Columnistas

La insípida lesa humanidad
Autor: Rubén Darío Barrientos
6 de Noviembre de 2014


Por doquier, escuchamos la frase: “declarado crimen de lesa humanidad”. Esta expresión viene desde el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional. Se habla de crimen contra la humanidad o crimen de lesa humanidad, en donde leso, significa...

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Por doquier, escuchamos la frase: “declarado crimen de lesa humanidad”. Esta expresión viene desde el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional. Se habla de crimen contra la humanidad o crimen de lesa humanidad, en donde leso, significa: ofendido, agraviado o lastimado. Su impacto legal más preponderante estriba en que un crimen declarado como de lesa humanidad, no prescribe (valga decir, puede ser perseguido en su investigación en cualquier tiempo).


De acuerdo con el Estatuto de Roma, sus entrañas tienen vínculo directo con el genocidio y se predica su conexión con cualquier crimen contra la paz o con cualquier crimen de guerra. Hasta aquí todo muy romántico y estelar. Pero ahora resultó que el angelito negociador de las Farc, Pablo Catatumbo, ha notificado desde La Habana que “nunca hemos cometido crímenes de lesa humanidad”. Desde luego, es que en la búsqueda del nobel de la paz, hay Santos con mayúsculas y “santos” con minúsculas…


Semejante desafuero forma parte del libreto de las interminables conversaciones al mando de De la Calle Lombana. ¿Cuál es el trasfondo de esas manifestaciones? Muy sencillo: que la Corte Constitucional hizo expresa la ponencia de que los guerrilleros con crímenes de lesa humanidad, no podrán participar en política. Ahí está el quid de todo esto: perderían una gabela que Santos les ha prometido. Ni bobos que fueran…


Hay otro asunto reciente y se refiere a que de todas las formas posibles, personas muy influyentes se han arrodillado ante el fiscal general de la nación para que declare de lesa humanidad el crimen de Álvaro Gómez Hurtado. Allí se incluyen 4 ex presidentes de la república, políticos, columnistas y los senadores Claudia López y Jorge Enrique Robledo. Pero, aunque es legítimo que este homicidio fuera de lesa humanidad, el hecho de que así lo hayan pedido Álvaro Uribe y Fernando Londoño, ya enterró cualquier posibilidad de que el revanchista Montealegre se conduela.


Claro está que en el país de la impunidad, de la ineficacia de la justicia y del estado incapaz de investigar, la declaratoria de lesa humanidad es un vano contentillo y una palmadita en la espalda, amén de una insabora e incolora revelación. Siendo gráficos, cualquier decreto que se haga es un “falso positivo” de la fiscalía. Carlos Gaviria Díaz, dijo que ello es meramente un “saludo a la bandera”. Como por taumaturgia, la fiscalía ha declarado crímenes de lesa humanidad por costalados. No olvidemos los 34 muertos de la U.P., los crímenes de Héctor Abad, Leonardo Betancur y Luis Felipe Vélez (faltó el más insigne de todos: el de Luis Fernando Vélez), el asesinato de Guillermo Cano (brilló por su ausencia el de mi primo Raúl Echavarría Barrientos, la primera víctima de la mafia en la prensa, en 1986), la muerte violenta de Carlos Pizarro, Rodrigo Lara, Luis Carlos Galán, Jaime Garzón, Enrique Low, Antonio Roldán, Carlos Mauro Hoyos y muchísimos más. ¿Y que avanza en la investigación, tras su señalamiento? Nada, absolutamente nada. 


En fin, la guerrilla –por estrategia– alardea que no ha cometido delitos de lesa humanidad y el fiscal Montealegre le niega ese estatus al magnicidio de Gómez Hurtado, dizque porque “no fue parte de una campaña sistemática de una organización criminal”. Puras pamplinas. En Colombia hay víctimas de primera, de segunda y hasta de tercera. Las declaratorias de lesa humanidad coinciden con aniversarios luctuosos y con presiones de la opinión pública. Son insípidos distractores para anestesiar la vergonzosa impunidad. El Espectador acertó en hablar del “rastro impune de los crímenes de lesa humanidad”. Más novelas para este país, que todo lo aguanta.