Columnistas

Dos poetas “desaparecidos”
Autor: Alejandro Garcia Gomez
15 de Noviembre de 2014


Años 80. Asistíamos los miércoles tarde al taller literario, de la Biblioteca Piloto con Manuel Mejía Vallejo, que duraba lo que tardaba en beber el segundo vaso whiskero de ron Medellín con Coca cola que le servía Herminia Albán...

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Años 80. Asistíamos los miércoles tarde al taller literario, de la Biblioteca Piloto con Manuel Mejía Vallejo, que duraba lo que tardaba en beber el segundo vaso whiskero de ron Medellín con Coca cola que le servía Herminia Albán u otra compañera. El llegaba con el primero preparado. Saludaba, se sentaba y comenzaba a conversar sobre temas de actualidad que los hilvanaba con recuerdos o con apuntes literarios de algún autor o con algún poema o con fragmentos de novelas o de cuentos, de memoria. Nos mantenía electrizados. Manuel era un maestro de la charla. De su boca, todo salía real. A veces nuestra carcajada. Por su dicción, para mí difícil de entenderla a veces, me sentaba en primera fila. Luego comenzaba a leer los trabajos que se le habían entregado la semana anterior, cuando no los había perdido entre sus rones. Si algo no le gustaba, no se ahorraba nada. Algunos ripostaban, como ese que le contestó: “Manuel, por qué me dice eso. Mi novia lloró cuando se lo leí”. “Mateo se cayó anoche y también lloró”, le respondió. Mateo era entonces su bebé. Si no tenía la respuesta con el argumento perfecto echaba mano de la caricatura. Había que ser muy “nuevón” para responderle.


Ahí conocí a muchos que en esta columna he ido recordando con alguna excusa. “Hay un ángel oscuro/ que me besa en la boca;/ y me atenaza en la niebla con sus ojos de serpiente// Estoy asqueado de todo esto,/ me dice (…)” (El ángel oscuro), nos leyó un día. Luego siguió: “A veces la lluvia del cielo te visita/ y dejas que toque tus senos blancos./ Es dulce tu amor, ¡mira cómo brilla!/ Tu piel agitadora de mi cuerpo,/ mujer denuda en la luna”. E hizo leer más poemas al que provenía de Remedios (Antioquia).


Luque, sos un poeta, carajo. Qué bello esto. Vamos a ver la manera de publicarte el libro. Y -con la diligencia franciscana en el manejo del recurso, de Gloria Inés Palomino, la directora- lo publicó (1). Gilberto Luque era un Ángel oscuro. A veces nos reuníamos después del taller, en alguna tienda de los alrededores de La Piloto o en el centro y nos tomábamos unas cervezas. Aunque casi siempre andaba escaso de dinero, nunca dejaba de obsequiarnos con su ronda. Indagaba y descubría dónde se guardaba la bebida. Se llevaba nuestras botellas vacías y nos las cambiaba por otras pero llenas, con la mayor tranquilidad del mundo. Era mayor el temor nuestro al beberlas. El, tranquilo.


Otro día llegó un muchacho absolutamente callado. El cabello revuelto en su cabeza y se sentó solo. Ya César Herrera, el poeta de Santa María de Itagüí, hablaba hasta por los codos y no dejaba hablar a nadie. También había llegado así. Pero Jorge Marín, el poeta a quien me refiero, nunca habló con nadie. César asegura que con él sí cruzó unas palabras. “…Hoy el curso de los ríos / permanece en mis manos:/ Su cuerpo abierto como la vida/ ha venido a cerrarse al mar;/ mis brazos/ son dos palabras de su canto,/ mi boca una hora extraña/ que nunca termina en su pasado.// La noche/ es el silencio de su rostro” (Mido sus manos con la desnudez de un pájaro). Los títulos de sus poemas son otro poema. “El viento es un recuerdo de las aves”, por ejemplo. O éste: “Un canto en la vieja casa ha terminado por callarse en el mar”. O este otro: “El universo está roto en su boca”. Al igual el título del libro: “En este día tan lentamente aprendido” (2). 


De otros talentosos talleristas, a veces me llegan noticias: algunos torcieron su vida por la literatura con mayor o menor reconocimiento. Otros por negocios o profesiones. De los reseñados, jamás volví a saber nada. Juan M. me cuenta que le contaron que a Luque lo han visto debajo de uno de los puentes de Medellín. Desde eso pongo más cuidado. 


(1).- LUQUE MEZA, Gilberto. “El Ángel Oscuro”. Biblioteca Pública Piloto. Taller de escritores. Editorial Lealón. Medellín. 1984. 96 pp.


(2).- MARÍN, Jorge. “En este día tan lentamente aprendido”. BPP. Taller de escritores. Ed. Lealón. Medellín. 1990. 136 pp. (Con apoyo de Colcultura). 12.XI.14