Columnistas

Los rayos del cielo
Autor: Pedro Juan González Carvajal
21 de Octubre de 2014


Con respecto al fenómeno reciente en el cual un rayo mató a 11 indígenas en la Sierra Nevada de Santa Marta, como era de esperarse, el Mamo, habló de un castigo de la naturaleza.

Con respecto al fenómeno reciente en el  cual un rayo mató a 11 indígenas en la Sierra Nevada de Santa Marta, como era de esperarse, el Mamo, habló de un castigo de la naturaleza.


James Lovelock, científico y autor inglés de la “Teoría de GAIA”, nos anuncia también desde hace varios decenios, que la tierra se agota, que nos hemos excedido en su usufructo y que tendremos que atenernos a las consecuencias, puesto que la naturaleza es sinónimo de equilibrio y nosotros, en los últimos 150 años,  hemos atentado contra ese dispendioso propósito de miles de millones de años, no solo en contra de la tierra, sino además, de nosotros mismos como especie.


Se habla de pactos, de cumbres, de protocolos, entre otras bien intencionadas y políticamente correctas intenciones, mientras somos testigos de cómo cada día el planeta se resquebraja y se degrada ante la mirada atónica y parece que insensible de todos. 


Ya en la Biblia, Yahvé, siempre misericordioso con David, le proponía como penitencia ante sus graves pecados: 3 años de hambre, 3 meses de guerra o 3 días de peste, ante cuyas alternativas, David se inclinó por la peste.


Para la humanidad, las pestes no son cosa nueva, casi todas originadas por el hacinamiento y el desaseo de las aglomeraciones en diferentes épocas y geografías: la peste negra, la peste bubónica, la viruela, el tifus, la cólera, la sífilis, el ébola, el VIH, la fiebre amarilla, la poliomielitis, el SARS, entre otras tantas, nos han golpeado con fuerza y han arrasado con vastos sectores poblacionales.


Aun cuando el desarrollo de las vacunas ha logrado mitigar y aún erradicar algunas de ellas, en el hoy, en medio del despelote climático, cada vez son más numerosos los “casos aislados” que se presentan en todos los rincones del planeta. Lo anterior no sería grave si no fuera porque la posibilidad de contagio se ha incrementado  enormemente ante el desarrollo de los medios que permiten la movilidad de las personas y los animales,  como lo evidenciamos hoy, sin contar los efectos de la radiación producida por las explosiones y accidentes atómicos.


El hecho real es que solo genera alarma la aparición de casos fuera de África, lo cual refleja el permanente estado de iniquidad ante el cual se encuentra dicho continente, paradójicamente, cuna de los humanos.


La discusión sobre la calidad del agua aparece como tema y asunto principal. De la escasez, ni se diga, pero de la mala calidad, de la poca potabilización y de su contaminación, todos los entes planetarios han venido alertando, pero parece ser que sus voces no son escuchadas por quienes tienen la obligación de hacerlo.


Se acerca la evaluación final de los resultados obtenidos para los llamados “Objetivos del milenio” que al finalizar el 2015 cumplen  con la fecha propuesta y avalada por todos los primeros ministros y presidentes del mundo, por allá en Diciembre del año 2000.


Se ha advertido desde el primer corte en el 2005 y el segundo en el 2010, que no se van a cumplir, ante lo cual ingenuamente pregunto: ¿Y quién responderá por este incumplimiento? Incumplimiento que no es solo cuestión de personas, gobiernos, e instituciones multilaterales, sino de todos aquellos que desde sus cargos y funciones pueden propender por cumplirlos y hacerlos cumplir.


¡Ahí está la Virgen! Esperemos pacientemente con cual sartal de disculpas bobas nos van a salir, para tratar de justificar su incompetencia y falta de compromiso.


Recordemos el pensamiento popular que sostiene: “El que no es bello a los veinte, ni fuerte a los treinta, ni rico a los cuarenta, ni sabio a los cincuenta, nunca será ni bello, ni fuerte, ni rico ni sabio”.