Columnistas

Luces y sombras
Autor: Sergio De La Torre
12 de Octubre de 2014


La man韆 depredadora de las Farc contra el petr髄eo, la infraestructura, el medio ambiente y el transporte de carga, enerva mucho.

La manía depredadora de las Farc contra el petróleo, la infraestructura, el medio ambiente y el transporte de carga, enerva mucho. Sobre todo por lo estéril e inocua desde el punto de vista militar, pues no reporta ventaja alguna , fuera de distraer a la fuerza pública, en proporción tan baja que no altera la correlación de fuerzas por causa de los atentados, tan costosos para el país como improductivos para sus autores. Si se mide bien, la insurgencia, en términos de imagen (que también cuenta) termina pagando un precio mayor. El daño que ocasiona el hostigamiento sistemático a la industria petrolera no lo encaja propiamente el Ejército, sino la economía toda, y de contera la sociedad civil, cuyo bienestar se afecta. Pregúntesele, si no, al medio millón de pequeños accionistas de Ecopetrol, pertenecientes a la clase media, que ven mermados sus dividendos y el valor de sus acciones.


Una tal escasez de seso en política, o de simple sensibilidad para captar las mutaciones en la opinión pública, escapan a toda valoración o comprensión racional. No encajan en el estadio de civilización en que, se presume, nos encontramos, o en el grado de evolución que se nos atribuye a los colombianos. Tanta estulticia no la explica ni siquiera la antropología. Ni aún los paleontólogos, que estudian las edades primitivas. Pues no se trata de un retraso en su desarrollo, el de los insurgentes, sino al parecer de algo más extraño: un regreso a la prehistoria, pues ese desarrollo no logró superar la frontera de lo infrahumano, si se juzga por su comportamiento habitual.


Que no se alegue entonces que la atrofia (que se traduce en lentitud para reaccionar y dificultad para adaptarse) proviene de la condición rural (cuando arbitrariamente asocian lo rural a lo elemental o rústico), pues los campesinos, ni aquí ni en ninguna otra latitud, exhiben tales autismo y terquedad, ni están tan próximos a las cavernas como los alzados que dicen representarlos y que, con su sevicia e indiferencia frente al dolor ajeno, imitan a la bestia. Si creen ellos que tanta violencia inútil les ayuda, se equivocan, pues lo que ella hace es horadar la confianza en la paz negociada, que habrá de culminar en un referendo en que la sociedad civil (su permanente y primera víctima) decida si le gusta o no. De seguir esta empresa como va, el riesgo de ser repudiada en las urnas será cada vez mayor.


Hay otro asunto que también incide en la suerte final de las negociaciones: el biorritmo, como llaman a la velocidad que los comandantes le imprimen. Se aduce que la insurgencia campesina tiene su “reloj biológico”, que mal puede forzarse sin violentar su raíz, su índole más íntima, su pulso vital, su respiración. Falso. En el campo la vida transcurre al mismo paso que, promediado, lleva el conjunto, o sea la sociedad entera. Así lo testimonian a diario quienes se dedican a la cría de animales, o a sembrar, recoger y comercializar las cosechas, atentos a la veleidosa serie de las estaciones en nuestro trópico. El fementido biorritmo de la guerrilla, entonces, que se invoca para demorarlo todo, es la excusa para, dilatando los diálogos, ganar tiempo para recomponer sus filas y de paso el maquillaje, en orden a poder posar ante el mundo como fuerza beligerante y enjundiosa, que negocia de igual a igual con un Estado legítimo y reconocido.


El proceso de paz marcha a paso de tortuga. Son las Farc quienes marcan el ritmo, que el Gobierno se dejó imponer a contrapelo de su anuncio inicial de que todo se definiría en meses, tal vez partiendo de que para entonces ya se acumulaba un año de conversaciones subterráneas. Aquellos meses se volvieron años. En las presentes circunstancias jugar con la paciencia de la comunidad es exponer al fracaso un esfuerzo tan largo y dispendioso.


Si las dos partes se hubieran sentado a la mesa en igualdad de condiciones, vale decir, con la misma musculatura, uno entendería que el coloquio se extendiera así. Pero la insurgencia estaba reducida y agazapada, entregada al terrorismo, que es el último recurso de una guerrilla en derrota, para hacerse sentir de algún modo. El balance hoy, sin embargo, es claro: ella se recuperó en alta medida, tanto que pasó a la ofensiva, como lo prueba el incremento inusitado de sus fechorías, mientras la fuerza pública no actúa sino que apenas reacciona, casi siempre tarde. La situación se invirtió: mientras la guerrilla se niega a un cese de fuego, el Gobierno, de hecho, cesó el suyo, para provecho de aquella. Peor no podría ser la situación, que además tiende a estabilizarse, como siempre sucede en circunstancias semejantes para, empeorando el daño, acabar de nublar el horizonte.


El pueblo es el primero en resentirlo, según lo atestiguan las encuestas. Pero peor que la recuperación y la nueva ofensiva de los alzados, es la demora intencional y calculada de los diálogos. Porque socava la resistencia y el aguante de los ciudadanos más que los mismos fiascos militares. Lo cual atenta contra el buen suceso del referendo previsto, ya de suyo arriesgado y vidrioso porque, tal como van las cosas, nada garantiza que se gane, convalidando lo acuerdos, si se llegare a ellos, como muchos lo anhelamos.