Columnistas

Quitarse el disfraz de la doble moral
11 de Noviembre de 2014


Si con la misma facilidad con la que se luce un disfraz o antifaz para celebrar, como seres humanos y ciudadanos nos quit醨amos la m醩cara de la doble moral, los prejuicios y la hipocres韆, ya se llevar韆 un buen trecho recorrido del camino hacia las transformaciones en lo cultural y social que requiere la humanidad

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Si con la misma facilidad con la que se luce un disfraz o antifaz para celebrar, como seres humanos y ciudadanos nos quitáramos la máscara de la doble moral, los prejuicios y la hipocresía, ya se llevaría un buen trecho recorrido del camino hacia las transformaciones en lo cultural y social que requiere la humanidad.


Hay quienes afirman que la doble moral de ciertas culturas y los individuos que la integran, se debe a la ignorancia y al temor a reconocer las carencias que se tienen. Esto es posible si se tiene en cuenta que en otros contextos, el tema de la moral se mira como un asunto complejo y ambiguo que compete directamente a cada persona y al que es mejor no invertirle tiempo ni discusiones. 


El mundo culturalmente es tan diverso que prácticas que son reprochadas en algunos contextos, son comunes en otros. Lo importante es tener el panorama claro y las posibles consecuencias de las decisiones que se tomen, especialmente cuando de ellas dependen otros o se involucra a las demás personas. 


Desde la antigüedad, las máscaras eran una expresión cargada de intenciones y simbolismos, utilizadas por algunas civilizaciones para representar temores y aspiraciones. Decía también el filósofo británico Bertrand Russell  que “la humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica”. Más que un juego de palabras, este tema que cada vez parece preocupar menos, es delicado y determinante para las relaciones entre las personas y los estados.


En países como Colombia, predicar sin practicar es pan diario de cada día así como ocultar realidades detrás de fachadas que aparentemente lucen muy bien, por eso “nadie sabe qué pasa de las puertas hacia adentro”. En el país prevalece la crítica, el juzgamiento y lo que en geopolítica  algunos llaman “la demonización del otro” sin consideración alguna. Mientras muchos desde su mal ejercicio de la política y la ciudadanía se dan golpes de pecho defendiendo o atacando dependiendo de los intereses que en su momento tengan, otros están maquinando artimañas para enredar y engañar a los demás ciudadanos cada vez más necesitados y temerosos que también terminan participando en el juego de la doble moral en el que al parecer siempre gana el que tire la primera piedra pero inmediatamente esconda la mano y se la lave con los demás.


Prevalece una tendencia a endosar las responsabilidades, errores y culpas a otros, a enmascarar todo: la ineficiencia, la corrupción, la insolidaridad, la inequidad y el irrespeto. Las buenas intenciones con malas campañas para promover que los buenos son más y que la transparencia es el propósito, han logrado un efecto contrario y evidencian que en el país de las trampas, la impunidad, las intrigas y las “roscas”, la transparencia es una de las máscaras más usadas para ocultar la inequidad en el ejercicio de los derechos humanos y en el acceso, protección y defensa a los derechos ciudadanos.


Caer en la tentación de dejarse llevar por lo que se oculta detrás de una máscara, es el primer paso para hacer parte de un interminable carnaval y de un círculo vicioso, mientras que quitarse la máscara es reconocer y ver con mayor claridad, además de tener la oportunidad de que nunca más necesite esconderse porque quien practica lo que predica no requiere de disfraces para ocultar temores o carencias.