Editorial

Memoria de un grande
15 de Octubre de 2014


El homenaje que hoy se le rinde debe trascender para que nuevamente se estudien las ideas del general sobre el liberalismo, los fines del Estado, la guerra y la paz, la política internacional, la justicia social, la educación y la economía...

Colombia, y Antioquia, su patria chica, conmemoran hoy el centenario del magnicidio de Rafael Uribe Uribe; abogado, estadista, parlamentario, militar, periodista, empresario y profesor, quien tuvo un papel fundamental en la formación del ideario liberal y de los principios de nuestras instituciones democráticas.


Esta fecha impone reflexionar sobre la capacidad de olvido de una sociedad que tiene mucho que aprender de sus padres fundadores, entre ellos Uribe Uribe, visionario personero de ideas, muchas de ellas todavía revolucionarias, que apuntaban a hacer de Colombia un país en igualdad, libertad, respeto y democracia. Porque el olvido es actitud que nos dificulta mirarnos y entendernos en la historia y los sueños compartidos, todavía aspiramos a ser parte de una sociedad que aprenda a promover iniciativas que, como lo hacen naciones consolidadas como la estadounidense o la francesa, garanticen la preservación de la memoria y la vigencia de los padres fundadores y sus sueños, como testigos en el tiempo de luchas compartidas hoy y en el futuro. Por la memoria y su significado, valoramos la condecoración póstuma concedida ayer por el Senado de la República y los honores decretados a su memoria.


El valioso legado de Uribe Uribe ha quedado escrito en libros, ensayos, editoriales periodísticos y discursos que merecen ser leídos como fuente de ideas sobre cómo forjar el bien común sin cometer atropello a la autonomía, pero también como modelo de buena escritura, pues así como son profundos en sus ideas y rigurosos en su argumentación, tienen las mejores cualidades de los grandes textos literarios en un género tan difícil como es el ensayo. El homenaje que hoy se le rinde debe trascender para que nuevamente se estudien las ideas del general sobre el liberalismo, los fines del Estado, la guerra y la paz, la política internacional, la justicia social, la educación y la economía, que generen debates, traigan luz sobre hechos actuales e inspiren transformaciones. A ello aspiramos contribuir con este muy breve repaso a sólo algunas de sus ejecutorias, y con las notas que hemos venido publicando en la sección política.


La instrucción de los colombianos, las metas de la educación y los medios para realizarla, ocuparon un lugar predominante en los debates de los albores del siglo XX, pues en el debate de esas propuestas se involucraban otros temas de trascendencia, como el lugar de la Iglesia Católica en la sociedad colombiana y las garantías de respeto a la libertad. Uribe Uribe fue inspirador y defensor de la educación pública, gratuita, universal y secular, que habría de forjar ciudadanos libres y defensores del bien común. La promoción de estos ideales le significó enfrentar persecución política, censura, prisión y hasta el ataque de agentes eclesiales que promovían la especie de que el pensamiento liberal era pecado.


Humanista, sí; jurista, también; pero sobre todo, pensador del Estado y visionario de un modelo político-económico considerado socialista, pero defensor de la propiedad privada, que ajustaba las ideas de los utopistas del siglo XIX al marco del pensamiento liberal. Su pensamiento está en la base filosófica del Partido Liberal Colombiano y le da su carácter de formación de centro-izquierda. En manifiesto de 1911 proclamó: “Creemos que la benevolencia de los poderes públicos debe mostrarse para con los débiles (...)Creemos que la intangibilidad de la propiedad es uno de los principios tutelares de la civilización (...) Creemos en las virtudes del corporativismo, de las cooperativas, de los sindicatos y de todas las formas nuevas de agremiación, nacidas del contacto permanente de los trabajadores”, reclamando, además, que la producción del futuro, cuando los trabajadores ganaran capacidad de gestión colectiva, sería “la del tipo cooperativo, más eficaz y justo, por cuanto entrega a los obreros mismos, esto es, a los que ejecutan el trabajo y crean el producto, la parte proporcional que les corresponde”. 


La exaltación de Uribe Uribe como militar no debe llevarnos a pensar en un hombre obsesionado con la guerra; su carácter pragmático está reflejado en el Manifiesto por la Paz, del 12 de abril de 1901, en el que reclamó la búsqueda de un acuerdo a la Guerra de los Mil Días, porque “hace muchísimos meses que esta campaña está limitada a un infructuoso tejer y destejer operaciones y a un tomar y dejar territorios, que a nada conduce”. Y más allá de su faceta militar, tal vez su más grande ejemplo es el espíritu democrático con que se dedicó, después de firmar la paz, a debatir y presentar proyectos de ley sobre todos los temas de interés nacional en el Congreso colombiano, donde a pesar de ser prácticamente la única voz liberal, se supo ganar la admiración y respeto con la fuerza de sus argumentos.