Columnistas

Inhumanidad carcelaria
Autor: Danny García Callejas
1 de Octubre de 2014


Corredores largos y angostos, con cuerpos a lado y lado, vivos y desesperados, con vista a un patio y los ojos de otro prisionero. Son tantas las personas y tan poco es la holgura que los reclusos, condenados y acusados, tratan de acomodarse en cada rincón disponible, dentro y fuera de las celdas, divagando en el patio que les ha sido asignado.

Profesor, Departamento de Economía


Universidad de Antioquia


danny.garcia@udea.edu.co


Corredores largos y angostos, con cuerpos a lado y lado, vivos y desesperados, con vista a un patio y los ojos de otro prisionero. Son tantas las personas y tan poco es la holgura que los reclusos, condenados y acusados, tratan de acomodarse en cada rincón disponible, dentro y fuera de las celdas, divagando en el patio que les ha sido asignado.


A tal extremo llega la situación en las prisiones colombianas que los espacios se han privatizado. Los reclusos comercian con los lugares en las celdas obligando a los nuevos reos a comprar su sitio o quedarse a la merced del pasillo. De acuerdo con las características de la litera o del tamaño a ocupar, el interno puede pagar $500 mil o $1,5 millones.


Como si fuera un hotel, también hay celdas cinco estrellas con diversidad de comodidades y con un costo de varios millones de pesos. En la cárcel, todo está para la venta y el alquiler. Y el hacinamiento, enfrentamiento entre grupos y luchas de poder, hacen que los establecimientos carcelarios sean jaulas de terror, depresión e inhumanidad.


Con más de 117.000 prisioneros y 239 encarcelados por cada 100.000 habitantes, Colombia termina por encima de la media suramericana y con el segundo mayor número de encarcelados en la región a pesar de solo tener capacidad para poco más de 76.000 presos, según datos del Centro Internacional de Estudios Penitenciarios.


Lo más doloroso es que muchas personas esperan el fallo de la justicia estando encarcelados, con la característica que el más pobre es el que sufre de mayores dificultades. Aunque pueda resultar inocente, el sistema lo obliga a permanecer largos periodos en la cárcel a la espera de una decisión judicial que pasa de una audiencia judicial a otra, sin ninguna prisa.


En contraste, los más poderosos y acaudalados, encuentran clemencia y beneficios en el proceso que les permite esperar su resultado en la comodidad de su casa. De resultar inocentes, el daño realizado a su familia y a su persona es menor que en el caso de uno más humilde. Lo justo es que nadie, sin importar su riqueza e ingreso, sufra de las injusticias del sistema penitenciario.


Pero resulta cínico que los más corruptos terminan en cárceles con celdas cómodas, variedad de espacios y posibilidades de entretenimiento. Mientras tener acceso a un libro, radio o televisión resultan todo un lujo para el prisionero promedio, para los condenados de “alto prestigio” son la norma y mucho más.


Quienes cometen delitos y violan las normas del país deben recibir castigo. La impunidad es inaceptable. Pero también lo es la crueldad de las cárceles y los sufrimientos de los inocentes que esperan su fallo. Suficiente inequidad tenemos en el país para que también se presente en las cárceles. Debemos aplicar la ley, detener a los criminales y acabar la inhumanidad carcelaria.