Editorial

Distractores
11 de Octubre de 2014


El enfoque que quiere individualizar y, en consecuencia, atomizar a las v韈timas, ha sido primer paso para que las Farc consigan, hasta ahora, salvarse de la exigencia de pedir perd髇 p鷅lico al pa韘, propiciar la reconciliaci髇...

Está a punto de concluir una semana en que la agenda informativa estuvo marcada por chismes y especulaciones, hábilmente manejados como escándalos que permiten desviar el interés de la opinión hacia aspectos secundarios sobre lo que sucede en la mesa de conversaciones y garantizar que se descuiden temas de difícil debate y solución. Preocupa especialmente que se busque poner en segundo plano el debate presente sobre las víctimas, que compromete al Gobierno, en tanto sea capaz de representar al país afectado por la violencia guerrillera, y a la guerrilla, y su determinación de asumir responsabilidades por el conflicto que inició contra las instituciones democráticas y terminó con ataques indiscriminados contra la población.


Un país amnésico se enredó nuevamente en el refrito sobre los acercamientos del gobierno del presidente Álvaro Uribe y jefes de las Farc, exploratorios de las posibilidades de negociar el cese del conflicto armado con esa guerrilla. El escándalo, promovido por un periodista, amplificado por el Gobierno y asentado en la desmemoria (¿involuntaria?) de los medios de comunicación, transcurrió amparado por el conveniente olvido de que el país conoció esos hechos, el doctor Santos los avaló y el propio Gobierno los detuvo porque su condición para avanzar era que la guerrilla cesara sus ataques a la población civil. Ese escándalo tuvo poca vigencia, pues la sorpresa de la ciudadanía con esas “denuncias” no fue tanta como aspiraban sus promotores.


Para cerrar la semana, el mismo Gobierno y los medios nacionales de comunicación nuevamente dieron vía libre a un escándalo sobre hechos conocidos o sospechados, que desata nuevas consejas en torno a anécdotas y personajes. La “revelación” del ministro de Defensa, sobre los viajes de Rodrigo Echeverry, alias Timochenko, a Cuba, para reunirse con negociadores de las Farc, sólo confirma verdades sospechadas por la sociedad, como la falta de decisión de los gobiernos para evitar la porosidad en la frontera con Venezuela, que permite el uso de ese país como conveniente refugio para los jefes guerrilleros, y el cumplimiento de la voluntad del presidente Santos de mantener la intocabilidad del jefe del secretariado general de las Farc.


Ha sido recurrente que esta clase de escándalos produzcan el descuido de los acuerdos logrados y los temas aún pendientes en la mesa de negociación. Entre lo dejado de lado, por supuesto, el desminado por las Farc, la entrega de sus riquezas fruto del narcotráfico, y el apoyo con información sobre rutas y negocios, que permitan desmantelarlo en el país. Y entre lo pendiente, el debate de derechos de las víctimas, que avanza sin claridades sobre el enfoque de derechos y sobre los seleccionados para llevar a la mesa las exigencias a la guerrilla para que garantice a la sociedad verdad, justicia, reparación y no repetición, como base de la reconciliación.


El modelo de reconocimiento de los derechos de las víctimas, definido por los negociadores, y avalado por Naciones Unidas, la Universidad Nacional y la Iglesia, se ha centrado en individualizar las acciones violentas en unas cuantas víctimas, desconociendo que todos los colombianos hemos sido afectados por las agresiones contra la institucionalidad democrática, las afectaciones al desarrollo y la dificultad para ocupar el territorio con equidad y seguridad. El enfoque que quiere individualizar y, en consecuencia, atomizar a las víctimas, ha sido primer paso para que las Farc consigan, hasta ahora, salvarse de la exigencia de pedir perdón público al país, propiciar una verdadera reconciliación y garantizar el fin del conflicto armado y los negocios criminales asociados a él -minería ilegal, extorsión, secuestro y narcotráfico-.


El empeño por desviar la atención del país, provocar el olvido a la solidaridad y sentido de identidad que ha crecido en torno a los derechos de las víctimas y encubrir el debate sobre la voluntad, hasta ahora con visos de inexistente, de las Farc por reconocer su responsabilidad en haber desatado este conflicto y haber causado daños generalizados al pueblo colombiano, es revelador de las dificultades para forjar un acuerdo que ponga en el centro a la sociedad y su derecho a vivir en paz y que ofrezca respeto a los grupos sociales, comunidades, organizaciones y personas ofendidas directamente por quienes se alzaron en contra del pueblo colombiano y las instituciones que lo representan.