Columnistas

El lenguaje como arma
Autor: Jorge Mejía Martinez
26 de Noviembre de 2014


Para desconsuelo de muchos, la aventura, temeridad o imprudencia del general Rubén Alzate le brindó una bocanada de oxígeno a los diálogos de La Habana que se habían tornado sosos.

Para desconsuelo de muchos, la aventura, temeridad o imprudencia del general Rubén Alzate le brindó una bocanada de oxígeno a los diálogos de La Habana que se habían tornado sosos. La reacción de las dos partes, Gobierno y Farc, fue moderada y proactiva. Reflejo de la madurez que ha adquirido el proceso. Santos se sintonizó con la opinión pública que reclamó autoridad del gobernante sin quemar las velas del barco, y la guerrilla interpretó que era el momento de mostrar su compromiso con el ejercicio negociador. Catatumbo tomó el micrófono para hacerle frente al desconcierto inicial por algunos términos altisonantes del comunicado del bloque responsable de la suerte del General. La vocación de paz de los colombianos recibió un segundo empujón después de los resultados de la elección presidencial.


La coyuntura fue una prueba de fuego a los fundamentos de la negociación del conflicto armado. La dualidad de negociar bajo las balas y sostener la mesa sin levantarse suceda lo que suceda, tuvo paradojas: mientras Santos demostró que no estaba aprisionado por el afán de llegar al acuerdo final, como pregonan sus enemigos, las Farc no aprovecharon la ocasión para chantajear convirtiendo al general en un trofeo y no pasaron de reclamar la trastabillada oficial al suspender las conversaciones por una contingencia ocurrida fuera de la mesa. 


Pero la ocasión puso de presente la principal debilidad del intento pacificador: la manipulación del lenguaje como un recurso para desgastar el proceso. Lo ocurrido con el comandante militar en el atrio del caserío Las Mercedes fue ¿un secuestro o una retención? Para la Real Academia Española ambos conceptos son sinónimos; la acción se realiza en contra de la voluntad de la víctima. Pero en Colombia la palabra secuestro tiene una carga emotiva especial porque, en general, el propósito del perpetrador es convertir a la víctima en una mercancía que se puede negociar. El concepto de retener es más suave: es perder la libertad. Parece que la gravedad estriba en cobrar. Para explicar mejor lo que quiero decir con la fuerte dosis de emotividad signada a las palabras en cuestión, recuerdo algo que me ocurrió como secretario de Gobierno de Antioquia en 2004 con un Coronel del Ejército Nacional, preocupado por la reacción en el Palacio de Nariño con la noticia de que la guerrilla se había llevado hacia las montañas en plena navidad a cerca de 20 personas en el municipio de El Retiro. El oficial me pidió que hablara ante los medios de retención y no de secuestro ¡para no afectar las estadísticas de este delito!


Igual ocurre con la suerte de las armas de la guerrilla cuando se adopten los acuerdos. Se ha hecho una tormenta alrededor de si se trata de una dejación o de una entrega. Ello es más importante que el acto mismo de los acuerdos, o el desmonte o la desmovilización definitiva de las Farc. Se olvida que el objetivo de la negociación, como de cualquier negociación de un conflicto de este tipo, es que la política se haga sin armas, sin la combinación perversa de todas las formas de lucha. 


La semana anterior fuimos sorprendidos por el expresidente Uribe y el fiscal Montealegre con la propuesta de destinar un lugar especial en el país para concentrar a la guerrilla si llega a declarar un cese unilateral de hostilidades, mientras continúan las negociaciones en Cuba. ¿Habrá alguna diferencia sustancial entre esa iniciativa y la de regresar a la zona de despeje?