Columnistas

Los Estados fallidos
Autor: Carlos Mauricio Jaramillo Galvis
30 de Octubre de 2014


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carlosmauricio.jaramillog@gmail.com


Las imágenes son contundentes: soldados pakistaníes fuertemente armados escoltan varios camiones que transportan cereales para evitar que estos sean robados y, posteriormente llevados a través de la frontera con Afganistán, para luego ser vendidos ilegalmente en  Kandahar (principal centro de comercio agrícola de este país) donde  esos mismos comerciantes  son amenazados con armas de fuego para robarles los sacos de cereal.  Escoltar alimentos  hace parte del paisaje  en Sudán, Nepal, Somalia, Zimbabwe, el Congo, Yemen, Nigeria, Kenia.


Han pasado más de 50 años desde que se formaron nuevos Estados (originados de las antiguas colonias europeas y de la malhadada Unión Soviética) y la comunidad internacional ve con preocupación cómo muchos de estos Estados comienzan a desintegrarse, convirtiéndose en lo que actualmente se conoce como Estados Fallidos, una verdadera amenaza para el orden y la estabilidad  mundial


¿Cuándo un Estado fracasa o corre desenfrenadamente a convertirse en un Estado Fallido? Cuando una sucesión de gobiernos incapaces pierden el control del territorio o una parte de este y no pueden garantizar la seguridad de sus conciudadanos; cuando no controlan en su totalidad la fuerza,  la ley y se fractura el orden.  Y si ese mismo Estado no está en capacidad de suplir los servicios más elementales como lo son la educación, la salud, la seguridad alimentaria, los servicios básicos, la recreación, el derecho al ocio constructivo y el empleo decente,  pierde legitimidad. Estado que no es capaz de garantizar esos mínimos servicios, ¿tiene derecho a recaudar tributos para garantizar su gobernabilidad? La respuesta es obvia, pero su sociedad sufre de amnesia colectiva.


Si un Estado no es capaz de contar, por ejemplo, con una infraestructura física acorde con las necesidades que exige la globalización, si no cuenta con unas excelentes vías de comunicación, posee unan baja capacidad de producir energía a partir de fuentes alternativas, no cuenta con una cobertura adecuada de alcantarillado, sus recursos naturales son degradados sin criterios técnicos y, de contera  los ciudadanos del común luchan por sobrevivir, es inobjetable que su economía jamás crecerá, se reducirá la inversión extranjera y se incrementará el desempleo con consecuencias nefastas, pues las seguridad se torna frágil y las cárceles son caldo de cultivo para seguir delinquiendo. En otras palabras, los Estados Fallidos termina en una guerra civil ya que se acentúan los grupos con intereses disímiles con intenciones de poder, llegándose incluso a extender ese conflicto interno a los países fronterizos.


El escalafón que establece el Índice de los Estados Fallidos -IEF- que es realizado por  la Fund for Peace, cuyo fin es medir las presiones de carácter social, político y económico que tengan repercusiones negativas en el desarrollo y consolidación de los Estados, evidencia que algunos han mejorado su posición, a la par que otros empeoran y unos cuantos conservan su posición.   


El análisis para establecer el escalafón está fundamentado en 12 indicadores de carácter social, político, ambiental, económico y militar, donde se destaca el crecimiento demográfico, señalando que 17 de los 178 países analizados  cuentan con índices de rápido crecimiento de sus poblaciones (cerca del 3% anual);  en 5 de esos países analizados, las mujeres paren más de 6 hijos cada una y en 20 de los Estados Fallidos, el 40% de la población tiene menos de 15 años, sin oportunidad de educación y muchos menos de empleo, convirtiéndola en carne de cañón para ser reclutada por grupos insurgentes y las bandas criminales.


La “fatiga demográfica”  tiene otro efecto de gran impacto: disminuye las tierras cultivables, reduce el suministro de agua per cápita, intensifica la demanda energética y, por supuesto de alimentos, lo que  es evidente en 20 países que subsisten debido a la ayuda del Programa Mundial de Alimentos


En América Latina, Haití  ocupa la casilla número siete (7) entre los 10 Estados más débiles del mundo, le siguen Colombia y Bolivia que ocupan los puestos 52 y 62 respectivamente.  República Dominicana, Perú, Honduras, Venezuela, entre otros se ubican en el rango denominado “Estados en Peligro”


Las cosas no son tan claras en nuestro país, pues la brecha entre los que más atesoran y los que menos albergan es cada día más abismal.  Se crece demográficamente a un ritmo acelerado especialmente en los estratos más bajos y, la cobertura de servicios básicos es deficiente, con especial énfasis en la salud, empleo digno, seguridad  y educación. 


¿Vamos rumbo a convertirnos en un Estado Fallido?