Columnistas

Conflictos
Autor: Jorge Mejía Martinez
15 de Octubre de 2014


¿Por qué las Farc, actor del cincuentenario conflicto armado, despiertan tantas pasiones entre los colombianos? Esa pasión se traduce en poder político y capacidad mediática.

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¿Por qué las Farc, actor del cincuentenario conflicto armado, despiertan tantas pasiones entre los colombianos? Esa pasión se traduce en poder político y capacidad mediática. La elección de los últimos cinco presidentes de la república - desde Pastrana- ha contado con la presencia abierta o velada de la guerrilla estimulando un electoral afán de paz o de guerra. Su presencia, permitió levantar nuevos partidos políticos y formas de vida, de pensar y de actuar, que languidecerían con su ausencia. ¿De qué hablarían muchas personas ansiosas de aparecer en los medios? Porque temas como la pobreza, la desigualdad o la equidad no las desvelan. 


Vivimos obnubilados con el tigre y nos asusta el cuero. Por ello la aguda polarización ante la posibilidad de que desaparezca el odiado pero rentable enemigo. Colombia es un país urbano pero atado a lo rural. Dependiente. Un conflicto armado cuyo epicentro es la posesión, propiedad y uso de la tierra, nos tiene agarrados a los habitantes de las ciudades cuyas necesidades son otras: seguridad ciudadana, empleo, educación, salud. 


En la relación de homicidios, extorsiones y robos que tanto mortifica a las autoridades y pobladores citadinos, es insignificante la presencia del actor que se refugia en las montañas. Excepto por el abultado número de víctimas que se desplazan desde las subregiones. Allí hay un cordón umbilical, doloroso pero no suficiente para explicar la presencia del conflicto armado hasta en la sopa, las oficinas y las alcobas de los colombianos.


Entender las particularidades del conflicto que se busca resolver con las negociaciones de La Habana es crucial para no magnificar ni minimizar el anhelo superior que trasciende esas conversaciones: la paz. El proceso que cumple dos años de iniciado, con unas reglas de juego esperanzadoras aunque controvertibles, es muy importante para poder soñar. Pero no más. Su importancia no radica en desmontar la existencia del conflicto o los conflictos, que siempre existirán y son deseables para generar transformaciones en la sociedad, sino en entender que no tiene sentido recurrir a la violencia para resolverlos. La tragedia colombiana es esa: la desconfianza en la política como el mejor camino.


Por ello el concepto de posconflicto no es tan cierto. Salimos de un conflicto y entramos a otro. Con relación a la guerrilla, hoy es la negociación, después la refrendación y luego la ejecución de los acuerdos. Tensiones y riesgos vamos a tener. Pero simultáneamente, hay otros conflictos que debemos abocar con las dinámicas urbanas: la lucha contra las estructuras criminales generadoras de inseguridad sin ninguna connotación política, ejercicios de reparación transformadores con garantías de no repetición para personas, sectores y territorios víctimas durante décadas de violencia ante la impotencia del Estado para garantizar control territorial, monopolio de las armas y protección a la población. 


Lo que si no podemos dejar de entender es que si le permitimos al Gobierno Nacional resolver el costoso conflicto armado con la guerrilla, tendremos adicionales recursos y esfuerzos para atender los conflictos urbanos generadores de violencia, irrespeto por la vida e inequidad.