Columnistas

Entre la masacre de Ayotzinapa y falsos positivos
Autor: Alejandro Garcia Gomez
22 de Noviembre de 2014


Los aconteceres de México y Colombia se “tocan” frecuentemente y, a veces, se superponen. ¿Por qué? Sus historias tienen lugares comunes que las han hecho muy semejantes.

Los aconteceres de México y Colombia se “tocan” frecuentemente y, a veces, se superponen. ¿Por qué? Sus historias tienen lugares comunes que las han hecho muy semejantes. En el siglo XIX, México alcanza su independencia de España por una conjugación de esfuerzos de una “nobleza” criolla ilustrada y masona con una derecha agreste terrateniente y clerical. Entre ambas manejan a unas masas populares inconformes a las que engañan porque luego las defraudan. Igual que nosotros. Obtenido el objetivo, viene la disputa a dentelladas del botín: la riqueza nacional y los cargos burocráticos, “servicios” a la patria. La inteligencia y dinamismo del liberal masón Benito Juárez, triunfa y moldea a la nación. Entonces la extrema derecha derrotada y el clero en general conspiran contra el naciente Estado liberal. Se alían con Francia, aceptan la invasión y la imposición de un emperador francés. “Pacificado” el país, Maximiliano I de México llega con su Carlota. Es ahí donde la actividad, el valor y la inteligencia de Juárez se ponen a prueba. Con fuerzas constitucionales, republicanas, cada vez más fuertes, minan las fortalezas de la extrema derecha y de los invasores. Maximiliano va siendo dejado a su propia suerte por los conservadores y por el clero, y finalmente es ajusticiado por las fuerzas constitucionales.


Un militar se destaca en las fuerzas juaristas: el joven Porfirio Díaz. Pronto tomará las armas contra su mentor Juárez. Después de varios ires y venires se convierte por alrededor de 35 años en el dictador de México: el Porfiriato. Pone y quita compadres. La camarilla que lo adula no le permite ver que el descontento es grande. No importa ahogar en sangre las protestas. El país de “sangre azul” fue formando un círculo alrededor de este descendiente mixteca de maneras rústicas. Sin más detalles, La Revolución mexicana tumba a Díaz. El triunfo de la Revolución también es el comienzo de otra nueva corrupción que políticamente se agrupó alrededor del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Se comenzaron otra vez las grandes fortunas, las de hoy, en contraste con la más grande pobreza y miseria de una mayoría, la miseria de hoy. Es en esa corrupción y compadrazgo rampante donde pelecha el narcotráfico. El tiempo de la revolución había sido la escuela para desatar el salvajismo más atroz en los combatientes. Esa siembra recoge hoy sus frutos en el salvajismo de los grupos criminales del narcotráfico en alianza y connivencia con los políticos (todos, según la escritora Poniatowska) y sus grupos y las fuerzas armadas y las policías (hay policías federal, estatal y municipal, entre otras, cada una con sus jefes directos). 


Hoy la masacre de los más de 43 normalistas de Ayotzinapa en Iguala –porque son más de 43, sumados los que fueron muriendo en el trayecto hacia el suplicio- es sólo otra de las puntas del iceberg del que tenemos muchas noticias infortunadas del bello México de gentes bondadosas en su enorme mayoría. Las inmensas fortunas posteriores a la Revolución se crearon al amparo de los gobiernos corruptos del PRI. Las novelas de Carlos Fuentes lo explican mejor. Se incrementó la inequidad con una mayor segregación de las grandes masas pobres y miserables. Crecieron las ciudades y los gobiernos debieron darles educación, así fuera mediocre, como mínima prebenda. Con esa mínima educación, el narcotráfico se convirtió en el otro modo de hacer otra “revolución”, una personal, para salir de su miseria “propia”. Y, al igual que en nuestro país, el narcotráfico en alianza con los políticos crearon los ejércitos paramilitares para proteger y acrecentar sus fortunas. E igual que en nuestro país, “se creció el enano”, como dijo una vez el exvicepresidente Santos en entrevista radial (Doble W). 


¿La masacre de los normalistas de Ayotzinapa (Iguala, estado de Guerrero) no es un falso positivo de más de 43 víctimas? ¿Debemos mirarnos en ese espejo?