Columnistas

Un paraíso fiscal: cuando sí se convirtió en no
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
4 de Noviembre de 2014


Quizás por lo rápido y complejo de los acontecimientos de actualidad, pueden escapar algunos detalles al observador que intenta comprenderlos. Pocas semanas más tarde ya son cosas que poco se comentan...

Quizás por lo rápido y complejo de los acontecimientos de actualidad, pueden escapar algunos detalles al observador que intenta comprenderlos. Pocas semanas más tarde ya son cosas que poco se comentan. Los hechos políticos, con sus aristas, con sus zonas ocultas que contienen muy poco oro y con sus zonas amplias visibles, de color oscuro y terroso, pronto se diluyen en el olvido. Intentemos una disección a una secuencia de cuatro hechos sucedida recientemente: a. cualquier día, las autoridades dicen que un país vecino es un paraíso fiscal. b. poco después hay reacciones de desagrado por aquella calificación en varios frentes, allí, en el país vecino por supuesto, y aquí, por parte de quienes tienen importantes intereses en el mismo. c. luego las autoridades deciden que el tal paraíso ya no lo es. d. el velo del tiempo cubre rápidamente la secuencia de noticias. Los cuatro hechos se sumergen en la negrura del olvido mediático.


¿Qué significa realmente lo sucedido? Alguien quizás podrá descifrarlo y aproximarse a  una explicación. Las implicaciones jurídicas en el contexto nacional e internacional de una calificación de  este tenor, han de sobrepasar lo que alcanza a conocer un ciudadano corriente, poco documentado en los misterios del secreto bancario, de los colosales movimientos que suceden históricamente  en la intimidad de los mundos financieros a nivel planetario. 


Pero hay que destacar una consideración cierta y pertinente: para las autoridades que tomaron la determinación inicial bastó un jalón de orejas que los hizo retroceder de manera rotunda. Se comportaron como el sofista de los clásicos: era para ellos igual que fuera  no fuera aquel país un paraíso fiscal. Estuvieron prontos a negar lo que originalmente afirmaron y luego continuaron como si nada. Como se dice de ciertos sagaces políticos: su silencio no es respeto, es cálculo.


El análisis de una decisión por sus consecuencias es una de las maneras típicas de evadir la responsabilidad y el enfrentamiento racional de los principios y valores que deberían sustentar las decisiones lógicas. La metodología “consecuencialista” es clásicamente una de las maneras de razonar del relativista, del pescador en río revuelto. Las cosas finalmente, vienen a ser buenas o malas, dependiendo de su momento y entorno, y sobre todo, de aquellos  determinados intereses y poderes que podrían salir afectados. Entonces, cual Groucho Marx, el humorista norteamericano, puede deducirse que aquellos funcionarios de alto nivel que cometieron la errónea jugada, desempeñan sus responsabilidades con el siguiente slogan: “Estos son mis principios, si no le gustan, dígamelo: tengo otros…” Estos son los problemas del otro gran ejemplo del “consecuencialismo” gubernamental  que se nos apareció de repente y que ya va entrando en un rápido olvido. Resulta que para ellos sí es igual a no. Las cosas reanudan su marcha, como si nada hubiera sucedido.