Columnistas

El muro que no cayó
Autor: Dario Ruiz Gómez
17 de Noviembre de 2014


La verdad es que no tenía interés en visitar el Berlín Oriental del cual tenía las imágenes que algunos films como “El espía que vino del frío” me habían dejado la visión de...

La verdad es que no tenía interés en visitar el Berlín Oriental del cual tenía las imágenes que algunos films como “El espía que vino del frío” me habían dejado la visión de un Berlín gris, de edificios leprosos, una ciudad vacía patrullada por la temible policía. Había leído la trilogía de Uwe Johnson sobre la vida en el Berlín dividido, observado a través de los ojos críticos de un ciclista. El guía me descubrió en el hall del hotel y debí acompañarlo al bus donde quince adolescentes norteamericanos se habían tomado a broma la visita. Atravesar el muro entre alambradas y edificios en ruina fue comenzar a comprobar que lo que el cine me había mostrado no era ficción imperialista sino la pura realidad. La oficial que subió al bus a mirarnos a los ojos directamente para descubrir si había un espía era un personaje que no se volvió grotesco porque aquellos adolescentes se la tomaron a solfa e imitando el gangoso acento alemán comenzaron a cantarle “¡Brunilda! ¡Brunilda!” broma que ella acusó porque rápidamente se bajó del bus para que este comenzara su tour por el helado escenario del Berlín comunista. Parecíamos estar en un set cinematográfico abandonado y yo me preguntaba por las fábricas y los sindicatos donde ahora la población era adoctrinada. Pero ¿Dónde estaban los niños y los adolescentes? Como una sombra algún transeúnte cruzaba por una de las calles. 


La división era tan brutal como el sofisma de que el muro se había levantado para proteger la sociedad proletaria de los peligros del capitalistmo. Un film como “La vida de los otros” muestra lo que significa un régimen policial donde todo era espiado por la Staci la poderosa policía secreta. Un régimen donde el tango estaba prohibido por su “incitación a una peligrosa nostalgia”. Pero desde un tablado colocado cerca del muro “The Rolling Stones” convocaron a millones de jóvenes a saltar de alegría escapando mentalmente de aquella prisión. Hace veinticinco años esos jóvenes derribaron el muro de la infamia y comenzaron a vivir en libertad repudiando un régimen que bajo la promesa de instalar una sociedad equitativa cayó en la infamia de convertirse en una dictadura despiadada donde todos los derechos humanos fueron pisoteados, donde hasta las paredes espiaban y no se tenía privacidad ni en el baño. En ese engaño cayeron, por desgracia algunos intelectuales cuya colaboración con el gobierno quedó al descubierto al revisarse los archivos de la Staci. En una reciente visita a Berlín, Alba logró dar con el pequeño cementerio donde reposan los huesos de Bertol Brecht y Helene Weigel. Dos piedras desnudas con sus nombres aparecen en un apacible rincón del cementerio y entre el silencio uno nunca llega a imaginarse lo que fue para Brecht vivir aquella dicotomía entre su supuesta fe comunista y la constatación de esa dictadura.


El local del “Berliner Ensemble” me pareció un feo edificio decimonónico que en nada concuerda con las ideas estéticas sobre un nuevo teatro. Un café que lleva su nombre es acogedor y sentado en su terraza se miran pasar los barcos de turismo. La Alexander Platz sufrió, entonces, una terrible remodelación y hoy es un cruce de tranvías, un vasto espacio impersonal. La caída del muro vino a recordar que el siglo XX fue el siglo de las matanzas, de la tortura sistemática, de los campos de concentración, un siglo que negó los grandes logros de la Ilustración. La trata de personas a gran escala, el desafiante poder del crimen organizado, los nacionalismos caricaturescos, otras intolerancias, definen hasta ahora a este siglo que apenas comienza. Inexorablemente otros muros se han ido levantando.