Columnistas

Ricos y pobres en la ciudad
Autor: Dario Ruiz Gómez
24 de Noviembre de 2014


De Olof Palmer el ministro sueco asesinado en Estocolmo por sus ideas democráticas es célebre la anécdota sobre su encuentro con un dirigente de la extrema izquierda que lo increpó diciéndole que el objetivo de su grupo era hacer desaparecer a los ricos de Suecia

De Olof Palmer el ministro sueco asesinado en Estocolmo por sus ideas democráticas es célebre la anécdota sobre su encuentro con un dirigente de la extrema izquierda que lo increpó diciéndole que el objetivo de su grupo era hacer desaparecer a los ricos de Suecia. La respuesta de Palmer fue categórica cuando le replicó que en cambio el objetivo de su gobierno era que desaparecieran los pobres. El rencor y el odio hacia los ricos no pueden confundirse nunca con una crítica objetiva a la opulencia, al derroche, al lujo superfluo ni la defensa humana del pobre puede confundirse con la conmiseración o su manipulación política  tal como lo ha hecho durante décadas la demagogia populista desconociendo los valores de resistencia, de esperanza que reposan en quienes a pesar de estoicamente subsistir han sabido crear respuestas de resistencia como la solidaridad y la compasión hacia el prójimo. El pobre sigue siendo una reserva espiritual pero ¿dónde están hoy los pobres que aún hace veinte años fueron capaces de crear lo que se definió en la música y el baile como la cultura popular? ¿Existe aún el barrio popular? Cantinflas, TinTán, nacieron en esta cultura y Buenos Aires creó desde el barrio popular una música, una sentimentalidad que todavía adquiere vigencia a través del fútbol.


Los escritores del barrio de la Boca se opusieron a los escritores de la aristocracia de Recoletos y Avellaneda. El urbanismo moderno europeo planteó  la necesidad de repensar la ciudad a través de espacios de integración e intercambio social, oponiéndose a la segregación de los guetos pero preservando las diferencias culturales que enriquecen la cultura de las ciudades. La violencia neoliberal de las últimas décadas con su delirante especulación inmobiliaria no sólo atentó contra el tejido social sino que lo disgregó fatalmente la malla urbana, impulsó la fatal pérdida de significación de los espacios cívicos y convirtió el transporte en un medio de alienación y no de intercambio necesario del flujo urbano. Con esto se negó el derecho a recorrer sin murallas y obstáculos los territorios de la ciudad. La delincuencia organizada se encargó de crear un tipo de gueto más radical que el de la ciudad clasista, porque, además, el nefasto paternalismo de Estado a través del subsidio llevó a que las clases populares se convirtieran en clases parásitas que pierden su capacidad creativa, sus valores espirituales y a que la cultura popular desapareciera. ¿Cuál es el concepto de vivienda que se proyecta para los nuevos desplazados?


Hace quince años aparecieron en el sector de El Poblado, supuestas viviendas de interés social que gentes modestas intentaron adquirir descubriendo que el coste agregado de los garajes, de los acabados, cuadruplicaba el precio y les hacía imposible el sueño de residir en “un sector exclusivo”. La demagogia de Petro de construir vivienda para desplazados en el Norte de Bogotá mientras su cuñado intenta secar un humedal para construir viviendas comerciales, es pues, pura demagogia. ¿Han sido integrados a la vida urbana el millón de desplazados que terminaron en Ciudad Bolívar por desfallecer cercados por la miseria y el abandono sin planes de renovación, de vías de integración, cayendo prisioneros de las organizaciones criminales? ¿No es la tarea de un nuevo urbanismo integrar esos desplazados a grupos sociales ya establecidos y donde en espacios renovados, recuperarán la confianza, la solidaridad consolidando lo fundamental o sea la noción  de vecinos, la tarea de convertirse en ciudadanos? Una vez más al verdadero actor no se le tiene en cuenta, olvidando sus propios valores que deben ser conservados en la transición hacia una vida nueva.