también dejó para diversión del público bogotano el Parque y su Casa del Chicó con capilla y lugares amoblados que fueron su sala, su comedor, su dormitorio donde vivió con su marido Enrique, paralizado, a quién ella ayudaba con la silla de ruedas.


Pues ese día del Rastrillo ella se revolcó en su tumba, que creo está en Medellín con la de sus padres, pues murió allá en el Hospital de San Ignacio. 


Todo esto para contarles que fui a ese nuevo Rastrillo con una amiga inteligente y agradable, y cuando íbamos a entrar por la puerta principal nos dijeron que entráramos por la de atrás. Me acordé de la vez que a mi hermano músico le dijeron: “Ah, viene con guitarra, entonces suba por la escalera de servicio”.


Bueno entramos por allá y nos encontramos con que el jardín de la parte de atrás de la casa del Chicó estaba tapizado,  a veces surgía un escalón inesperado, una rampa, y ¡déle! Abrí mis maquillados ojos para buscar a MIS anticuarios amigos y nada, sentí estar entrando a lo que llamamos un Bazaar, había mostradores en filas interminables con todos los objetos imaginables. Yo buscaba una silla para depositar mis huesos, pero nada, me senté en el suelo. Mi amiga recorrió lugares, creo eran ya dentro de un patio de la casa, pero con el mismo tapizado. Parecía haber unos bares también sin asientos, y “full” de gente. A poco comenzó una música detonante por unos parlantes despelucados que lanzaban sus mechas hasta cubrir todo el terreno. Mis orejas que ya lo han oído todo, no soportaron y a eso una chica se puso a hablar.  Me dio miedo de que me estallara la cabeza y le dije a Martha: “Nos vamos m´hija, por suerte el conductor nos espera en su moto y nos vamos a mi casa, te ofrezco paté de aves del Castillo del Mono Osorio, champaña de esa Espumante,  y un puré de castañas importado de París en el bolsillo”.  Tan querida fue saliendo conmigo y me acompañó, chismoseamos y oímos música de tangos feroces hasta que pasó el rato que hubiéramos pasado rastrillándonos.


Llamando por un celular conseguimos un taxi que por suerte la llevó entera a su cercana residencia. 


• Psicóloga PUJ y Filóloga U de A